Tres Mujeres en nuestra poesía de hoy (II)
José Carlos De Nóbrega
La obra poética de Niddy Calderón comprende los títulos Sonata con animales (2002), Poesía (una risa que se ríe de mí) de 2005 y Poemas para llevar (2013, aún inédito). La primera incursión poética, como reza su título, deviene en una revisión libre y concienzuda del género del Bestiario. Por tal razón, Cristo envió una legión de demonios a una manada de cerdos que posteriormente se despeñaría al mar. Nos reconocemos, pues, en la animalidad: “en los animales de mi espejo / hay una voz antigua / frente a la que suelo callar”. Hay entonces una alusión y una revisita crítica que va de las Fábulas de Esopo, pasando por los textos de zoología fantástica de Jorge Luis Borges, hasta arribar al Bestiario hecho cuentos y novelas de Wilfredo Machado.
"Poesía (una risa que se ríe de mí)" es una estupenda propuesta de Ars Poética, caracterizada esta vez por un cortante y desmitificador sentido del humor en el abordaje del oficio poético como tal. Desdiciendo los inútiles escarceos de la crítica profesoral en la apropiación del poema -vocación estúpida e inevitable en los cursos de letrillas de nuestras universidades-, simula una sonsa taxonomía que se afinca en su corteza como una traviesa tiña: desfilan poemas necios, cursis de mujer, onanistas, acreedores de concursos amañados, new age, lunares, efectistas, político aleccionadores, necrofílicos, inútiles y pare usted de catalogar. Por ejemplo, en el POEMA CURSI DE MUJER hallamos la requisitoria de cierto discurso que estigmatiza la poesía hecha por mujeres en Venezuela desde los años ochenta; la cama no es más que la mesa en la que la voz poética se desgañita en un panfleto feminista, diseccionando el cuerpo en tanto sujeto u objeto sexual asediado por el macho de turno: “Nombra al menos una parte del cuerpo / habla de pezón, labio, pene, piel / Es capaz de conquistar a cualquiera / suscitar erecciones o alergias”. No se trata del sollozo ramplón que se sumerge en la abulia, sino del llorar y crujir de dientes que apareja fallar en la revelación profética de la poesía (patente, por ejemplo, en la música sutil de los pétalos del tulipán que caen al piso; patética en el tañer obsceno de trompetas apocalípticas). Por otra parte, el POEMA GANADOR se cose y cuece en la condena a las posiciones acomodaticias que son irreconciliables con la majestad de la Poesía: “Está bien escrito / consigue un hallazgo poético / se amolda a los criterios que alega / el comité que lo examina / puede ser un poema malo o bueno / no importa / El poema ganador es lo más cercano / al gusto del jurado / y a veces nada más”. La intención no deja lugar a dudas, detrás del tratamiento satírico del tema se oculta una sentida preocupación por el poema, corpus textual que trasciende su frágil soporte. Su coraje ovárico va más allá del afán de diferenciarse respecto a la versificación desencaminada de escuelas poéticas absurdas, las cuales no son más que la proyección del espíritu amputado de una crítica enceguecida y atribulada.
"Poemas para llevar" es una reunión inédita de textos que recapitula el libro anterior. Nos parece colindante con una propuesta más conversada, espontánea y antipoética en una celebración pertinente a la voz del centenario y adolescente Nicanor Parra. La mordacidad y el desparpajo arremeten contra el consumo de cachivaches y fetiches de diverso tipo. Incluso nos retrotrae la terca e irreverente propuesta musical de Joaquín Sabina, la cual –por fortuna y afán libertario- hace añicos la insoportable lírica presuntuosa del guatemalteco Ricardo Arjona. El tratamiento del lenguaje se hace cada vez más hablado, inmediato y prevaricador. El Centro Comercial, como lo hemos dicho muchas veces, se ha impuesto impíamente como la propuesta museística burguesa del siglo XXI. Tal adefesio arquitectónico y social se hace extensivo en el diseño y el funcionamiento de nuestras urbanizaciones, centros académicos, medios de comunicación y organizaciones políticas. El descarnado sarcasmo apuesta al desmontaje del latrocinio mercachifle.
Óleo de Richard Camacho
Premio Nacional del Libro 2006, capítulo centro occidental, a la mejor página web (otorgado por el CENAL)
Wednesday, May 06, 2015
Sunday, May 03, 2015
AQUÍ Y AHORA. Luis Alberto Angulo
AQUÍ Y AHORA
Luis Alberto Angulo
Una de las características del envejecimiento es la que nos ensimisma en los recuerdos más lejanos. La pérdida de la memoria cercana nos retrotrae entonces a lo distante. Cuando envejecemos, la mirada, sin embargo, se centra en lo inmediato, en lo que nos rodea. Apenas si vemos el conjunto. Es peculiar que lleguemos a un sitio y no reconozcamos a nadie. Algunas veces porque no hay a quien reconocer o porque no vemos a nadie más, centrados sólo en el desplazamiento de nuestra dolida humanidad.
Es natural que al envejecer vivamos aferrados al pasado, siendo la única certidumbre para asirnos al presente. El hoy trocado en perplejidad certifica, no obstante, la certeza de un ciclo que prescinde de nosotros sin solicitar licencia, pese a las ostensibles señales que va dejando. Cuando somos jóvenes vivimos el presente con la certidumbre de que existe un futuro. Carecemos entonces de “memoria histórica, experiencia, pasado”, hecho sustituido continuamente por las ideas y el parecer del mundo en que vivimos. El peso de la cultura y lo “digerido” es alojado a través del lenguaje y sus sistemas, al joven integrante que vive la ilusión de estar pensando por sí mismo.
Pese a las contradicciones y los antagonismos sociales, las ideas que van a prevalecer en un mundo caduco son las mismas ideas envejecidas que lo reproducen, justifican y salvaguardan. La presunta autonomía del pensamiento y de la individualidad, obedece a un complejo discurso que amalgama a todo, pese a la fragmentación que también cercena su totalidad. El viejo añorando empecinadamente el pasado y el joven anhelando futuro, comparten actitudes similares. El extrañamiento es equivalente. La percepción condicionada del presente en ambos sujetos es ostensible. Los extremos de la negación y de la credulidad impregnados de sentimientos y emociones, perturban la comprensión del momento único e irrepetible de la vida a secas, sin proyecto, de cada uno de ellos.
Sin embargo, no hay que ser viejo para sentir nostalgia. Ni es imprescindible ser joven para tener esperanza. Continuamente asumimos ambas tendencias sin que una excluya totalmente a la otra, y pese a que se señalen campos antagónicos, para decirlo de alguna manera, entre el llamado nihilismo y los anhelantes. El problema sin embargo, no es la hipotética o real contradicción entre esas actitudes, que por demás ha permitido una discusión plena de hallazgos y de lucidez intelectual. No es entonces filosófico lo que intento plantear ahora. En primer lugar porque ese es un campo demasiado fecundo para asumirlo desde el puro estatuto del decir y de la licencia poética que otorga. Tampoco es el tema de un modesto artículo de opinión sobre lo cultural. La contradicción que señala es la imposibilidad de percibir correctamente la realidad enfocados en el pasado o intentar vivir el presente desde la ilusión del porvenir.
La realidad venezolana, por ejemplo, no puede ser avistada de manera significativa por quienes todavía están procesando el pasado desde la nostalgia, los prejuicios y las aspiraciones que prefiguran el incierto futuro. Ciertamente “el país” reclama de sus intelectuales a que se le piense, pero desde luego, también reclama a sus lectores, conocer y reconocerse en quienes lo hacen. Estudiar y ver al país desde esa perspectiva debe tornarse en presencia, actualidad y no mera nostalgia y justificación para encubrir la somnolencia, el desgano y la esterilidad. La negación pura es una forma de caducidad, pero la afirmación del puro optimismo se muta en desvarío. “Ver las cosas como son, aquí y ahora”, es superar los condicionamientos que conducen a los extremos de la ilusión.
Los restauradores, que plantean el retorno del país hasta donde lo dejaron cuando perdieron el control político del mismo, están en el extremo que les conduce a negar la realidad y entrabarse en una ineptitud sin precedente. La “enfermedad infantil”, según un revolucionario sin fronteras, asentada en el otro extremo, es otro peso muerto que termina beneficiando a quienes pretende combatir. Un efecto inesperado que, desde luego, también acompaña a los primeros. En medio de esos extremos existe una otra realidad, posiblemente la realidad, que al no ser reconocida como tal hace que todos se despedacen contra ella.
Hay que leer mejor y discutir a Picón Salas, también a otros “aceptados” como: Rengifo, Briceño Guerrero, Araujo, Miliani, Mosonyi, Mosca, Nazoa, Ludovico, Prieto, Acosta Saignes, Brito Figueroa, Malavé Mata, Bernardo Núñez, Pardo, Otero Silva, Domingo Alberto, Uslar Pietri, Liscano, Adriani, Díaz Solís, Briceño Iragorry, Díaz Sánchez, Cabrujas, Febres Cordero, Fombona Pachano, Gabaldón Márquez, García Bacca, Maiz Valenilla, Ramón y Rivera, Argenis Rodríguez, Lanz, viajeros hacia el amanecer.
Luis Alberto Angulo
Una de las características del envejecimiento es la que nos ensimisma en los recuerdos más lejanos. La pérdida de la memoria cercana nos retrotrae entonces a lo distante. Cuando envejecemos, la mirada, sin embargo, se centra en lo inmediato, en lo que nos rodea. Apenas si vemos el conjunto. Es peculiar que lleguemos a un sitio y no reconozcamos a nadie. Algunas veces porque no hay a quien reconocer o porque no vemos a nadie más, centrados sólo en el desplazamiento de nuestra dolida humanidad.
Es natural que al envejecer vivamos aferrados al pasado, siendo la única certidumbre para asirnos al presente. El hoy trocado en perplejidad certifica, no obstante, la certeza de un ciclo que prescinde de nosotros sin solicitar licencia, pese a las ostensibles señales que va dejando. Cuando somos jóvenes vivimos el presente con la certidumbre de que existe un futuro. Carecemos entonces de “memoria histórica, experiencia, pasado”, hecho sustituido continuamente por las ideas y el parecer del mundo en que vivimos. El peso de la cultura y lo “digerido” es alojado a través del lenguaje y sus sistemas, al joven integrante que vive la ilusión de estar pensando por sí mismo.
Pese a las contradicciones y los antagonismos sociales, las ideas que van a prevalecer en un mundo caduco son las mismas ideas envejecidas que lo reproducen, justifican y salvaguardan. La presunta autonomía del pensamiento y de la individualidad, obedece a un complejo discurso que amalgama a todo, pese a la fragmentación que también cercena su totalidad. El viejo añorando empecinadamente el pasado y el joven anhelando futuro, comparten actitudes similares. El extrañamiento es equivalente. La percepción condicionada del presente en ambos sujetos es ostensible. Los extremos de la negación y de la credulidad impregnados de sentimientos y emociones, perturban la comprensión del momento único e irrepetible de la vida a secas, sin proyecto, de cada uno de ellos.
Sin embargo, no hay que ser viejo para sentir nostalgia. Ni es imprescindible ser joven para tener esperanza. Continuamente asumimos ambas tendencias sin que una excluya totalmente a la otra, y pese a que se señalen campos antagónicos, para decirlo de alguna manera, entre el llamado nihilismo y los anhelantes. El problema sin embargo, no es la hipotética o real contradicción entre esas actitudes, que por demás ha permitido una discusión plena de hallazgos y de lucidez intelectual. No es entonces filosófico lo que intento plantear ahora. En primer lugar porque ese es un campo demasiado fecundo para asumirlo desde el puro estatuto del decir y de la licencia poética que otorga. Tampoco es el tema de un modesto artículo de opinión sobre lo cultural. La contradicción que señala es la imposibilidad de percibir correctamente la realidad enfocados en el pasado o intentar vivir el presente desde la ilusión del porvenir.
La realidad venezolana, por ejemplo, no puede ser avistada de manera significativa por quienes todavía están procesando el pasado desde la nostalgia, los prejuicios y las aspiraciones que prefiguran el incierto futuro. Ciertamente “el país” reclama de sus intelectuales a que se le piense, pero desde luego, también reclama a sus lectores, conocer y reconocerse en quienes lo hacen. Estudiar y ver al país desde esa perspectiva debe tornarse en presencia, actualidad y no mera nostalgia y justificación para encubrir la somnolencia, el desgano y la esterilidad. La negación pura es una forma de caducidad, pero la afirmación del puro optimismo se muta en desvarío. “Ver las cosas como son, aquí y ahora”, es superar los condicionamientos que conducen a los extremos de la ilusión.
Los restauradores, que plantean el retorno del país hasta donde lo dejaron cuando perdieron el control político del mismo, están en el extremo que les conduce a negar la realidad y entrabarse en una ineptitud sin precedente. La “enfermedad infantil”, según un revolucionario sin fronteras, asentada en el otro extremo, es otro peso muerto que termina beneficiando a quienes pretende combatir. Un efecto inesperado que, desde luego, también acompaña a los primeros. En medio de esos extremos existe una otra realidad, posiblemente la realidad, que al no ser reconocida como tal hace que todos se despedacen contra ella.
Hay que leer mejor y discutir a Picón Salas, también a otros “aceptados” como: Rengifo, Briceño Guerrero, Araujo, Miliani, Mosonyi, Mosca, Nazoa, Ludovico, Prieto, Acosta Saignes, Brito Figueroa, Malavé Mata, Bernardo Núñez, Pardo, Otero Silva, Domingo Alberto, Uslar Pietri, Liscano, Adriani, Díaz Solís, Briceño Iragorry, Díaz Sánchez, Cabrujas, Febres Cordero, Fombona Pachano, Gabaldón Márquez, García Bacca, Maiz Valenilla, Ramón y Rivera, Argenis Rodríguez, Lanz, viajeros hacia el amanecer.
ANA ENRIQUETA TERÁN O EL CORAZÓN DEL ÁGUILA. José Carlos De Nóbrega
ANA ENRIQUETA TERÁN O EL CORAZÓN DEL ÁGUILA
José Carlos De Nóbrega
“Apuntes y congojas de una decadencia novelada en tres muertes” (2014) de Doña Ana Enriqueta Terán, primera incursión novelística publicada por la Fundación Editorial El perro y la rana, nos obsequió una experiencia inigualable y harto placentera: Esta maravillosa novela coquetea, por fortuna, con la musicalidad clásica del soneto y la oralidad popular, rural y andina de la décima. La palabra recrea así nomás mestizajes alambicados y entrañables, eso sí, en el predatorio y dinámico marco de las relaciones de poder que encabritan a los hombres. Si bien no sólo hay alusiones autobiográficas sino también al devenir mismo de su obra poética [léase, por ejemplo, en voz alta el poema “Estancia de las Casas Vividas”, Piedra de Habla, 2014, Biblioteca Ayacucho, pp. 305-309], la novela nos parece uno de los mejores ejercicios de ficción literaria de los últimos treinta años en el país. Son abundantes sus virtudes narrativas que redundan en la calidad plástica de sus atmósferas, la construcción apasionada de los personajes y las modulaciones múltiples de la voz que cuenta y canta hasta cien para desandar o revisitar un siglo. Paradójicamente, autores como Gabriel García Márquez o Adriano González León cierran el ciclo con libros sobre la depreciación nostálgica de la vejez; en cambio, Doña Ana intenta la senda inversa, esto es la recuperación poética de la infancia que trasciende la Utopía romántica.
