Saturday, September 04, 2010

NELSON MAYA O DEL TRADICIONISMO DEL SIGLO XXI. José Carlos De Nóbrega

Nelson Maya muestra su libro. Al fondo tenemos a Marhisela Ron, José Carlos De Nóbrega y Leonardo Páez en plena presentación de sus libros
NELSON MAYA O DEL TRADICIONISMO DEL SIGLO XXI
José Carlos De Nóbrega

Foto: Cortesía del Diario de La Costa (3-9-2010)

El Guardián del Fortín de Nelson Maya es un libro transparente en su estructura, fondo y forma. Hemos disfrutado la lectura en virtud de su respeto a la expresión clásica y, en especial, de la pericia patente en una prosa apolínea y cristalina. El prólogo del poeta José Joaquín Burgos lo advierte con tino y precisión: “Pero la ambición de Nelson Maya (que compartimos plenamente) es aprender a mirar la pequeña historia para entender la grande. Mirar los árboles, las sombras, los rincones, el suelo lleno de hojas y troncos muertos, de musgos, de pequeñas alimañas, para aprender a ver el bosque en su plenitud y captar la universalidad de su imagen. A eso nos invita Nelson Maya que hagamos”. Y apela a una vía expedita que ata la Historia a la cultura popular: La Tradición, género cuyo tutor es el peruano Ricardo Palma. El propio Palma define la Tradición como una forma literaria “que puede revestir la Historia, pero sin los recovecos de ésta”, lo que la primera recrea por vía de la poesía, los sueños y el espíritu comunitario popular, la segunda encorseta en la objetividad y el distanciamiento respecto de su objeto de estudio. Este libro que ha granjeado nuestra simpatía, supone el cruce imperceptible de los géneros de la crónica, el reportaje, la biografía, el ensayo histórico e incluso la novela (¿historia novelada?): Partiendo de una sentida y estupenda biografía de Aquilino Guédez, el Guardián del Fortín Solano, Maya hace una revisión entusiasmada de diversos episodios históricos sin renunciar al rigor de la lectura histórica ni a las elucubraciones asombrosas de la oralidad de nuestro pueblo, mucho menos a la contundencia conmovedora de un estilo sobrio apegado a la poesía de las metáforas e imágenes primarias que nos reconcilian con la vida, la tierra y la patria (sin voluptuosos giros de corte romántico ni la arrogante asepsia de los manuales históricos). Nuestro personaje porteño, que no es menor, no es eclipsado por los héroes de la Independencia desfigurados por los ritos que desencaminan a los venezolanos en el culto a la personalidad; recordemos que José Antonio Páez, el Rey de los Araguatos, inventa el culto a Bolívar para asegurar su proyecto de poder, amén de reflejarse en un espejo narcisista y megalómano al cual se adscribieron los oligarcas y los godos con loas desvergonzadas e hiperbólicas. Por el contrario, encarna a las masas que ayer y hoy persisten en la lucha sin cuartel por nuestra independencia total, no sólo política sino también económica, social y cultural. Nos impacta la manera en que los hechos históricos tales como la caída de la Primera República, la Guerra a Muerte, el bloqueo a nuestros puertos en 1902, la represión gomecista y el Porteñazo establecen vasos comunicantes que iluminan la comprensión urgente y necesaria de nuestro proceso de formación histórica, sin la estridencia ni el exhibicionismo típico de la Academia Neogoda de los Pino Iturrieta, la misoginia de los Morón (contradictoria, por supuesto, pues detesta a Manuelita Sáenz y le carga las maletas a Cecilia Matos) o la egótica ebriedad apocalíptica de los Caballero. La apetitosa línea de apropiación de la realidad histórica que se deriva de este buen libro, conduce sin duda al amor que le profesa su autor a Puerto Cabello, libre de los arrebatos tísicos y almibarados de ciertas Sociedades Bolivarianas que aún avergüenzan a la Historia y nos provocan carcajadas por contenedores. Valga un pasaje de este libro editado artesanalmente, sin oropel encandilador, por la Imprenta Regional del estado Carabobo: “Es cuando el mito del soldado Guédez crece y crece, sobrepasando las dimensiones de lo ignoto, al punto de que el relato de sus apariciones y señales lumínicas se transmitió de generación en generación condimentando con las más disímiles hazañas que la creencia popular pudiera atribuirle al personaje”. Por lo que sugerimos su lectura in situ, en una peregrinación a lugares porteños embebidos de historia y pasión libertaria: el fortín Solano, el castillo de San Felipe, La Alcantarilla, la calle de los lanceros y sus playas.

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