Las protagonistas son indudablemente maravillosas en la precariedad, la contrariedad, la fortaleza y los silencios de afuera y de adentro: Doña Juana Teresa, la abuela y la casa; Ama Ina, la sierva devota y celestina; y, por supuesto, Manuela, Isabel María, Niña Chayo, y Niña Candela, nietas y cuentas preciosas del rosario familiar contingente que se reconcilia con los anillos de la sierpe que pende de la viga principal del techo. Panchita, la culebra tuquí, no encarna la culpabilidad de la mujer infligida por el macho semental y patriarca, ni muerde su calcañar, por el contrario, las acompaña en las lazadas cómplices viga a viga. El mea culpa tampoco funciona a nivel socio-económico, pues cunde la humanidad inmediata de godos y campesinos, niñas mantuanas y guarichas: “¿A ras de quién establecer culpas? Eran circunstancias. Intensos momentos en extensión de paño interno”. He aquí la hermosísima irrupción del Bestiario, factor poético y metafórico de primer orden que afinca la compleja, sentida y escurridiza personalidad de cada quien, “el goce del tacto era el acercamiento a la bestia de uno”: el escudo matriarcal encarnado en el águila de Doña Juana Teresa, encadenadas ambas en la casa; el cordero de Isabel María; o el coleccionismo entomológico de Niña Chayo que se apropió no sólo de coleópteros y escarabajos, sino de otros animales y seres humanos amados.
Por supuesto, nuestras mujeres se oponen sutil y silenciosamente al conservadurismo seco de la sociedad andina de aquel entonces: el “PURO LEER” de la matriarca, desde los clásicos rusos al Siglo de Oro español; pasando por la depredación sexual de Niña Candela o el ateísmo encubierto en la compulsiva religiosidad de Niña Chayo; hasta el dolorosísimo y vindicador ejercicio escritural de Manuela, desprovista de toda Victoria posible, “¿Será la palabra la única victoria de Manuela?” [¿Qué tal les parece este llamado interior: “Despacito, Manuela, no se desboque; prados de hoja menuda no destruya”, sazonado con la musicalidad inherente de un verso de arte mayor?].
Reiteramos que el lenguaje, en sus diversas implicaciones, es la línea central e indagatoria de “Apuntes y congojas de una decadencia novelada en tres muertes”. Constituye por una parte la revisión y recapitulación de la pasión escritural de nuestra autora. Son evidentes los puentes que establece con la “Autobiografía en tercetos…” de 2007, especialmente en los casos de “Invocación a la madre” y “Ríos de infancia”; asimismo con la “Antología poética” de 2005, lo cual comprende la afinidad temática y las peculiaridades musicales e imaginativas de su discurso vital y personalísimo. Más importante aún, hemos de destacar el afán multidisciplinario que repercute hondamente en la construcción de este microcosmos novelístico: la prosa es olorosa al fogón de Ama Ina y al jardín cuidado por el infértil Juan Carlos Macchi; el discurso científico botánico y zoológico es motivo de apropiación y reconversión poéticas de la tierra y el paisaje; la condición de mujer se expone con bella crudeza comadrona y sin concesiones estilísticas: “Qué significa sangre menstrual en trapos viejos, (…), como si la sangre necesitara símbolos de poder, de tradición, para el holocausto de la inocencia y el suceso inaudito de la belleza”. Los recovecos del habla que mixturan lo culto y lo popular no sólo recobran viejos términos, sino que imponen al cuerpo y el alma significados inéditos y juguetones: <>. La lengua absuelta por el vuelo y el reptar poético, nos mueve al morbo y al voyerismo cuando de espejos se trata: la mirada oblicua que se desparrama en el pie equino de Isabel María (acariciado por Cheo Castejón o el mismísimo lector) o la desnudez virginal de Niña Chayo. La ceremonia transcurre entre la mascarada y la deglución caníbal del objeto luminoso del deseo, digresión sensual mediante.
Aplastando la cabeza mezquina de la deslenguada mapanare que fracasa en herir su calcañar, nos reunimos en el hospitalario patio para enhebrar un texto amoroso, encuentro de la poesía, el ensayo y la pintura, con el cual José María, Luis Alberto, Vladimir y José Carlos celebren a Ana Enriqueta acicalándose y persignándose en la ceremonia cotidiana y salvífica del poema.
Excusen, pues, el entusiasmo de estas notas dispersas y enamoradas, que celebran a nuestra queridísima Ana Enriqueta en su cumpleaños pleno de mocedades.
José Carlos De Nóbrega
“Apuntes y congojas de una decadencia novelada en tres muertes” (2014) de Doña Ana Enriqueta Terán, primera incursión novelística publicada por la Fundación Editorial El perro y la rana, nos obsequió una experiencia inigualable y harto placentera: Esta maravillosa novela coquetea, por fortuna, con la musicalidad clásica del soneto y la oralidad popular, rural y andina de la décima. La palabra recrea así nomás mestizajes alambicados y entrañables, eso sí, en el predatorio y dinámico marco de las relaciones de poder que encabritan a los hombres. Si bien no sólo hay alusiones autobiográficas sino también al devenir mismo de su obra poética [léase, por ejemplo, en voz alta el poema “Estancia de las Casas Vividas”, Piedra de Habla, 2014, Biblioteca Ayacucho, pp. 305-309], la novela nos parece uno de los mejores ejercicios de ficción literaria de los últimos treinta años en el país. Son abundantes sus virtudes narrativas que redundan en la calidad plástica de sus atmósferas, la construcción apasionada de los personajes y las modulaciones múltiples de la voz que cuenta y canta hasta cien para desandar o revisitar un siglo. Paradójicamente, autores como Gabriel García Márquez o Adriano González León cierran el ciclo con libros sobre la depreciación nostálgica de la vejez; en cambio, Doña Ana intenta la senda inversa, esto es la recuperación poética de la infancia que trasciende la Utopía romántica.
Las protagonistas son indudablemente maravillosas en la precariedad, la contrariedad, la fortaleza y los silencios de afuera y de adentro: Doña Juana Teresa, la abuela y la casa; Ama Ina, la sierva devota y celestina; y, por supuesto, Manuela, Isabel María, Niña Chayo, y Niña Candela, nietas y cuentas preciosas del rosario familiar contingente que se reconcilia con los anillos de la sierpe que pende de la viga principal del techo. Panchita, la culebra tuquí, no encarna la culpabilidad de la mujer infligida por el macho semental y patriarca, ni muerde su calcañar, por el contrario, las acompaña en las lazadas cómplices viga a viga. El mea culpa tampoco funciona a nivel socio-económico, pues cunde la humanidad inmediata de godos y campesinos, niñas mantuanas y guarichas: “¿A ras de quién establecer culpas? Eran circunstancias. Intensos momentos en extensión de paño interno”. He aquí la hermosísima irrupción del Bestiario, factor poético y metafórico de primer orden que afinca la compleja, sentida y escurridiza personalidad de cada quien, “el goce del tacto era el acercamiento a la bestia de uno”: el escudo matriarcal encarnado en el águila de Doña Juana Teresa, encadenadas ambas en la casa; el cordero de Isabel María; o el coleccionismo entomológico de Niña Chayo que se apropió no sólo de coleópteros y escarabajos, sino de otros animales y seres humanos amados.
Por supuesto, nuestras mujeres se oponen sutil y silenciosamente al conservadurismo seco de la sociedad andina de aquel entonces: el “PURO LEER” de la matriarca, desde los clásicos rusos al Siglo de Oro español; pasando por la depredación sexual de Niña Candela o el ateísmo encubierto en la compulsiva religiosidad de Niña Chayo; hasta el dolorosísimo y vindicador ejercicio escritural de Manuela, desprovista de toda Victoria posible, “¿Será la palabra la única victoria de Manuela?” [¿Qué tal les parece este llamado interior: “Despacito, Manuela, no se desboque; prados de hoja menuda no destruya”, sazonado con la musicalidad inherente de un verso de arte mayor?].
Reiteramos que el lenguaje, en sus diversas implicaciones, es la línea central e indagatoria de “Apuntes y congojas de una decadencia novelada en tres muertes”. Constituye por una parte la revisión y recapitulación de la pasión escritural de nuestra autora. Son evidentes los puentes que establece con la “Autobiografía en tercetos…” de 2007, especialmente en los casos de “Invocación a la madre” y “Ríos de infancia”; asimismo con la “Antología poética” de 2005, lo cual comprende la afinidad temática y las peculiaridades musicales e imaginativas de su discurso vital y personalísimo. Más importante aún, hemos de destacar el afán multidisciplinario que repercute hondamente en la construcción de este microcosmos novelístico: la prosa es olorosa al fogón de Ama Ina y al jardín cuidado por el infértil Juan Carlos Macchi; el discurso científico botánico y zoológico es motivo de apropiación y reconversión poéticas de la tierra y el paisaje; la condición de mujer se expone con bella crudeza comadrona y sin concesiones estilísticas: “Qué significa sangre menstrual en trapos viejos, (…), como si la sangre necesitara símbolos de poder, de tradición, para el holocausto de la inocencia y el suceso inaudito de la belleza”. Los recovecos del habla que mixturan lo culto y lo popular no sólo recobran viejos términos, sino que imponen al cuerpo y el alma significados inéditos y juguetones: <
Aplastando la cabeza mezquina de la deslenguada mapanare que fracasa en herir su calcañar, nos reunimos en el hospitalario patio para enhebrar un texto amoroso, encuentro de la poesía, el ensayo y la pintura, con el cual José María, Luis Alberto, Vladimir y José Carlos celebren a Ana Enriqueta acicalándose y persignándose en la ceremonia cotidiana y salvífica del poema.
Excusen, pues, el entusiasmo de estas notas dispersas y enamoradas, que celebran a nuestra queridísima Ana Enriqueta en su cumpleaños pleno de mocedades.
Sunday, April 26, 2015
3 MUJERES DE NUESTRA POESÍA HOY (1). José Carlos De Nóbrega
3 MUJERES DE NUESTRA POESÍA HOY (1)
José Carlos De Nóbrega
"Todavía me sabes, / quemadura de amor! / Y el cuerpo deletrea / el suplicio feliz". María Calcaño.
"callada no hago peso / desnuda estoy a salvo / lo digo ante el espejo / se lo digo a tu silencio". Lydda Franco Farías.
Teniendo como antecedentes las voces de María Calcaño, Enriqueta Arvelo Larriva y Ana Enriqueta Terán, por ejemplo, nos proponemos conversar sobre la obra poética de tres grandes amigas nuestras: Norys Nicoliello (Falcón, 1966), Niddy Calderón (Valencia, 1972) y María Alejandra Rendón (Valencia, 1986), con las cuales hemos compartido espacios culturales, académicos y festivos en la inhóspita, bien amada y descoordinada ciudad de Valencia de San Simeón el estilita o Valencia de San Desiderio como la mienta Slavko Zupcic. Norys
Nicoliello ha publicado a la fecha tres poemarios: El acecho del cordero (2002), Volverme Alúmina (2008) y La Luna de Adelia (2008). Quehaceres de Adentro (2014) constituye su más reciente título, inédito aún. Embargada la voz poética multitudinaria por la diversidad del paisaje (la serranía falconiana, la altura neblinosa de Carayaca o una derruida Valencia del Rey), esta poeta exhibe un denodado compromiso contundente con la palabra, manifiesto en un oficio escritural brillante e inmediato, desprovisto de las estridencias ornamentales y artificiosas del estilo, no en balde la audacia de su propuesta poética. "El acecho del cordero" configura un tríptico lírico que comprende el bestiario, la recreación de la serranía de Falcón (Corubo) y su confrontación con el paisaje urbano descoyuntado (Casa de paso).
"Volverme Alúmina" es uno de sus poemarios más celebrados por nosotros, no sólo por su alto vuelo poético, plástico e imaginativo, sino también porque representó mi segundo libro como editor en la Imprenta Regional Carabobo de la Fundación Editorial el perro y la rana (el primero fue el volumen de cuentos 13 fábulas y otros relatos de Richard Montenegro). En este precioso y carísimo conjunto predomina un careo aproximativo al tema de la muerte, esta vez ligado a la alquimia de la vida y la palabra que transita de la transformación a la resurrección apoteósica de la carne y el alma.
"La Luna de Adelia" nos ratifica la evolución del discurso poético personal de Norys Nicoliello, pues amplía sus preocupaciones temáticas y estilísticas provenientes de las dos incursiones anteriores, amén de depurar la transparencia expresiva y musical asida vívidamente a la Poesía del Decir. Recurre nuevamente a la estructuración de un tríptico: Se suceden eslabones o peldaños en ascenso titulados "Juegos de Niebla", "Soñamos con días ilesos" y "La Luna de Adelia". La interiorización y plasticidad del paisaje de montaña se desdibuja en la inmediatez del lenguaje, mixtura primaria de la lengua culta y la oralidad que tapiza el ámbito familiar (la casa y el conuco). Persiste la simplicidad de la expresión poética en la presencia de metáforas elementales que casi aniquilan a la puntuación y la adjetivación; el ritmo y la melodía son proveídos por el verso breve y despojado.
"Quehaceres de adentro", en las apariencias de una primera lectura apurada, representa la coleta del gracioso papagayo o cometa que es el corpus poético de Norys Nicoliello antes esbozado. Sólo que si la mirada se prende al rabo multicolor, experimentaremos las hojillas que cortan salvajemente el aire y las manos que pretenden asirlo con desesperación. La inmediatez y diafanidad del poema albergan, esta vez, la contundencia y la aspereza de la palabra forjadas en la tensión vertiginosa del vivir: "Me aquejan los quehaceres de la casa / me obnubilan en la rutina / por qué esa manía de orden / por qué esa obsesión de limpieza / la rutina es el escape / de los quehaceres de adentro". Esto es el desencuentro entre Apolos y Dionisio: No logramos distinguir ni conciliar la Utopía y la Distopía en procura del cambio endógeno que repercuta en el entorno exterior.
ELOGIO RETICULAR DEL LIBRO Y SUS ALREDEDORES. José Carlos De Nóbrega
ELOGIO RETICULAR DEL LIBRO Y SUS ALREDEDORES
José Carlos De Nóbrega
A la amada dupla doctoral de Pedro Téllez Carrasco y Teresa Pacheco Miranda.
La obra ensayística de Pedro Téllez Pacheco se goza en la consideración sensual, objetual y conceptual del libro. Por supuesto, dista de una apología fetichista de la literatura, pues el oficio de los escritores de raza se sustenta en su vinculación dialógica con las letras que lo anteceden y la vida misma que acarrea sus objetos voluptuosos, manjares y bebidas. Hoy nos corresponde presentar su más reciente colección de ensayos, Elogio en cursiva del Libro de Bolsillo (2014), bajo el sello amigo de Ediciones Protagoni, c.a. de Luis García. Valga mi entusiasmo como lector y comentarista, nos parece que este título no sólo confirma la recapitulación obsesiva de los temas que siempre han ocupado a Pedro Téllez, amén del afilado instrumental de disección crítica y expresiva, sino también la evolución y consolidación de una de las voces más interesantes y comprometidas del momento literario en Venezuela.
El ensayista es entomólogo, bibliotecario y reportero del mundo que lo embarga en sacudidas que colindan entre la revelación poética y el malabarismo intelectual que despotrica de los convencionalismos academicistas. Los trece comensales de la cena del ensayo, paradójicamente, se trasladan a la carnadura de las trece especies animales que se desplazan con suma vivacidad por el jardín que alude, a su vez, al Paraíso y el Infierno del cual nos habló Malcolm Lowry en sus desquiciantes novelas. Las ratas que no leen pero sí orinan, defecan y habitan los bloques de la biblioteca, nos remiten al poema objeto que es el ensayo homónimo de este libro. El culto al libro como objeto y texto cobra suma vitalidad en un discurso harto amoroso: No nos sorprende la inmediatez y la oralidad picante de una conferencia como Biblioteca Personal del Diablo: Su texto vivo, afín a un espíritu sedicioso y charlatán, centra su desnudez en el cambio frenético de la vestimenta, desde el retruécano hasta la sátira y la carnavalización de su discurso: "El Diablo se excita con los místicos del Siglo de Oro español, con las traducciones del Cantar de los Cantares de Fray Luis de León, y con la tercera redacción del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz y con la Séptima Morada de Santa Teresa".
No podemos pasar por debajo de la mesa un libro carnal, callejero y desternillante: Conversaciones con Taxistas que complace y se conduele del morbo de todo lector que se precie de serlo y vivirlo. Persiste la mirada entomológica que excede la del psiquiatra y el sociólogo, pues no sólo aprisiona los testimonios contra el papel como coleópteros clavados con chinches, sino clasifica a los taxistas además de incorporar categorías como “taxear” y “ruletear”. Incluso nos podríamos topar con un pastiche que involucra los géneros de la crónica urbana, el cuento breve o la fábula que troca en bestiario envilecido. Se mixtura lo académico con lo popular, no obstante lo que le dice el taxista As a su colega Travis Bickle en el film “Taxi Driver” de Martin Scorsese: "No soy Bertrand Russell, tan sólo soy un taxista". El taxista pareciera pues falsificar la voz poética y revulsiva de Juan Calzadilla: "A mí no me gusta mujer con perro, porque al perro le encanta lamer cuca". Otro conductor explotado se redime estrellándose contra las grandes tetas de una mujer: "¡esto es una maravilla!"
Otro de los hallazgos notables de este conjunto ensayístico es el fabuloso Mapa Temporal del Ensayo en la Venezuela del Siglo XX. ¿Persiste entonces el tono entomológico o epidemiológico? Por fortuna, Téllez construye una cartografía crítica invaluable del género en el país nacional y contemporáneo que, junto al Paisaje del ensayo venezolano (1999) de Oscar Rodríguez Ortiz, han de tenerse en cuenta como aproximaciones que se oponen al clima insulso de las Universidades venezolanas, bonapartistas o no. Coexisten en un sancocho cruzado, diverso y disímil el conservadurismo sociológico de Laureano Vallenilla Lanz, la escritura clasicista de Arturo Uslar Pietri, el egotismo de Rufino Blanco Fombona adosado a su comentarista Ángel Rama, y la heterodoxia marxista de Ludovico Silva, por supuesto, en la multiplicidad factorial de sus afectos y repulsiones en el campo político, cultural y estético. En un futuro, a corto o mediano plazo, nos tocará incluir este magnífico mural ensayístico en un Canon nacional flexible, problematizador y dialéctico.
He aquí otro salto en la discontinuidad reticular de este elogio al libro en rústica: Amistad y Sabiduría, homenaje que festeja a su padre, el Doctor Téllez Carrasco, y a sus amigos Humberto Giugni, Roman Prypchan y Rafael Carías. La relación con la figura paterna no es para nada kafkiana, por el contrario, nos remite a una visión plena de ternura y de muy buen humor, tal como lo celebran y lo poetizan los cuentos del escritor y dibujante polaco Bruno Schulz [como si ocurriese en la pista humilde y dionisíaca de un circo latinoamericano].
Leer y revisitar este estupendo libro no es un desangrar del corazón, sino un abrazo fraternal y solidario con el lector de a pie. No nos queda duda, es uno de los mejores libros publicados en los últimos treinta años por los valencianos de San Simeón el estilita, San Desiderio o Rasputín el monje bonchón. Si no lo creen así, sugerimos cruzar y contrastar su lectura con títulos tales como "Antología del Decir" de Luis Alberto Angulo, "La luna no es de pan de horno" de Laura Antillano, "Acento de Cabalgadura" de Enrique Mujica, "Círculo Croata" de Slavko Zupcic, "Matadero" de Reynaldo Pérez Só y "Última luna en la piel" de Orlando Chirinos. Este libro objeto de Pedro Téllez muestra impúdicamente su carnadura, sus coyunturas y cartílagos. No nos interesa, pues, el discurso terrorista de la valencianidad proferido por un ex burgomaestre y sibarita sin alma.
José Carlos De Nóbrega
A la amada dupla doctoral de Pedro Téllez Carrasco y Teresa Pacheco Miranda.
La obra ensayística de Pedro Téllez Pacheco se goza en la consideración sensual, objetual y conceptual del libro. Por supuesto, dista de una apología fetichista de la literatura, pues el oficio de los escritores de raza se sustenta en su vinculación dialógica con las letras que lo anteceden y la vida misma que acarrea sus objetos voluptuosos, manjares y bebidas. Hoy nos corresponde presentar su más reciente colección de ensayos, Elogio en cursiva del Libro de Bolsillo (2014), bajo el sello amigo de Ediciones Protagoni, c.a. de Luis García. Valga mi entusiasmo como lector y comentarista, nos parece que este título no sólo confirma la recapitulación obsesiva de los temas que siempre han ocupado a Pedro Téllez, amén del afilado instrumental de disección crítica y expresiva, sino también la evolución y consolidación de una de las voces más interesantes y comprometidas del momento literario en Venezuela.
El ensayista es entomólogo, bibliotecario y reportero del mundo que lo embarga en sacudidas que colindan entre la revelación poética y el malabarismo intelectual que despotrica de los convencionalismos academicistas. Los trece comensales de la cena del ensayo, paradójicamente, se trasladan a la carnadura de las trece especies animales que se desplazan con suma vivacidad por el jardín que alude, a su vez, al Paraíso y el Infierno del cual nos habló Malcolm Lowry en sus desquiciantes novelas. Las ratas que no leen pero sí orinan, defecan y habitan los bloques de la biblioteca, nos remiten al poema objeto que es el ensayo homónimo de este libro. El culto al libro como objeto y texto cobra suma vitalidad en un discurso harto amoroso: No nos sorprende la inmediatez y la oralidad picante de una conferencia como Biblioteca Personal del Diablo: Su texto vivo, afín a un espíritu sedicioso y charlatán, centra su desnudez en el cambio frenético de la vestimenta, desde el retruécano hasta la sátira y la carnavalización de su discurso: "El Diablo se excita con los místicos del Siglo de Oro español, con las traducciones del Cantar de los Cantares de Fray Luis de León, y con la tercera redacción del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz y con la Séptima Morada de Santa Teresa".
No podemos pasar por debajo de la mesa un libro carnal, callejero y desternillante: Conversaciones con Taxistas que complace y se conduele del morbo de todo lector que se precie de serlo y vivirlo. Persiste la mirada entomológica que excede la del psiquiatra y el sociólogo, pues no sólo aprisiona los testimonios contra el papel como coleópteros clavados con chinches, sino clasifica a los taxistas además de incorporar categorías como “taxear” y “ruletear”. Incluso nos podríamos topar con un pastiche que involucra los géneros de la crónica urbana, el cuento breve o la fábula que troca en bestiario envilecido. Se mixtura lo académico con lo popular, no obstante lo que le dice el taxista As a su colega Travis Bickle en el film “Taxi Driver” de Martin Scorsese: "No soy Bertrand Russell, tan sólo soy un taxista". El taxista pareciera pues falsificar la voz poética y revulsiva de Juan Calzadilla: "A mí no me gusta mujer con perro, porque al perro le encanta lamer cuca". Otro conductor explotado se redime estrellándose contra las grandes tetas de una mujer: "¡esto es una maravilla!"
Otro de los hallazgos notables de este conjunto ensayístico es el fabuloso Mapa Temporal del Ensayo en la Venezuela del Siglo XX. ¿Persiste entonces el tono entomológico o epidemiológico? Por fortuna, Téllez construye una cartografía crítica invaluable del género en el país nacional y contemporáneo que, junto al Paisaje del ensayo venezolano (1999) de Oscar Rodríguez Ortiz, han de tenerse en cuenta como aproximaciones que se oponen al clima insulso de las Universidades venezolanas, bonapartistas o no. Coexisten en un sancocho cruzado, diverso y disímil el conservadurismo sociológico de Laureano Vallenilla Lanz, la escritura clasicista de Arturo Uslar Pietri, el egotismo de Rufino Blanco Fombona adosado a su comentarista Ángel Rama, y la heterodoxia marxista de Ludovico Silva, por supuesto, en la multiplicidad factorial de sus afectos y repulsiones en el campo político, cultural y estético. En un futuro, a corto o mediano plazo, nos tocará incluir este magnífico mural ensayístico en un Canon nacional flexible, problematizador y dialéctico.
He aquí otro salto en la discontinuidad reticular de este elogio al libro en rústica: Amistad y Sabiduría, homenaje que festeja a su padre, el Doctor Téllez Carrasco, y a sus amigos Humberto Giugni, Roman Prypchan y Rafael Carías. La relación con la figura paterna no es para nada kafkiana, por el contrario, nos remite a una visión plena de ternura y de muy buen humor, tal como lo celebran y lo poetizan los cuentos del escritor y dibujante polaco Bruno Schulz [como si ocurriese en la pista humilde y dionisíaca de un circo latinoamericano].
Leer y revisitar este estupendo libro no es un desangrar del corazón, sino un abrazo fraternal y solidario con el lector de a pie. No nos queda duda, es uno de los mejores libros publicados en los últimos treinta años por los valencianos de San Simeón el estilita, San Desiderio o Rasputín el monje bonchón. Si no lo creen así, sugerimos cruzar y contrastar su lectura con títulos tales como "Antología del Decir" de Luis Alberto Angulo, "La luna no es de pan de horno" de Laura Antillano, "Acento de Cabalgadura" de Enrique Mujica, "Círculo Croata" de Slavko Zupcic, "Matadero" de Reynaldo Pérez Só y "Última luna en la piel" de Orlando Chirinos. Este libro objeto de Pedro Téllez muestra impúdicamente su carnadura, sus coyunturas y cartílagos. No nos interesa, pues, el discurso terrorista de la valencianidad proferido por un ex burgomaestre y sibarita sin alma.
Sunday, April 19, 2015
ELOGIO A TRES VIEJOS AMIGOS. José Carlos De Nóbrega
ELOGIO A TRES VIEJOS AMIGOS
José Carlos De Nóbrega
Hace un año me despedí de tres amigos de mi adolescencia escurridiza que va y viene impune: Cheo Feliciano, Gabriel García Márquez y Mayra Alejandra. Tres muertes que comprendieron causas disímiles: el accidente de tránsito que incrustó al primero en un poste de concreto, la severa afección respiratoria del Gabo que lo despegó por fin del mal del sueño y el cáncer terminal que apagó el shock postraumático inducido vía TV a la desdichada y acartonada Leonela. Sin embargo, la nostalgia, además de la cruel y traviesa Providencia, los emparentan en ese concierto barroco y maravilloso que es la cultura popular y literaria de América Latina.
La voz tierna y viril de Cheo Feliciano nos acompañó desde la devota sintonización de Radio Aeropuerto, enclave de la Salsa en la Venezuela de los setenta. Recordamos su estilo inigualable, gallardo y heredero de Tito Rodríguez, Joe Cuba y Eddie Palmieri tanto en la tesitura aterciopelada del bolero como en el tenor salvaje y montuno de la guaracha y el sonido boogaloo: “El Ratón”, “El Pito”, “Busca lo tuyo”, “Amada Mía” y “Delirio” así lo ratifican cada vez que la aguja o el láser lamen el acetato o el CD para complacer los oídos y el corazón. Si de yuntas se trata, es histórica la simbiosis perfecta de Feliciano y “Tite” Curet Alonso: “Anacaona”, “Naborí” y “Los Entierros de mi pobre gente pobre” son hitos indiscutibles del Repertorio Latinoamericano en virtud de su poesía sentida, conmovedora y solidaria con las causas contestatarias de nuestros pueblos. Desprovisto de los alardes mediáticos propios de lo políticamente correcto, Cheo adversó la Guerra de Vietnam y el aislamiento con el que aún pretenden los corsarios protestantes oprimir a Cuba por mampuesto. Él fue desde siempre amigo de nuestro país, bien sea en compañía de Tito Rodríguez, La Fania All Stars o la Rondalla Venezolana. Su presentación en PDVSA La Estancia, a propósito del Festival de Boleros en 2012, nos reconcilió con sus mejores días, esta vez echando un pie con Cocó, su mujer bien amada, sazonada la noche con los estupendos arreglos del profesor Luis García.
Qué decir del Gabo, cuando aparentemente todo está dicho y llueve sobre mojado para bien o para mal: En la indecente apreciación de este narrador y ensayista compulsivo, constituye mi primera referencia literaria: Ambos estamos conscientes de que sólo servimos para escribir con la mollera, el corazón y las tripas. Si “La Hojarasca” me trajo a Macondo con su tropical calor pegajoso, sus supersticiones y miedos míticos [no en balde los 14°C de la Caracas de entonces aparejados con los ardores púberes], “Cien Años de Soledad” supuso una revelación asombrosa, esto es la literatura como apertura y cierre de la Totalidad contingente y discontinua que nos abraza, bandada de múltiples voces entrecortadas que recoge y desparrama en la recreación del oprobioso mundo amado, los amores no correspondidos y las causas inauditas a defender que sólo delatan nuestra inconformidad y desadaptación. He de confesar que obtuve más plata escribiendo trabajos diferentes sobre ambas novelas para mis flojos condiscípulos, que la que me deparaban las dupletas hípicas con las que recorría La Pastora en Caracas o Tarapío y Caprenco en Valencia de San Desiderio. Como pueden constatar, de ahí viene esta terca pasión por las palabras que tan sólo busca ensayar junto a ustedes una conversación sobre los autores que nos gratifican y honran en el juego bifronte del lenguaje. No nos caigamos a embustes: Soy un cronista mercenario de estos días sin dispensación, flaco de hambres y hambriento de amores como el protagonista de “Memorias de mis putas tristes”, una de sus novelas más simpáticas y enternecedoras. ¿Cómo no reencontrarme con García Márquez en el realismo poético de “Apuntes y congojas de una decadencia novelada en tres muertes” de Doña Ana Enriqueta Terán, o las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia recreadas por Billo, o ese homenaje vitalísimo de Rubén Blades y Seis del Solar que es “Agua de Luna”? Pese al terror compartido con Salvador Garmendia en cuanto a revisitar las páginas de las monstruosas novelas que cautivan la memoria, me resta abrevar en el río magnífico de “Cien Años de Soledad”, pues los condenados de la Tierra siempre forjan sus oportunidades de redención con maniático denuedo. No nos importan las lecturas descontextualizadas, escuálidas y reaccionarias de Diomedes Cordero y Héctor Espinoza que fracasan en escatimar la maestría del Gabo. Tampoco cuenta que “Las Venas Abiertas de América Latina” de Galeano aún aguarden a un lector desmemoriado como Barack Obama. Se reencuentran Roque Dalton y Danton en el despropósito converso y predatorio de sus asesinos.
Mi aversión por las teleculebras a lo Delia Fiallo no me alejó de Mayra Alejandra, por el contrario, excitó mi febril sensibilidad e inclinación por las guarichas, hembraje avasallador y pardo no mediatizado por la miopía misógina de Osmel Sousa y sus viles cómplices mediáticos. Sabotear esperpentos dramáticos como “Leonela” fue un oportuno pretexto para importunar al matriarcado amantísimo de mi casa, zanjando brechas generacionales y eludiendo el rigor de la correa o la chancleta airada. Sin embargo, el morbo patente en el tratamiento cursi del tema de la violación y el increíble ascenso social del violador, le imprimió un toque extraño y paradójico a las húmedas ensoñaciones eróticas de entonces: chupar los grandes pezones de bondadosas papayas, perderse en esos ojos negrísimos de muchacha broncínea. Nos simpatizaba más, por supuesto, la Carmen fogosa que encarnó en la película de Chalbaud, o la impúdica Barbarita agarrada del brazo de Cabrujas en la pista de un circo.
Estimado trío que se asomó a mi pubertad: ¡Buen Viaje, Familia! Sus cenizas se sumergirán en las aguas cálidas de los ríos, el bramar de las cataratas y la saudade que trae consigo las lluvias de mayo.
José Carlos De Nóbrega
Hace un año me despedí de tres amigos de mi adolescencia escurridiza que va y viene impune: Cheo Feliciano, Gabriel García Márquez y Mayra Alejandra. Tres muertes que comprendieron causas disímiles: el accidente de tránsito que incrustó al primero en un poste de concreto, la severa afección respiratoria del Gabo que lo despegó por fin del mal del sueño y el cáncer terminal que apagó el shock postraumático inducido vía TV a la desdichada y acartonada Leonela. Sin embargo, la nostalgia, además de la cruel y traviesa Providencia, los emparentan en ese concierto barroco y maravilloso que es la cultura popular y literaria de América Latina.
La voz tierna y viril de Cheo Feliciano nos acompañó desde la devota sintonización de Radio Aeropuerto, enclave de la Salsa en la Venezuela de los setenta. Recordamos su estilo inigualable, gallardo y heredero de Tito Rodríguez, Joe Cuba y Eddie Palmieri tanto en la tesitura aterciopelada del bolero como en el tenor salvaje y montuno de la guaracha y el sonido boogaloo: “El Ratón”, “El Pito”, “Busca lo tuyo”, “Amada Mía” y “Delirio” así lo ratifican cada vez que la aguja o el láser lamen el acetato o el CD para complacer los oídos y el corazón. Si de yuntas se trata, es histórica la simbiosis perfecta de Feliciano y “Tite” Curet Alonso: “Anacaona”, “Naborí” y “Los Entierros de mi pobre gente pobre” son hitos indiscutibles del Repertorio Latinoamericano en virtud de su poesía sentida, conmovedora y solidaria con las causas contestatarias de nuestros pueblos. Desprovisto de los alardes mediáticos propios de lo políticamente correcto, Cheo adversó la Guerra de Vietnam y el aislamiento con el que aún pretenden los corsarios protestantes oprimir a Cuba por mampuesto. Él fue desde siempre amigo de nuestro país, bien sea en compañía de Tito Rodríguez, La Fania All Stars o la Rondalla Venezolana. Su presentación en PDVSA La Estancia, a propósito del Festival de Boleros en 2012, nos reconcilió con sus mejores días, esta vez echando un pie con Cocó, su mujer bien amada, sazonada la noche con los estupendos arreglos del profesor Luis García.
Qué decir del Gabo, cuando aparentemente todo está dicho y llueve sobre mojado para bien o para mal: En la indecente apreciación de este narrador y ensayista compulsivo, constituye mi primera referencia literaria: Ambos estamos conscientes de que sólo servimos para escribir con la mollera, el corazón y las tripas. Si “La Hojarasca” me trajo a Macondo con su tropical calor pegajoso, sus supersticiones y miedos míticos [no en balde los 14°C de la Caracas de entonces aparejados con los ardores púberes], “Cien Años de Soledad” supuso una revelación asombrosa, esto es la literatura como apertura y cierre de la Totalidad contingente y discontinua que nos abraza, bandada de múltiples voces entrecortadas que recoge y desparrama en la recreación del oprobioso mundo amado, los amores no correspondidos y las causas inauditas a defender que sólo delatan nuestra inconformidad y desadaptación. He de confesar que obtuve más plata escribiendo trabajos diferentes sobre ambas novelas para mis flojos condiscípulos, que la que me deparaban las dupletas hípicas con las que recorría La Pastora en Caracas o Tarapío y Caprenco en Valencia de San Desiderio. Como pueden constatar, de ahí viene esta terca pasión por las palabras que tan sólo busca ensayar junto a ustedes una conversación sobre los autores que nos gratifican y honran en el juego bifronte del lenguaje. No nos caigamos a embustes: Soy un cronista mercenario de estos días sin dispensación, flaco de hambres y hambriento de amores como el protagonista de “Memorias de mis putas tristes”, una de sus novelas más simpáticas y enternecedoras. ¿Cómo no reencontrarme con García Márquez en el realismo poético de “Apuntes y congojas de una decadencia novelada en tres muertes” de Doña Ana Enriqueta Terán, o las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia recreadas por Billo, o ese homenaje vitalísimo de Rubén Blades y Seis del Solar que es “Agua de Luna”? Pese al terror compartido con Salvador Garmendia en cuanto a revisitar las páginas de las monstruosas novelas que cautivan la memoria, me resta abrevar en el río magnífico de “Cien Años de Soledad”, pues los condenados de la Tierra siempre forjan sus oportunidades de redención con maniático denuedo. No nos importan las lecturas descontextualizadas, escuálidas y reaccionarias de Diomedes Cordero y Héctor Espinoza que fracasan en escatimar la maestría del Gabo. Tampoco cuenta que “Las Venas Abiertas de América Latina” de Galeano aún aguarden a un lector desmemoriado como Barack Obama. Se reencuentran Roque Dalton y Danton en el despropósito converso y predatorio de sus asesinos.
Mi aversión por las teleculebras a lo Delia Fiallo no me alejó de Mayra Alejandra, por el contrario, excitó mi febril sensibilidad e inclinación por las guarichas, hembraje avasallador y pardo no mediatizado por la miopía misógina de Osmel Sousa y sus viles cómplices mediáticos. Sabotear esperpentos dramáticos como “Leonela” fue un oportuno pretexto para importunar al matriarcado amantísimo de mi casa, zanjando brechas generacionales y eludiendo el rigor de la correa o la chancleta airada. Sin embargo, el morbo patente en el tratamiento cursi del tema de la violación y el increíble ascenso social del violador, le imprimió un toque extraño y paradójico a las húmedas ensoñaciones eróticas de entonces: chupar los grandes pezones de bondadosas papayas, perderse en esos ojos negrísimos de muchacha broncínea. Nos simpatizaba más, por supuesto, la Carmen fogosa que encarnó en la película de Chalbaud, o la impúdica Barbarita agarrada del brazo de Cabrujas en la pista de un circo.
Estimado trío que se asomó a mi pubertad: ¡Buen Viaje, Familia! Sus cenizas se sumergirán en las aguas cálidas de los ríos, el bramar de las cataratas y la saudade que trae consigo las lluvias de mayo.
Sunday, April 12, 2015
PAÚL DEL RÍO Y LA BATALLA DE ARGEL. José Carlos De Nóbrega
PAÚL DEL RÍO Y LA BATALLA DE ARGEL
José Carlos De Nóbrega
A Gilberto Mora Muñoz, nuestro querido Comisario.
Paúl del Río (1943-2015), alias Máximo Canales, nos acaba de dejar por el momento atascados en estas calles donde Dios y el Diablo juegan una partida de ajedrez incesante. Es otro más de los nuestros, un antihéroe fabuloso y poco conocido que nos vincula a personajes como Rafael de Nogales Méndez, Arévalo Cedeño o el nica Abelardo Cuadra. Este egregio, de los mejores del pardaje nuestro, concilia la osadía rebelde, la solidaridad inquebrantable y el idealismo vivo con que se edifican los sueños. Ascendiendo los escalones sangrientos de “La Pirámide de Quetzalcóatl”, Pablo Antonio Cuadra remeda al represor aterrado “-Mirad- dijeron / allí duerme el soñador, / matémosle, / así veremos de qué le sirven sus sueños”. Sus aventuras guerrilleras no sólo retumbaron en Venezuela [el abordaje corsario del buque “Anzoátegui”, el secuestro del futbolista Alfredo Di Stéfano en Caracas y su participación en “El Porteñazo”], sino en países como Nicaragua donde acompañó al Frente Sur que colaboraría en el derrocamiento del último de los Somoza en 1979. Las operaciones de toma y secuestro, bajo la bandera revolucionaria del MIR originario y las FALN, se caracterizaron por su limpieza en la ejecución, la estridencia pública y mediática y, en especial, la ausencia de crueldad innecesaria. Nos recuerda gratamente a esa “Comuna en Alta Mar” que fue el asalto al trasatlántico portugués “Santa María” el 22 de enero de 1961: El disparate de Galvão, Soutomaior y Velo refundó su navío de locos como el “Santa Liberdade”, siendo el nombre quijotesco de la operación “Dulcinea”, al punto de poner de cabeza no sólo a las dictaduras de Franco y Salazar, sino también a la mismísima VI Flota norteamericana.
El gran personaje que es Máximo Canales, comandante guerrillero, se nos antoja pues una fusión del paladín subversivo y el gentilhombre mestizo que dignifica cualquier conversación de sobremesa. No en balde su estancia en sórdidas prisiones como el Cuartel San Carlos y la Cárcel Modelo, experiencia universal que lo emparenta con Miguel Hernández: “Un hombre que ha soñado con las aguas del mar, / y destroza sus alas como un rayo amarrado, / y estremece las rejas, y se clava los dientes / en los dientes del trueno”. Trocó la amargura del confinamiento por la curaduría del espacio estético, político e histórico que es el Cuartel San Carlos, oponiendo una denodada resistencia a los burócratas que desde siempre buscan ultrajar la memoria con sus adefesios arquitectónicos y discursivos. No resulta, pues, casual que el funcionarismo bancario abominara de una propuesta de epónimo para nuestra escuela del barrio en Valencia de San Desiderio, U.E. Jorge Rodríguez padre, para sustituirlo por otro ligado al conservadurismo local. Paradójicamente, el film “La Batalla de Argel” (1966) de Gillo Pontecorvo sirve de paradigma revolucionario que vindica la violencia como método de liberación de los pueblos y, al mismo tiempo, funciona como recurso audiovisual que explicita la represión burguesa como crueldad necesaria justificada en la campaña contrarrevolucionaria. El Capitalismo nos provee una de sus clásicas contradicciones: Convertir a los héroes de la Resistencia Francesa en un ejército imperialista de ocupación con el General Massu (el Coronel Mathieu de la película) fungiendo de Torturador Mayor. Por fortuna, surgen hombres como el argelino Yacef Saadi, el nicaragüense Carlos Fonseca y el internacionalista Paúl del Río para desgracia de la afectación pequeñoburguesa que se atraganta con las semillas de la patilla y sus babosadas.
Paúl del Río nos legó una obra plástica interesante y harto simpática que mixtura lo clásico y lo contemporáneo. Por ejemplo, el lienzo “Sueño de un obrero sobre fondo rojo” [forma parte de la colección del CELARG] conjuga la eficacia del cartel o mural con la belleza metafórica, simbólica y colorista que nos recuerda a Toulouse-Lautrec o Magritte. ¿Qué decir de la escultura “La Mano Mineral”, sobre cuya palma descansa una torre petrolera, como metáfora posible del desarrollo auténtico? Este artista figurativo de raza, con sus bailarinas en solemne reposo, sus mujeres noctámbulas acodadas en la musicalidad de la serenata, los magos aborígenes y los arlequines rojinegros, rescata la simplicidad de la línea y la inmediatez de los colores primarios que lo ponen a dialogar en la sabrosura con modernistas brasileños de la estatura de Emiliano di Cavalcanti y Vicente do Rêgo Monteiro. Bien lo dice el “Manifiesto de Poesía Palo-Brasil”: “El contrapeso de la originalidad nativa para inutilizar la adhesión académica”. La propuesta artística no es más que un discurso libertario y sin cortapisas. Valga como sugerencia, rogativa y homenaje la realización de una exposición antológica e itinerante de su obra plástica que comprende la caricatura, el dibujo, la pintura y la escultura.
Nos resta entonces crear una sala lúdica y polimórfica, a la manera de Purgatorio, donde vivos y muertos conversen plácidamente: Sus vasos comunicantes empalmarán el artículo sencillo y sentido de Julio Escalona; los textos narrativos de Nelson Guzmán en los que todos somos Palmiro Avilán multiplicado en Paúl del Río, Valdemar Guzmán, Bárbaro Rivas o Alfredo Marcano; los cuentos breves y astillados de Eduardo Sifontes y una muestra arbitraria pero solidaria del Decir Poético en lengua castellana: Hernández, Cuadra, Angulo, Salomón de la Selva o Roque Dalton. Esculpamos en relieve un texto de Pablo Antonio en tanto Epitafio esperanzador: “Sólo tú –guerrillero- con tu inquieta lealtad a los aires nativos / centinela desde el alba en las altas vigilias del ocote / guardarás para el canto esta historia perdida”. He aquí la encrucijada entre la mística y la revolución convertida en poesía morena, tocable y concreta.
José Carlos De Nóbrega
A Gilberto Mora Muñoz, nuestro querido Comisario.
Paúl del Río (1943-2015), alias Máximo Canales, nos acaba de dejar por el momento atascados en estas calles donde Dios y el Diablo juegan una partida de ajedrez incesante. Es otro más de los nuestros, un antihéroe fabuloso y poco conocido que nos vincula a personajes como Rafael de Nogales Méndez, Arévalo Cedeño o el nica Abelardo Cuadra. Este egregio, de los mejores del pardaje nuestro, concilia la osadía rebelde, la solidaridad inquebrantable y el idealismo vivo con que se edifican los sueños. Ascendiendo los escalones sangrientos de “La Pirámide de Quetzalcóatl”, Pablo Antonio Cuadra remeda al represor aterrado “-Mirad- dijeron / allí duerme el soñador, / matémosle, / así veremos de qué le sirven sus sueños”. Sus aventuras guerrilleras no sólo retumbaron en Venezuela [el abordaje corsario del buque “Anzoátegui”, el secuestro del futbolista Alfredo Di Stéfano en Caracas y su participación en “El Porteñazo”], sino en países como Nicaragua donde acompañó al Frente Sur que colaboraría en el derrocamiento del último de los Somoza en 1979. Las operaciones de toma y secuestro, bajo la bandera revolucionaria del MIR originario y las FALN, se caracterizaron por su limpieza en la ejecución, la estridencia pública y mediática y, en especial, la ausencia de crueldad innecesaria. Nos recuerda gratamente a esa “Comuna en Alta Mar” que fue el asalto al trasatlántico portugués “Santa María” el 22 de enero de 1961: El disparate de Galvão, Soutomaior y Velo refundó su navío de locos como el “Santa Liberdade”, siendo el nombre quijotesco de la operación “Dulcinea”, al punto de poner de cabeza no sólo a las dictaduras de Franco y Salazar, sino también a la mismísima VI Flota norteamericana.
El gran personaje que es Máximo Canales, comandante guerrillero, se nos antoja pues una fusión del paladín subversivo y el gentilhombre mestizo que dignifica cualquier conversación de sobremesa. No en balde su estancia en sórdidas prisiones como el Cuartel San Carlos y la Cárcel Modelo, experiencia universal que lo emparenta con Miguel Hernández: “Un hombre que ha soñado con las aguas del mar, / y destroza sus alas como un rayo amarrado, / y estremece las rejas, y se clava los dientes / en los dientes del trueno”. Trocó la amargura del confinamiento por la curaduría del espacio estético, político e histórico que es el Cuartel San Carlos, oponiendo una denodada resistencia a los burócratas que desde siempre buscan ultrajar la memoria con sus adefesios arquitectónicos y discursivos. No resulta, pues, casual que el funcionarismo bancario abominara de una propuesta de epónimo para nuestra escuela del barrio en Valencia de San Desiderio, U.E. Jorge Rodríguez padre, para sustituirlo por otro ligado al conservadurismo local. Paradójicamente, el film “La Batalla de Argel” (1966) de Gillo Pontecorvo sirve de paradigma revolucionario que vindica la violencia como método de liberación de los pueblos y, al mismo tiempo, funciona como recurso audiovisual que explicita la represión burguesa como crueldad necesaria justificada en la campaña contrarrevolucionaria. El Capitalismo nos provee una de sus clásicas contradicciones: Convertir a los héroes de la Resistencia Francesa en un ejército imperialista de ocupación con el General Massu (el Coronel Mathieu de la película) fungiendo de Torturador Mayor. Por fortuna, surgen hombres como el argelino Yacef Saadi, el nicaragüense Carlos Fonseca y el internacionalista Paúl del Río para desgracia de la afectación pequeñoburguesa que se atraganta con las semillas de la patilla y sus babosadas.
Paúl del Río nos legó una obra plástica interesante y harto simpática que mixtura lo clásico y lo contemporáneo. Por ejemplo, el lienzo “Sueño de un obrero sobre fondo rojo” [forma parte de la colección del CELARG] conjuga la eficacia del cartel o mural con la belleza metafórica, simbólica y colorista que nos recuerda a Toulouse-Lautrec o Magritte. ¿Qué decir de la escultura “La Mano Mineral”, sobre cuya palma descansa una torre petrolera, como metáfora posible del desarrollo auténtico? Este artista figurativo de raza, con sus bailarinas en solemne reposo, sus mujeres noctámbulas acodadas en la musicalidad de la serenata, los magos aborígenes y los arlequines rojinegros, rescata la simplicidad de la línea y la inmediatez de los colores primarios que lo ponen a dialogar en la sabrosura con modernistas brasileños de la estatura de Emiliano di Cavalcanti y Vicente do Rêgo Monteiro. Bien lo dice el “Manifiesto de Poesía Palo-Brasil”: “El contrapeso de la originalidad nativa para inutilizar la adhesión académica”. La propuesta artística no es más que un discurso libertario y sin cortapisas. Valga como sugerencia, rogativa y homenaje la realización de una exposición antológica e itinerante de su obra plástica que comprende la caricatura, el dibujo, la pintura y la escultura.
Nos resta entonces crear una sala lúdica y polimórfica, a la manera de Purgatorio, donde vivos y muertos conversen plácidamente: Sus vasos comunicantes empalmarán el artículo sencillo y sentido de Julio Escalona; los textos narrativos de Nelson Guzmán en los que todos somos Palmiro Avilán multiplicado en Paúl del Río, Valdemar Guzmán, Bárbaro Rivas o Alfredo Marcano; los cuentos breves y astillados de Eduardo Sifontes y una muestra arbitraria pero solidaria del Decir Poético en lengua castellana: Hernández, Cuadra, Angulo, Salomón de la Selva o Roque Dalton. Esculpamos en relieve un texto de Pablo Antonio en tanto Epitafio esperanzador: “Sólo tú –guerrillero- con tu inquieta lealtad a los aires nativos / centinela desde el alba en las altas vigilias del ocote / guardarás para el canto esta historia perdida”. He aquí la encrucijada entre la mística y la revolución convertida en poesía morena, tocable y concreta.
Sunday, April 05, 2015
LAS POESÍAS DE SANTA TERESA DE JESÚS. José Carlos De Nóbrega
LAS POESÍAS DE SANTA TERESA DE JESÚS
José Carlos De Nóbrega
A Monseñor Romero, en los 35 años de su martirio.
Santa Teresa de Jesús (1515-1582), sin aparente intencionalidad estética, incursionó en diversos géneros literarios: la poesía mística en prosa [Las Moradas] y en verso, el diario de viajes [Libro de las Fundaciones], la autobiografía [Libro de la Vida] y el ensayo [Conceptos del amor de Dios sobre algunas palabras de los Cantares de Salomón]. Nos identificamos con su obra literaria más allá de sus implicaciones religiosas, por supuesto, a contracorriente de la burocracia episcopal y de la Inquisición. Se abraza con fuerza al evangelio del amor predicado por Cristo que desdice al conservadurismo cardenalicio, la salvaguarda avara de las riquezas y su discurso de Poder. No creemos que sus “Poesías” sean parte de una obra menor, sino una humilde y deliciosa prolongación de sus libros capitales.
A propósito de su Quinto Centenario que se cumple el sábado 28 de marzo de 2015, es menester releer su obra y la de sus coetáneos San Juan de la Cruz y Fray Luis de León, en el reencuentro de la llama viva de su poesía y la militancia cristiana auténtica. La dulzura del habla mística y ferviente, afín a lo festivo, nos reivindica en la esterilidad y el doble discurso del episcopado venezolano que se oponen a Santa Teresa, voz paladina que sazona con la conversación cotidiana una propuesta poética del Decir. Valga como pretextos el diálogo ecuménico o la chirriante discusión que involucra a un budista del camino del diamante, un ateo y un anarco-teísta.
La poesía en verso de Santa Teresa de Jesús coquetea con la inefable experiencia mística y una épica cristiana comprometida. No sorprende que el estribillo persiga tanto la armonía musical como la recreación proverbial de las atmósferas propias del Amor que el Alma le tributa a Cristo, el esposo apetecido por el lenguaje llano. La oración constituye no sólo un acto de fe sino una instancia de celebración permanente. Se establece no sólo un diálogo con “El Cántico Espiritual” de San Juan de la Cruz y, por ende, con el “Cantar de los Cantares” de Salomón, sino también con las raíces mismas de la literatura española: las jarchas mozárabes, su arista lírica. En “Vivo sin vivir en mí”, el juego lúdico del barroco se nos muestra complejo, revelador y paradójico en correspondencia con el idilio provisto por la inteligencia mística: “Vivo ya fuera de mí, / después que muero de amor, / porque vivo en el Señor, / que me quiso para sí: / cuando el corazón le di / puso en él este letrero, / que muero porque no muero”. La poeta también apuesta con una simplicidad sin par por himnos militantes como “Hacia la Patria” o “Abrazadas a la Cruz”, este último de un tenor marcial que emparenta a las Carmelitas Descalzas con la Orden Jesuita, ello en la esencia combativa de la Contrarreforma. La Trova sorprendente se pasea por la recreación balbuceante del éxtasis místico patente en Las Moradas [cuyo Castillo interiorizado nos remite a Sade y a Kafka], los villancicos [Pastores que veláis y Al Nacimiento de Jesús], las canciones emblemáticas de la orden carmelita y, en especial, el coloquio amoroso entre Santa Teresa y San Juan de la Cruz.
“Ayes del destierro” es una endecha conmovedora, cuya cadencia y saudade vinculan la anécdota terrena o peripatética y el éxtasis en Amor místico superlativo, lo que traducido en voz de San Juan de la Cruz es ‘adamar’ o amar mucho. El destierro es sinónimo de la desadaptación al medio, lo cual trae consigo la disconformidad de la voz poética que se encarnará luego en el Quijote de Cervantes o el Nazarín de la dupla Pérez Galdós-Buñuel: “¿Quién es el que teme / la muerte del cuerpo, / si con ella logra / un placer inmenso?”. La fusión incendiaria de Dios y el alma, a la luz de la poesía de todos los tiempos, recurre al orgasmo sexual como una analogía aproximativa a la anulación del ego. Coincidiendo con Auden, el éxtasis místico y el amor erótico no son idénticos. Por supuesto, leer la sensualidad de la escultura de Bernini con ojos caníbales, nos conduce al estremecimiento revulsivo y concupiscente. Santa Teresa no sólo sufrió el acoso inquisitorial y la incomprensión de la nomenclatura católica, sino incluso la intermediación de pésimos correctores y censores [es el caso del padre Gracián, cuyos yerros fueron revertidos por Fray Luis de León en una cuidadosa edición de Las Moradas].
Encontramos dos curiosos textos poéticos dedicados a la circuncisión con su sangre vertida y su llanto infantil derramado al punto: El ritual terrorista que sacude la condición de pecado desde el inicio, al cual se contrapone el amor maternal. El habla se convierte en una contra o un mantra que provee un bálsamo amoroso: “¿Tú no lo has mirado, / que es niño inocente? / -Ya me lo han contado Brasillo y Llorente. / Gran inconveniente / será no amarle, / ¡Dominguillo, eh!”; o la simbología inmanente en el rito que simula a su vez las calamidades de la existencia: “Vino del cielo a la tierra / para quitar nuestra guerra; / ya comienza la pelea, / su sangre se está derramando. / Mírale, Gil, que te está llamando”. Parafraseando la apología de Fray Luis de León, la poesía de Santa Teresa compone asombrosas y ardientes canciones de Amor con la elegancia y la inmediatez del habla castellana del siglo XVI. Responde decidida y obcecadamente a la frase “No está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho”, eso sí, en la contradicción que implica la dispersión atormentada del alma, la cual coincidió con el desmembramiento de su propio cuerpo (al igual que el de su amigo San Juan de la Cruz) a merced de los fines inconfesables de los mercaderes de reliquias y fetiches religiosos. A nuestros poetas místicos hay que leerlos en Carnavales que excitan más que la Cuaresma.
José Carlos De Nóbrega
A Monseñor Romero, en los 35 años de su martirio.
Santa Teresa de Jesús (1515-1582), sin aparente intencionalidad estética, incursionó en diversos géneros literarios: la poesía mística en prosa [Las Moradas] y en verso, el diario de viajes [Libro de las Fundaciones], la autobiografía [Libro de la Vida] y el ensayo [Conceptos del amor de Dios sobre algunas palabras de los Cantares de Salomón]. Nos identificamos con su obra literaria más allá de sus implicaciones religiosas, por supuesto, a contracorriente de la burocracia episcopal y de la Inquisición. Se abraza con fuerza al evangelio del amor predicado por Cristo que desdice al conservadurismo cardenalicio, la salvaguarda avara de las riquezas y su discurso de Poder. No creemos que sus “Poesías” sean parte de una obra menor, sino una humilde y deliciosa prolongación de sus libros capitales.
A propósito de su Quinto Centenario que se cumple el sábado 28 de marzo de 2015, es menester releer su obra y la de sus coetáneos San Juan de la Cruz y Fray Luis de León, en el reencuentro de la llama viva de su poesía y la militancia cristiana auténtica. La dulzura del habla mística y ferviente, afín a lo festivo, nos reivindica en la esterilidad y el doble discurso del episcopado venezolano que se oponen a Santa Teresa, voz paladina que sazona con la conversación cotidiana una propuesta poética del Decir. Valga como pretextos el diálogo ecuménico o la chirriante discusión que involucra a un budista del camino del diamante, un ateo y un anarco-teísta.
La poesía en verso de Santa Teresa de Jesús coquetea con la inefable experiencia mística y una épica cristiana comprometida. No sorprende que el estribillo persiga tanto la armonía musical como la recreación proverbial de las atmósferas propias del Amor que el Alma le tributa a Cristo, el esposo apetecido por el lenguaje llano. La oración constituye no sólo un acto de fe sino una instancia de celebración permanente. Se establece no sólo un diálogo con “El Cántico Espiritual” de San Juan de la Cruz y, por ende, con el “Cantar de los Cantares” de Salomón, sino también con las raíces mismas de la literatura española: las jarchas mozárabes, su arista lírica. En “Vivo sin vivir en mí”, el juego lúdico del barroco se nos muestra complejo, revelador y paradójico en correspondencia con el idilio provisto por la inteligencia mística: “Vivo ya fuera de mí, / después que muero de amor, / porque vivo en el Señor, / que me quiso para sí: / cuando el corazón le di / puso en él este letrero, / que muero porque no muero”. La poeta también apuesta con una simplicidad sin par por himnos militantes como “Hacia la Patria” o “Abrazadas a la Cruz”, este último de un tenor marcial que emparenta a las Carmelitas Descalzas con la Orden Jesuita, ello en la esencia combativa de la Contrarreforma. La Trova sorprendente se pasea por la recreación balbuceante del éxtasis místico patente en Las Moradas [cuyo Castillo interiorizado nos remite a Sade y a Kafka], los villancicos [Pastores que veláis y Al Nacimiento de Jesús], las canciones emblemáticas de la orden carmelita y, en especial, el coloquio amoroso entre Santa Teresa y San Juan de la Cruz.
“Ayes del destierro” es una endecha conmovedora, cuya cadencia y saudade vinculan la anécdota terrena o peripatética y el éxtasis en Amor místico superlativo, lo que traducido en voz de San Juan de la Cruz es ‘adamar’ o amar mucho. El destierro es sinónimo de la desadaptación al medio, lo cual trae consigo la disconformidad de la voz poética que se encarnará luego en el Quijote de Cervantes o el Nazarín de la dupla Pérez Galdós-Buñuel: “¿Quién es el que teme / la muerte del cuerpo, / si con ella logra / un placer inmenso?”. La fusión incendiaria de Dios y el alma, a la luz de la poesía de todos los tiempos, recurre al orgasmo sexual como una analogía aproximativa a la anulación del ego. Coincidiendo con Auden, el éxtasis místico y el amor erótico no son idénticos. Por supuesto, leer la sensualidad de la escultura de Bernini con ojos caníbales, nos conduce al estremecimiento revulsivo y concupiscente. Santa Teresa no sólo sufrió el acoso inquisitorial y la incomprensión de la nomenclatura católica, sino incluso la intermediación de pésimos correctores y censores [es el caso del padre Gracián, cuyos yerros fueron revertidos por Fray Luis de León en una cuidadosa edición de Las Moradas].
Encontramos dos curiosos textos poéticos dedicados a la circuncisión con su sangre vertida y su llanto infantil derramado al punto: El ritual terrorista que sacude la condición de pecado desde el inicio, al cual se contrapone el amor maternal. El habla se convierte en una contra o un mantra que provee un bálsamo amoroso: “¿Tú no lo has mirado, / que es niño inocente? / -Ya me lo han contado Brasillo y Llorente. / Gran inconveniente / será no amarle, / ¡Dominguillo, eh!”; o la simbología inmanente en el rito que simula a su vez las calamidades de la existencia: “Vino del cielo a la tierra / para quitar nuestra guerra; / ya comienza la pelea, / su sangre se está derramando. / Mírale, Gil, que te está llamando”. Parafraseando la apología de Fray Luis de León, la poesía de Santa Teresa compone asombrosas y ardientes canciones de Amor con la elegancia y la inmediatez del habla castellana del siglo XVI. Responde decidida y obcecadamente a la frase “No está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho”, eso sí, en la contradicción que implica la dispersión atormentada del alma, la cual coincidió con el desmembramiento de su propio cuerpo (al igual que el de su amigo San Juan de la Cruz) a merced de los fines inconfesables de los mercaderes de reliquias y fetiches religiosos. A nuestros poetas místicos hay que leerlos en Carnavales que excitan más que la Cuaresma.
Tuesday, March 31, 2015
EL MALESTAR DE MI ESCUELA. José Carlos De Nóbrega
EL MALESTAR DE MI ESCUELA
José Carlos De Nóbrega
“Pastiche Criollo a la manera de Ambrose Bierce”, dedicado a todos mis alumnos.
Mi liceo se encuentra ubicado en una barriada del sur de Valencia de San Desiderio, a la buena de Dios y el Diablo, olvidada por los gobernantes de medio pelo y los burócratas indolentes de siempre. Pareciera más bien una ficción funcional y educativa propia de la acumulación histórica del desvarío y el despropósito de la nación. Si bien la letra y el espíritu de la Ley (CRBV, LOE y LOPNNA) pretenden colocar a la muchachada como centro de atención (programas de inclusión mediante), la mezquina y bancaria práctica de la pedagogía les excluye con desprecio e impunidad. Se ha constituido una sociedad de cómplices –a contracorriente de maestros como Simón Rodríguez y Prieto Figueroa- que se solaza con horarios a la carta y sesiones de clase a media gallina, pues priva un espíritu opuesto a la bella Colmena comunitaria: Pasean rencores, frustraciones y complejos que convierten el aula en una sala de torturas anclada en la más vil rutina. A estos autómatas pequeñoburgueses les aterra codearse con su prójimo adolescente de a pie, vallenato y reggaetón, pues la Universidad Autónoma –a la cual se le quemaron los fusibles- les incrustó en la cabeza vacía y el mísero corazón la discriminación clasista e incluso racista. Se hacen llamar “colectivo”, cuando sólo cada quien acredita y tributa a su insulso ego, eso sí, en una comparsa macabra que se encamina día a día al desbarrancadero. La alienación de educadores, educandos y funcionarios vacía de significado vivo cualquier auditoría académica y administrativa, o –peor aún- la tan ansiada y necesaria contraloría social.
Está en el “Diccionario del Diablo” el significado de la palabra “Educación, s. Lo que revela al sabio y esconde al necio su falta de comprensión”. Mi escuela es una familia disfuncional que se encuentra estancada en una disputa absurda e incomprensible por el Poder: Un sector accidental de colegas ha acorralado a la directiva sin argumentación política (maquiavélica o no) ni pedagógica que nos explique este desmadre. ¿Se trata de dar un golpe de estado o de proveerse de tontos útiles proclives a un clima bochinchero? Unos y otros se extravían y aturden en la gritería histérica de insultos mutuos. Bien lo diagnostica Carlos Fuentes en un asombroso libro de cuentos del 2006: “Yo vengo de una familia en la que cada miembro dañaba de algún modo a los demás. Luego, arrepentidos, cada uno se dañaba a sí mismo”. En esta operación de división organizacional sin cociente, sólo tenemos el resto o residuo: los docentes, los alumnos y los representantes preocupados naufragan en una marea artificial y envilecedora. Se nos parece a la película “Ensayo de Orquesta” (1978) de Federico Fellini: Los experimentos de cogobierno comunal o gestión tecnocrática mal asimilados, nos conducen a la figura autoritaria del director musical, académico, administrativo o político so pena que el edificio nos caiga encima.
No hay interés pedagógico ni afectivo por la calidad educativa, pues se trata de la instrucción mediocre de los extraños y no de la formación integral de los hijos propios. La anomalía no puede achacarse al despropósito del cínico –pues el cinismo implica un ejercicio de alta y perversa inteligencia-, sino a la estrechez de corazón y a la falta de talento común en el docente bancario retratado magistralmente por Paulo Freire: “El educador se enfrenta a los educandos como su antinomia necesaria. Reconoce la razón de su existencia en la absolutización de la ignorancia de estos últimos”. De aquí se reproduce con creces la esclavitud asalariada que va del uno al otro, por supuesto, enclavada en la negación del diálogo educativo como acto de liberación.
Es notoria una paráfrasis bíblica de la Parábola de los Tres Talentos (Mateo 25:14-30): El maestro malvado y negligente no multiplica el talento, por el contrario, lo esconde en la tierra para esterilizarlo sin piedad. Ni una suspensión abrupta de las clases ni sus causas escandalosas lo conmueven un ápice, pues ahogado en la arrogancia se queja de que le “hicieron perder el viaje” o, ¡maldición!, no le permitieron encabalgar el horario. O cuando ante las protestas tímidas de las madres del barrio nuestro de cada bicentenario, alega que también tiene “otra vida privada” de la cual ocuparse en el horario laboral [síntoma notorio del ser escindido y alienado que asoma una cara dura]. Hay otros casos más patéticos, los que transmiten conocimientos insípidos como si vendieran helados baratos de colores y sabores artificiales en la calurosa tarde. Del torrente magisterial desparramado en la patria, reflejo del sindicalismo espurio de tirios y troyanos, preferimos no llover sobre mojado.
Sin embargo, el pardaje libertario abunda en sus amorosas íes latinas, maestras voluntariosas y comprometidas; en la picaresca revoltosa de la muchachada despierta y emprendedora; en los piqueteros y trabajadores dignificados en la auténtica lectura que concilia lo político y lo estético, lo culto y lo popular; y, mejor aún, en los colectivos transformados en los héroes de nuevo cuño que persisten en la unión por la liberación y se oponen al poder vertical que divide para reinar. Esperanza que se edifica en el ejercicio libre de la palabra y la ciudadanía que hace trizas la retórica hueca de las ideologías, opresoras en su esencia dañina. Reivindicamos entonces la prudencia de la razón y el optimismo de la voluntad creadora, tal como nos lo plantea Gramsci.
José Carlos De Nóbrega
“Pastiche Criollo a la manera de Ambrose Bierce”, dedicado a todos mis alumnos.
Mi liceo se encuentra ubicado en una barriada del sur de Valencia de San Desiderio, a la buena de Dios y el Diablo, olvidada por los gobernantes de medio pelo y los burócratas indolentes de siempre. Pareciera más bien una ficción funcional y educativa propia de la acumulación histórica del desvarío y el despropósito de la nación. Si bien la letra y el espíritu de la Ley (CRBV, LOE y LOPNNA) pretenden colocar a la muchachada como centro de atención (programas de inclusión mediante), la mezquina y bancaria práctica de la pedagogía les excluye con desprecio e impunidad. Se ha constituido una sociedad de cómplices –a contracorriente de maestros como Simón Rodríguez y Prieto Figueroa- que se solaza con horarios a la carta y sesiones de clase a media gallina, pues priva un espíritu opuesto a la bella Colmena comunitaria: Pasean rencores, frustraciones y complejos que convierten el aula en una sala de torturas anclada en la más vil rutina. A estos autómatas pequeñoburgueses les aterra codearse con su prójimo adolescente de a pie, vallenato y reggaetón, pues la Universidad Autónoma –a la cual se le quemaron los fusibles- les incrustó en la cabeza vacía y el mísero corazón la discriminación clasista e incluso racista. Se hacen llamar “colectivo”, cuando sólo cada quien acredita y tributa a su insulso ego, eso sí, en una comparsa macabra que se encamina día a día al desbarrancadero. La alienación de educadores, educandos y funcionarios vacía de significado vivo cualquier auditoría académica y administrativa, o –peor aún- la tan ansiada y necesaria contraloría social.
Está en el “Diccionario del Diablo” el significado de la palabra “Educación, s. Lo que revela al sabio y esconde al necio su falta de comprensión”. Mi escuela es una familia disfuncional que se encuentra estancada en una disputa absurda e incomprensible por el Poder: Un sector accidental de colegas ha acorralado a la directiva sin argumentación política (maquiavélica o no) ni pedagógica que nos explique este desmadre. ¿Se trata de dar un golpe de estado o de proveerse de tontos útiles proclives a un clima bochinchero? Unos y otros se extravían y aturden en la gritería histérica de insultos mutuos. Bien lo diagnostica Carlos Fuentes en un asombroso libro de cuentos del 2006: “Yo vengo de una familia en la que cada miembro dañaba de algún modo a los demás. Luego, arrepentidos, cada uno se dañaba a sí mismo”. En esta operación de división organizacional sin cociente, sólo tenemos el resto o residuo: los docentes, los alumnos y los representantes preocupados naufragan en una marea artificial y envilecedora. Se nos parece a la película “Ensayo de Orquesta” (1978) de Federico Fellini: Los experimentos de cogobierno comunal o gestión tecnocrática mal asimilados, nos conducen a la figura autoritaria del director musical, académico, administrativo o político so pena que el edificio nos caiga encima.
No hay interés pedagógico ni afectivo por la calidad educativa, pues se trata de la instrucción mediocre de los extraños y no de la formación integral de los hijos propios. La anomalía no puede achacarse al despropósito del cínico –pues el cinismo implica un ejercicio de alta y perversa inteligencia-, sino a la estrechez de corazón y a la falta de talento común en el docente bancario retratado magistralmente por Paulo Freire: “El educador se enfrenta a los educandos como su antinomia necesaria. Reconoce la razón de su existencia en la absolutización de la ignorancia de estos últimos”. De aquí se reproduce con creces la esclavitud asalariada que va del uno al otro, por supuesto, enclavada en la negación del diálogo educativo como acto de liberación.
Es notoria una paráfrasis bíblica de la Parábola de los Tres Talentos (Mateo 25:14-30): El maestro malvado y negligente no multiplica el talento, por el contrario, lo esconde en la tierra para esterilizarlo sin piedad. Ni una suspensión abrupta de las clases ni sus causas escandalosas lo conmueven un ápice, pues ahogado en la arrogancia se queja de que le “hicieron perder el viaje” o, ¡maldición!, no le permitieron encabalgar el horario. O cuando ante las protestas tímidas de las madres del barrio nuestro de cada bicentenario, alega que también tiene “otra vida privada” de la cual ocuparse en el horario laboral [síntoma notorio del ser escindido y alienado que asoma una cara dura]. Hay otros casos más patéticos, los que transmiten conocimientos insípidos como si vendieran helados baratos de colores y sabores artificiales en la calurosa tarde. Del torrente magisterial desparramado en la patria, reflejo del sindicalismo espurio de tirios y troyanos, preferimos no llover sobre mojado.
Sin embargo, el pardaje libertario abunda en sus amorosas íes latinas, maestras voluntariosas y comprometidas; en la picaresca revoltosa de la muchachada despierta y emprendedora; en los piqueteros y trabajadores dignificados en la auténtica lectura que concilia lo político y lo estético, lo culto y lo popular; y, mejor aún, en los colectivos transformados en los héroes de nuevo cuño que persisten en la unión por la liberación y se oponen al poder vertical que divide para reinar. Esperanza que se edifica en el ejercicio libre de la palabra y la ciudadanía que hace trizas la retórica hueca de las ideologías, opresoras en su esencia dañina. Reivindicamos entonces la prudencia de la razón y el optimismo de la voluntad creadora, tal como nos lo plantea Gramsci.
APOLOGÍA A UNA JAURÍA JUBILOSA. José Carlos De Nóbrega
APOLOGÍA A UNA JAURÍA JUBILOSA
José Carlos De Nóbrega
He aquí una compilación festiva, crítica y dialógica sobre nuestra poesía más reciente. Efectivamente, las memorias de este “1er. Coloquio sobre Poesía Venezolana Contemporánea. Poesía y poéticas de autores nacidos a partir de 1970” [2014], editadas por la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, si bien no niegan el auténtico espíritu inquisitivo de la Academia, propenden a una conversación placentera y atenta sobre la obra de nuestros poetas más jóvenes. El lector se sentirá al punto contento y reivindicado, no sólo por el abordaje diverso y dinámico del trabajo poético de Caneo Arguinzones (1987-2014), Luis Enrique Belmonte (1971), Paola Sabogal (1981), Kattia Piñango (1975), Joel Rojas Carrillo (1973), Freddy Ñáñez (1976), Luis Ernesto Gómez (1977), Julio César Borromé (1972), Ximena Benítez (1974) y José Javier Sánchez (1970), además del Catálogo de poetas chavistas bajo la curaduría políticamente incorrecta de Diego Sequera; sino también por el concierto ensayístico plural e intergeneracional que trae consigo e implica sus virtudes ajenas a las fútiles pretensiones de voces autorizadas: el discurso crítico es igualmente diverso, como corresponde a una muestra contingente y lúdica del ensayo actual en Venezuela. En este caso, tenemos las aproximaciones de Mariajosé Escobar, María Fernanda Toro, Diego Sequera, Marco Aurelio Rodríguez, José Javier Sánchez, William Torrealba, Isaías Cañizález Ángel, Nelson Guzmán, José Carlos De Nóbrega, Luis Ernesto Gómez y Jesús Ernesto Parra. Esta docena de textos críticos comprenden la reseña académica y ensayística, el ensayo libre, el prólogo e incluso la presentación vivaz y respetuosa de libros. Se trata de celebrar la obra de los poetas más jóvenes del país, sin las ataduras artificiales a las etiquetas academicistas, ideológicas, mercantiles, afectivas o repulsivas que perviertan la consideración auténtica de nuestra literatura. Como lo hemos conversado en otras circunstancias, la mirada crítica no puede fracasar en el mezquino compartimiento estanco del directorio telefónico o electrónico de complicidades inconfesables; por el contrario, ha de confrontarse dialécticamente con el hecho de que la literatura venezolana, en el contexto continental y universal, deviene a la par y a contracorriente de nuestro accidentado proceso histórico, dando saltos frenéticos y asimétricos que es necesario puntualizar.
A tal respecto, la Casa Bello constituye un ámbito propicio para tan trascendental y urgente empresa. Esta colección que comenta con solidaridad, audacia y rigor a la nueva poesía venezolana, se suma y glosa a conjuntos antológicos que la compendian tales como Amanecieron de Bala. Panorama actual de la joven poesía venezolana (2007, Fundación Editorial el perro y la rana) y el número 153 de la revista Poesía (Enero-Junio de 2011, Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo), no obstante las coincidencias y las diferencias atinentes al inventario mismo y a la metodología que apareja cada compilación. Destacamos que nuestra casa latinoamericana apuesta con denuedo y vitalidad por un espíritu comunitario, libertario y participativo. Acompañamos al poeta William Osuna en la distribución intelectual, orgánica y lírica de la Casa que fundó Andrés Bello, pues Vivir en comuna es tener memoria histórica compartida desde la integración de la cultura. Las labores del poeta, el gramático y el filólogo se encuentran reñidas con una patología parapolicial y punitiva que esteriliza la lengua. Supone la superación revolucionaria de la fragmentación malsana y burguesa del conocimiento científico, humanístico y artístico, en oposición a un proceso de globalización insincero que transgrede lo universal. La vinculación de lo culto y lo popular es un síntoma inevitable de este obstinado vicio de decir, valga la cita a Belmonte, que padecemos y disfrutamos con sumo apetito. Por ejemplo, la revista digital La Comuna de Bello no discierne, ni solapa, mucho menos invisibiliza la oralidad rural y urbana que se incrusta en el discurso lírico de nuestras grandes voces: desde Ramón Palomares hasta los poetas contemporáneos brasileños como Drummond de Andrade y Manuel Bandeira. Asimismo, lo verificamos en la organización, realización y puesta en escena de nuestro Festival Mundial de Poesía. Sólo se configura la unicidad de la Colmena en la salvaje multiplicidad del enjambre.
Afortunadamente, con la venia de Dios y el Diablo, los poemas y los comentarios se cuecen y respiran en un suculento sancocho o cruzao propiciatorio que dignifica la lengua y la escritura de los venezolanos y los latinoamericanos por igual. Desde la irreverencia estética y política de Diego Sequera; encaminando al arrebatado lector en la ciudad por obra y gracia de la prosa rumbera y callejera de José Javier Sánchez; hasta la precisión crítica y la transparencia expresiva de María Fernanda Toro que, sumadas a los aportes personales de Isaías Cañizález Ángel y Daniel Molina, configuran una curiosa y enriquecedora conversación que nos acerca a Luis Enrique Belmonte. ¿Qué decir del diálogo apolíneo y dionisíaco que sostienen Nelson Guzmán y Freddy Ñáñez, dos de nuestros creadores más apreciados y comprometidos, más allá de los equívocos ideológicos y estéticos? Les encomendamos también solazarse en la danza transgenérica, deliciosamente objetual y asombrosa que Luis Ernesto Gómez realiza a plenitud con el muy tocable corpus poético de Ximena Benítez.
Finalmente, Susan Sontag nos convoca a apostar por una “erótica del arte”, ésta es la vindicación de la crítica libre que concilia lo culto y lo popular sin ataduras profesorales ni ideológicas. ¡Abajo el bienestar pequeñoburgués que desencamina la vida de los hombres!
José Carlos De Nóbrega
He aquí una compilación festiva, crítica y dialógica sobre nuestra poesía más reciente. Efectivamente, las memorias de este “1er. Coloquio sobre Poesía Venezolana Contemporánea. Poesía y poéticas de autores nacidos a partir de 1970” [2014], editadas por la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, si bien no niegan el auténtico espíritu inquisitivo de la Academia, propenden a una conversación placentera y atenta sobre la obra de nuestros poetas más jóvenes. El lector se sentirá al punto contento y reivindicado, no sólo por el abordaje diverso y dinámico del trabajo poético de Caneo Arguinzones (1987-2014), Luis Enrique Belmonte (1971), Paola Sabogal (1981), Kattia Piñango (1975), Joel Rojas Carrillo (1973), Freddy Ñáñez (1976), Luis Ernesto Gómez (1977), Julio César Borromé (1972), Ximena Benítez (1974) y José Javier Sánchez (1970), además del Catálogo de poetas chavistas bajo la curaduría políticamente incorrecta de Diego Sequera; sino también por el concierto ensayístico plural e intergeneracional que trae consigo e implica sus virtudes ajenas a las fútiles pretensiones de voces autorizadas: el discurso crítico es igualmente diverso, como corresponde a una muestra contingente y lúdica del ensayo actual en Venezuela. En este caso, tenemos las aproximaciones de Mariajosé Escobar, María Fernanda Toro, Diego Sequera, Marco Aurelio Rodríguez, José Javier Sánchez, William Torrealba, Isaías Cañizález Ángel, Nelson Guzmán, José Carlos De Nóbrega, Luis Ernesto Gómez y Jesús Ernesto Parra. Esta docena de textos críticos comprenden la reseña académica y ensayística, el ensayo libre, el prólogo e incluso la presentación vivaz y respetuosa de libros. Se trata de celebrar la obra de los poetas más jóvenes del país, sin las ataduras artificiales a las etiquetas academicistas, ideológicas, mercantiles, afectivas o repulsivas que perviertan la consideración auténtica de nuestra literatura. Como lo hemos conversado en otras circunstancias, la mirada crítica no puede fracasar en el mezquino compartimiento estanco del directorio telefónico o electrónico de complicidades inconfesables; por el contrario, ha de confrontarse dialécticamente con el hecho de que la literatura venezolana, en el contexto continental y universal, deviene a la par y a contracorriente de nuestro accidentado proceso histórico, dando saltos frenéticos y asimétricos que es necesario puntualizar.
A tal respecto, la Casa Bello constituye un ámbito propicio para tan trascendental y urgente empresa. Esta colección que comenta con solidaridad, audacia y rigor a la nueva poesía venezolana, se suma y glosa a conjuntos antológicos que la compendian tales como Amanecieron de Bala. Panorama actual de la joven poesía venezolana (2007, Fundación Editorial el perro y la rana) y el número 153 de la revista Poesía (Enero-Junio de 2011, Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo), no obstante las coincidencias y las diferencias atinentes al inventario mismo y a la metodología que apareja cada compilación. Destacamos que nuestra casa latinoamericana apuesta con denuedo y vitalidad por un espíritu comunitario, libertario y participativo. Acompañamos al poeta William Osuna en la distribución intelectual, orgánica y lírica de la Casa que fundó Andrés Bello, pues Vivir en comuna es tener memoria histórica compartida desde la integración de la cultura. Las labores del poeta, el gramático y el filólogo se encuentran reñidas con una patología parapolicial y punitiva que esteriliza la lengua. Supone la superación revolucionaria de la fragmentación malsana y burguesa del conocimiento científico, humanístico y artístico, en oposición a un proceso de globalización insincero que transgrede lo universal. La vinculación de lo culto y lo popular es un síntoma inevitable de este obstinado vicio de decir, valga la cita a Belmonte, que padecemos y disfrutamos con sumo apetito. Por ejemplo, la revista digital La Comuna de Bello no discierne, ni solapa, mucho menos invisibiliza la oralidad rural y urbana que se incrusta en el discurso lírico de nuestras grandes voces: desde Ramón Palomares hasta los poetas contemporáneos brasileños como Drummond de Andrade y Manuel Bandeira. Asimismo, lo verificamos en la organización, realización y puesta en escena de nuestro Festival Mundial de Poesía. Sólo se configura la unicidad de la Colmena en la salvaje multiplicidad del enjambre.
Afortunadamente, con la venia de Dios y el Diablo, los poemas y los comentarios se cuecen y respiran en un suculento sancocho o cruzao propiciatorio que dignifica la lengua y la escritura de los venezolanos y los latinoamericanos por igual. Desde la irreverencia estética y política de Diego Sequera; encaminando al arrebatado lector en la ciudad por obra y gracia de la prosa rumbera y callejera de José Javier Sánchez; hasta la precisión crítica y la transparencia expresiva de María Fernanda Toro que, sumadas a los aportes personales de Isaías Cañizález Ángel y Daniel Molina, configuran una curiosa y enriquecedora conversación que nos acerca a Luis Enrique Belmonte. ¿Qué decir del diálogo apolíneo y dionisíaco que sostienen Nelson Guzmán y Freddy Ñáñez, dos de nuestros creadores más apreciados y comprometidos, más allá de los equívocos ideológicos y estéticos? Les encomendamos también solazarse en la danza transgenérica, deliciosamente objetual y asombrosa que Luis Ernesto Gómez realiza a plenitud con el muy tocable corpus poético de Ximena Benítez.
Finalmente, Susan Sontag nos convoca a apostar por una “erótica del arte”, ésta es la vindicación de la crítica libre que concilia lo culto y lo popular sin ataduras profesorales ni ideológicas. ¡Abajo el bienestar pequeñoburgués que desencamina la vida de los hombres!
LAS CELESTIALES: UN ESTIMADO LIBRO CINCUENTENARIO. José Carlos De Nóbrega
LAS CELESTIALES: UN ESTIMADO LIBRO CINCUENTENARIO
José Carlos De Nóbrega
"El padre parecía una capitular de oro; yo, junto a él, una insignificante minúscula impresa en tinta roja". José Rubén Romero: La Vida inútil de Pito Pérez.
La agudeza literaria de Miguel Otero Silva se exhibe sin freno en dos de sus obras más disímiles entre sí: Tenemos la incendiaria parodia del discurso católico que es “Las Celestiales”, con sus Santos asaeteados por la picante lengua popular, y la aproximación poética a la figura de Jesucristo vertida en el texto novelístico de “La piedra que era Cristo” (no podemos olvidar el impactante monólogo de la cabeza cortada de Juan el Bautista que escarnece la banalidad impía del rey Herodes). Ambos textos no sólo refieren el espíritu rojo y ateo de su autor (rebatido hoy por el insulso desencanto burgués de su hijo, Miguel Henrique, pésimo editor y peor editorialista del diario El Nacional), sino el apetito descarado del escritor por desmontar los discursos autorizados que sustentan el Poder vertical, mezquino y usurero que tritura sin clemencia a las mayorías. La literatura acomete la labor profética de promover e instaurar a como dé lugar la justicia social. Ya lo manifiesta ese vagabundo y borracho de Pito Pérez: “¡Pobre de los pobres! Yo les aconsejo que respeten siempre la ley, y que la cumplan, pero que se orinen en sus representantes”. Por supuesto, la ley hecha carne en la lucha revolucionaria de a de veras, no la propuesta por los grandes laboratorios de la propaganda periodística, historiográfica e ideológica que pretenden pervertirla y envilecerla.
El discurso diabólico, como ocurre con el habla salvaje y primaria de los niños y los locos, es un recurso insoslayable para atacar y poner en evidencia la fragilidad y la corrupción de un orden de cosas bizarro que ha invadido a los templos y las academias: La política de ultratumba, con sus cielos de algodón y sus infiernos carbonizados –no entendemos aún por qué la burocracia eclesiástica nos quita la sala de espera que es el purgatorio-, engorda las finanzas vaticanas y protestantes, amén de proveer de carne fresca a curas y obispos pedófilos; nuestras universidades autónomas, experimentales y privadas coinciden en la tercerización laboral de docentes y empleados y la cosificación del conocimiento a expensas de los intereses de grupos de poder. La Iglesia está penetrada por la politiquería más árida, en tanto que las academias son el detritus de organizaciones religiosas que hacen acólitos con su verborrea terrorista y macabra. Es justa y necesaria la lucidez satánica para ir a contracorriente del imperio de la lasitud vital.
Este gran rosario inverso titulado “Las Celestiales”, integrado por 25 coplas picantísimas y prevaricadoras, tuvo dos ediciones: la primera de 1965, firmada con el pseudónimo doble de Iñaki de Errandonea (alias Miguel Otero Silva), Sacerdote Jesuita, como compilador y comentarista, además de Fray Joseba Escucarreta (alias Pedro León Zapata), S.J., en tanto ilustrador que caricaturiza a santos y mártires. Fue una bomba que estalló simultáneamente en la meritita cara de la histérica feligresía y en las barbas remojadas de la anquilosada jerarquía católica. Valga la desaprobación del Cardenal José Humberto Quintero: No está de sobra advertir que ese libro, en el que a drede se ataca a la Religión y a las buenas costumbres y se hace mofa de los santos, se halla por ello mismo comprendido en la publicación del canon 1.399 del Código de Derecho Canónico. La segunda edición data de 1974, Ediciones de José Agustín Catalá, la cual agrega un prefacio de Miguel Otero Silva en carne y hueso que simula una apología exquisita de tan vituperado texto diabólico. Las Celestiales constituye un ejercicio transgenérico a la par de referentes notables como Borges, Bioy Casares e incluso Héctor Murena: La copla, destacada en negritas y caracteres gigantes, se fusiona con la prosa dialógica que se regodea en la impostura, el humor negro y una apasionada óptica crítica de la Historia de la Iglesia Católica. El Papado es la alcabala religiosa que tan sólo merece un jalón de papada aparejado con la carcajada del vulgo: “Al Papa Ruperto Doce / ni lo menciona la Historia, / porque se cagó una noche / en la Silla Gestatoria”. En este fetiche, nada que ver con la estupenda silla de Van Gogh, queda al descubierto el trasero y los testículos del Papa electo, pues el colegio cardenalicio debe templar las dos bolitas para evitar que otra Juana la Papisa escarnezca tan sagrada institución machista. Fetichismo y escatología van de la mano en lo que toca a la crítica del catolicismo, a los fines de configurar un intervalo estético y apóstata que nos retrotrae a Rabelais, el Decamerón de Boccaccio y Pasolini, el Nazarín de Galdós y Buñuel, el Satiricón de Petronio y Fellini e incluso el crucifijo inverso del cura Carlos Borges que lame y eyacula el voluptuoso cuerpo femenino. Qué decir de los prejuicios y mitos urbanos que aún despierta la orden jesuítica, suponemos entonces una dulce venganza de parte de ambos coautores: “Hiciste lo que quisiste, / San Ignacio de Loyola, / pero quisiste ser Papa / y te pisaste una bola”.
A la espera de una pía, edificante y sensata actitud del Episcopado venezolano que le permita reencontrar al país, les invitamos a releer este libro extraordinario y cincuentenario. Sólo Dios y el Diablo nos complacen en la compulsión por la vida.
José Carlos De Nóbrega
"El padre parecía una capitular de oro; yo, junto a él, una insignificante minúscula impresa en tinta roja". José Rubén Romero: La Vida inútil de Pito Pérez.
La agudeza literaria de Miguel Otero Silva se exhibe sin freno en dos de sus obras más disímiles entre sí: Tenemos la incendiaria parodia del discurso católico que es “Las Celestiales”, con sus Santos asaeteados por la picante lengua popular, y la aproximación poética a la figura de Jesucristo vertida en el texto novelístico de “La piedra que era Cristo” (no podemos olvidar el impactante monólogo de la cabeza cortada de Juan el Bautista que escarnece la banalidad impía del rey Herodes). Ambos textos no sólo refieren el espíritu rojo y ateo de su autor (rebatido hoy por el insulso desencanto burgués de su hijo, Miguel Henrique, pésimo editor y peor editorialista del diario El Nacional), sino el apetito descarado del escritor por desmontar los discursos autorizados que sustentan el Poder vertical, mezquino y usurero que tritura sin clemencia a las mayorías. La literatura acomete la labor profética de promover e instaurar a como dé lugar la justicia social. Ya lo manifiesta ese vagabundo y borracho de Pito Pérez: “¡Pobre de los pobres! Yo les aconsejo que respeten siempre la ley, y que la cumplan, pero que se orinen en sus representantes”. Por supuesto, la ley hecha carne en la lucha revolucionaria de a de veras, no la propuesta por los grandes laboratorios de la propaganda periodística, historiográfica e ideológica que pretenden pervertirla y envilecerla.
El discurso diabólico, como ocurre con el habla salvaje y primaria de los niños y los locos, es un recurso insoslayable para atacar y poner en evidencia la fragilidad y la corrupción de un orden de cosas bizarro que ha invadido a los templos y las academias: La política de ultratumba, con sus cielos de algodón y sus infiernos carbonizados –no entendemos aún por qué la burocracia eclesiástica nos quita la sala de espera que es el purgatorio-, engorda las finanzas vaticanas y protestantes, amén de proveer de carne fresca a curas y obispos pedófilos; nuestras universidades autónomas, experimentales y privadas coinciden en la tercerización laboral de docentes y empleados y la cosificación del conocimiento a expensas de los intereses de grupos de poder. La Iglesia está penetrada por la politiquería más árida, en tanto que las academias son el detritus de organizaciones religiosas que hacen acólitos con su verborrea terrorista y macabra. Es justa y necesaria la lucidez satánica para ir a contracorriente del imperio de la lasitud vital.
Este gran rosario inverso titulado “Las Celestiales”, integrado por 25 coplas picantísimas y prevaricadoras, tuvo dos ediciones: la primera de 1965, firmada con el pseudónimo doble de Iñaki de Errandonea (alias Miguel Otero Silva), Sacerdote Jesuita, como compilador y comentarista, además de Fray Joseba Escucarreta (alias Pedro León Zapata), S.J., en tanto ilustrador que caricaturiza a santos y mártires. Fue una bomba que estalló simultáneamente en la meritita cara de la histérica feligresía y en las barbas remojadas de la anquilosada jerarquía católica. Valga la desaprobación del Cardenal José Humberto Quintero: No está de sobra advertir que ese libro, en el que a drede se ataca a la Religión y a las buenas costumbres y se hace mofa de los santos, se halla por ello mismo comprendido en la publicación del canon 1.399 del Código de Derecho Canónico. La segunda edición data de 1974, Ediciones de José Agustín Catalá, la cual agrega un prefacio de Miguel Otero Silva en carne y hueso que simula una apología exquisita de tan vituperado texto diabólico. Las Celestiales constituye un ejercicio transgenérico a la par de referentes notables como Borges, Bioy Casares e incluso Héctor Murena: La copla, destacada en negritas y caracteres gigantes, se fusiona con la prosa dialógica que se regodea en la impostura, el humor negro y una apasionada óptica crítica de la Historia de la Iglesia Católica. El Papado es la alcabala religiosa que tan sólo merece un jalón de papada aparejado con la carcajada del vulgo: “Al Papa Ruperto Doce / ni lo menciona la Historia, / porque se cagó una noche / en la Silla Gestatoria”. En este fetiche, nada que ver con la estupenda silla de Van Gogh, queda al descubierto el trasero y los testículos del Papa electo, pues el colegio cardenalicio debe templar las dos bolitas para evitar que otra Juana la Papisa escarnezca tan sagrada institución machista. Fetichismo y escatología van de la mano en lo que toca a la crítica del catolicismo, a los fines de configurar un intervalo estético y apóstata que nos retrotrae a Rabelais, el Decamerón de Boccaccio y Pasolini, el Nazarín de Galdós y Buñuel, el Satiricón de Petronio y Fellini e incluso el crucifijo inverso del cura Carlos Borges que lame y eyacula el voluptuoso cuerpo femenino. Qué decir de los prejuicios y mitos urbanos que aún despierta la orden jesuítica, suponemos entonces una dulce venganza de parte de ambos coautores: “Hiciste lo que quisiste, / San Ignacio de Loyola, / pero quisiste ser Papa / y te pisaste una bola”.
A la espera de una pía, edificante y sensata actitud del Episcopado venezolano que le permita reencontrar al país, les invitamos a releer este libro extraordinario y cincuentenario. Sólo Dios y el Diablo nos complacen en la compulsión por la vida.
HUGO CHÁVEZ: NI SUBESTIMACIÓN NI CULTO PERSONALISTA. José Carlos De Nóbrega
HUGO CHÁVEZ: NI SUBESTIMACIÓN NI CULTO PERSONALISTA
José Carlos De Nóbrega
La figura de Hugo Rafael Chávez Frías me confundió desde su primera insurgencia en la política venezolana de los noventa. A mis terrores antimilitaristas se sumó la respuesta amarillista e interesada de los medios de comunicación social nacionales e internacionales. La subestimación pequeñoburguesa llegó incluso a acusarlo de ser el autor intelectual de la Masacre de Cararabo con sus sangrientas “corbatas colombianas”. Ni me creí este crimen de laboratorio ni tampoco el magnicidio frustrado de Carlos Andrés Pérez, represor de primer orden durante la insurrección guerrillera de los sesenta y autoridad implacable respecto a los miles de muertos que escupió “El Caracazo” de 1989 (a tambor batiente y a metralla caliente).
A Hugo Chávez me lo topé en 1997 ó 1998 durante un acto de graduación en Valencia, la de Venezuela, correspondiente a una institución educativa de “reciclaje” –esto es el antiguo Parasistema- para la cual trabajaba. Se parecía en ese entonces más al “Tribilín” que ingresó años atrás en la Academia Militar, ataviado de liquiliqui verde oliva, que al robusto presidente de años después a la vera del calor popular y el desprecio enfermizo de la pequeña burguesía venezolana. No me molestó su carisma llanero que atravesó impune la Sala Turpial del Hotel Don Pelayo, sino la reacción afectada, snob y -si se quiere- babosa de ciertos profesores saltimbanquis que pujaban por sacarse una foto para embadurnarse de su fama mediática y no de su peculiar humanidad.
Sin embargo, la gula burguesa se asomó obscenamente el 11 y 12 de abril de 2002. Sobre el Puente Llaguno y la Avenida Baralt se desató el instrumental terrorista de la burguesía en toda su intensidad: LA MÁS CARA MASACRE, en voz de Juan Calzadilla, se enseñoreó sin distinción de los venezolanos de uno y otro partido que caían despedazados por las balas y la vil homilía mediática en un Holocausto tenebroso e inconcebible. Afortunadamente, el Golpe no duró más de cuarenta y ocho horas. Los victimarios fueron víctimas de sí mismos, del desconocimiento internacional y, mejor aún, de la participación activa de los ciudadanos anónimos que a pie pelado restituyeron el hilo constitucional. A finales de año, sin plena evaluación de su fracaso político, el eje sindicalero, politiquero, arzobispal y empresarial activó un Paro Cívico inconsulto e impío, al cual se sumaría la cúpula tecnocrática de PDVSA. No importaba quebrar fraudulentamente la economía venezolana, si se lograba recuperar el obsceno Festín de Baltazar que caracterizó ese contrato excluyente llamado Pacto de Punto Fijo. No me pareció entonces que la ciudadanía soportaba las colas para adquirir la gasolina, el gas doméstico y los productos de primera necesidad de modo estoico; por el contrario, se leía entre líneas una actitud de resistencia a los antiguos amos, eso sí, sin apelar a la violencia y la anarquía propias del resentimiento social. El gobierno fue acompañado nuevamente por la ennoblecida masa mestiza en la retoma de PDVSA y el control del país, mientras cierta clase media bailaba aeróbica y ridículamente en el este de Caracas.
Las victorias electorales de Hugo Chávez no sólo se justifican en una atinada y aguda percepción del momento político, amén de la instrumentación estratégica subsecuente, sino también en una particular visión histórica, la cual permitió la paulatina construcción de un Proyecto de País e incluso del Continente, con sus idas y vueltas, susceptible de involucrar a las mayorías en un recorrido autogestionario, soberano y emancipador. Si bien se coqueteó, en un inicio, con la fracasada Tercera Vía del laborista Tony Blair, el pensamiento latinoamericano –Bolívar, Rodríguez, Martí, Mariátegui y la Teología de la Liberación- constituyó las raíces de una propuesta que aún se encuentra en plena edificación: el Socialismo del Siglo XXI, el cual ha de exceder la banalización del discurso político, la confortabilidad simplista del slogan de ocasión y la estéril inmediatez mediática. Por ejemplo, de esa cosmovisión política, económica, social y cultural se desprenden las Misiones Sociales que no han de configurar un Estado paralelo, sino más bien la antítesis de nuestra hipertrofiada burocracia estatal, confinada a las miserias del funcionarismo denunciado por Gramsci. Evidentemente, erradicar la áspera burocracia de corazón burgués sigue siendo un objetivo del proceso bolivariano en el país; por lo que no podemos consentir su coexistencia así nomás con el empoderamiento del pueblo. Asimismo, la revolución educativa, cultural y comunal ha de apuntar a la superación material –no materialista-, política y espiritual de la población, pues de lo contrario las nuevas instituciones serían socavadas por los vicios del pasado. No se trata de iniciar una cacería de brujas con fines inconfesables, sino de desenmascarar y derrotar a la madeja burocrática, oportunista e infiel que aún está enquistada en la República.
Los sectores reaccionarios de Venezuela, en la precariedad y el envilecimiento de su espíritu, han subestimado a Hugo Chávez Frías de manera simplista y disociada. No sólo en el plano político, sino incluso en el mismísimo mundo íntimo. Las gríngolas que la mezquindad pequeñoburguesa se ha forjado, les impide ver, especialmente, la condición de vivo y atento lector que caracterizó a Chávez durante su breve e intenso periplo vital. Las intervenciones públicas del compañero y compadre Hugo Rafael jamás obviaron el mundo maravilloso de los libros. Observamos, en este interesantísimo caso, una concepción lúdica de la lectura y la cultura que apuesta por una Poética del Decir: Esto es la simbiosis esencial habida entre lo culto y lo popular, fenómeno amoroso del espíritu humano que está comprobado hasta la saciedad por la Historia de los hombres y sus ideas.
El odio, los prejuicios y la crítica traída por los cabellos, fallan en la demonización del Presidente Chávez por parte del aparato mediático nacional e internacional. Su habla directa, popular e irreverente no calza con un espíritu represivo y absolutista; sino más bien demarca un territorio propicio para la discusión, la autocrítica, el combate y la polémica sin cuartel. Manifiesta la indignación ante la injusticia y la solidaridad con los oprimidos. Una de sus más notables contribuciones políticas y discursivas, estribó en colocar en el hasta entonces raído tapete la incorporación de los excluidos e invisibles a la construcción de la patria, el continente y el mundo, esto es el forjamiento de su ciudadanía activa y en libertad. Por tal razón, reconvenimos también la adulación de corte mesiánico y utilitarista. Tampoco nos gusta la cultura necrofílica propia de fascistas y de podridos politiqueros llorones: Nos simpatiza el fervor y la franca y amorosa tristeza del pueblo que le acompañó al Cuartel de la Montaña, al igual que “en los entierros de mi pobre gente pobre”. Apostamos por una evaluación crítica y auténtica de Hugo Chávez en una biografía por venir.
José Carlos De Nóbrega
La figura de Hugo Rafael Chávez Frías me confundió desde su primera insurgencia en la política venezolana de los noventa. A mis terrores antimilitaristas se sumó la respuesta amarillista e interesada de los medios de comunicación social nacionales e internacionales. La subestimación pequeñoburguesa llegó incluso a acusarlo de ser el autor intelectual de la Masacre de Cararabo con sus sangrientas “corbatas colombianas”. Ni me creí este crimen de laboratorio ni tampoco el magnicidio frustrado de Carlos Andrés Pérez, represor de primer orden durante la insurrección guerrillera de los sesenta y autoridad implacable respecto a los miles de muertos que escupió “El Caracazo” de 1989 (a tambor batiente y a metralla caliente).
A Hugo Chávez me lo topé en 1997 ó 1998 durante un acto de graduación en Valencia, la de Venezuela, correspondiente a una institución educativa de “reciclaje” –esto es el antiguo Parasistema- para la cual trabajaba. Se parecía en ese entonces más al “Tribilín” que ingresó años atrás en la Academia Militar, ataviado de liquiliqui verde oliva, que al robusto presidente de años después a la vera del calor popular y el desprecio enfermizo de la pequeña burguesía venezolana. No me molestó su carisma llanero que atravesó impune la Sala Turpial del Hotel Don Pelayo, sino la reacción afectada, snob y -si se quiere- babosa de ciertos profesores saltimbanquis que pujaban por sacarse una foto para embadurnarse de su fama mediática y no de su peculiar humanidad.
Sin embargo, la gula burguesa se asomó obscenamente el 11 y 12 de abril de 2002. Sobre el Puente Llaguno y la Avenida Baralt se desató el instrumental terrorista de la burguesía en toda su intensidad: LA MÁS CARA MASACRE, en voz de Juan Calzadilla, se enseñoreó sin distinción de los venezolanos de uno y otro partido que caían despedazados por las balas y la vil homilía mediática en un Holocausto tenebroso e inconcebible. Afortunadamente, el Golpe no duró más de cuarenta y ocho horas. Los victimarios fueron víctimas de sí mismos, del desconocimiento internacional y, mejor aún, de la participación activa de los ciudadanos anónimos que a pie pelado restituyeron el hilo constitucional. A finales de año, sin plena evaluación de su fracaso político, el eje sindicalero, politiquero, arzobispal y empresarial activó un Paro Cívico inconsulto e impío, al cual se sumaría la cúpula tecnocrática de PDVSA. No importaba quebrar fraudulentamente la economía venezolana, si se lograba recuperar el obsceno Festín de Baltazar que caracterizó ese contrato excluyente llamado Pacto de Punto Fijo. No me pareció entonces que la ciudadanía soportaba las colas para adquirir la gasolina, el gas doméstico y los productos de primera necesidad de modo estoico; por el contrario, se leía entre líneas una actitud de resistencia a los antiguos amos, eso sí, sin apelar a la violencia y la anarquía propias del resentimiento social. El gobierno fue acompañado nuevamente por la ennoblecida masa mestiza en la retoma de PDVSA y el control del país, mientras cierta clase media bailaba aeróbica y ridículamente en el este de Caracas.
Las victorias electorales de Hugo Chávez no sólo se justifican en una atinada y aguda percepción del momento político, amén de la instrumentación estratégica subsecuente, sino también en una particular visión histórica, la cual permitió la paulatina construcción de un Proyecto de País e incluso del Continente, con sus idas y vueltas, susceptible de involucrar a las mayorías en un recorrido autogestionario, soberano y emancipador. Si bien se coqueteó, en un inicio, con la fracasada Tercera Vía del laborista Tony Blair, el pensamiento latinoamericano –Bolívar, Rodríguez, Martí, Mariátegui y la Teología de la Liberación- constituyó las raíces de una propuesta que aún se encuentra en plena edificación: el Socialismo del Siglo XXI, el cual ha de exceder la banalización del discurso político, la confortabilidad simplista del slogan de ocasión y la estéril inmediatez mediática. Por ejemplo, de esa cosmovisión política, económica, social y cultural se desprenden las Misiones Sociales que no han de configurar un Estado paralelo, sino más bien la antítesis de nuestra hipertrofiada burocracia estatal, confinada a las miserias del funcionarismo denunciado por Gramsci. Evidentemente, erradicar la áspera burocracia de corazón burgués sigue siendo un objetivo del proceso bolivariano en el país; por lo que no podemos consentir su coexistencia así nomás con el empoderamiento del pueblo. Asimismo, la revolución educativa, cultural y comunal ha de apuntar a la superación material –no materialista-, política y espiritual de la población, pues de lo contrario las nuevas instituciones serían socavadas por los vicios del pasado. No se trata de iniciar una cacería de brujas con fines inconfesables, sino de desenmascarar y derrotar a la madeja burocrática, oportunista e infiel que aún está enquistada en la República.
Los sectores reaccionarios de Venezuela, en la precariedad y el envilecimiento de su espíritu, han subestimado a Hugo Chávez Frías de manera simplista y disociada. No sólo en el plano político, sino incluso en el mismísimo mundo íntimo. Las gríngolas que la mezquindad pequeñoburguesa se ha forjado, les impide ver, especialmente, la condición de vivo y atento lector que caracterizó a Chávez durante su breve e intenso periplo vital. Las intervenciones públicas del compañero y compadre Hugo Rafael jamás obviaron el mundo maravilloso de los libros. Observamos, en este interesantísimo caso, una concepción lúdica de la lectura y la cultura que apuesta por una Poética del Decir: Esto es la simbiosis esencial habida entre lo culto y lo popular, fenómeno amoroso del espíritu humano que está comprobado hasta la saciedad por la Historia de los hombres y sus ideas.
El odio, los prejuicios y la crítica traída por los cabellos, fallan en la demonización del Presidente Chávez por parte del aparato mediático nacional e internacional. Su habla directa, popular e irreverente no calza con un espíritu represivo y absolutista; sino más bien demarca un territorio propicio para la discusión, la autocrítica, el combate y la polémica sin cuartel. Manifiesta la indignación ante la injusticia y la solidaridad con los oprimidos. Una de sus más notables contribuciones políticas y discursivas, estribó en colocar en el hasta entonces raído tapete la incorporación de los excluidos e invisibles a la construcción de la patria, el continente y el mundo, esto es el forjamiento de su ciudadanía activa y en libertad. Por tal razón, reconvenimos también la adulación de corte mesiánico y utilitarista. Tampoco nos gusta la cultura necrofílica propia de fascistas y de podridos politiqueros llorones: Nos simpatiza el fervor y la franca y amorosa tristeza del pueblo que le acompañó al Cuartel de la Montaña, al igual que “en los entierros de mi pobre gente pobre”. Apostamos por una evaluación crítica y auténtica de Hugo Chávez en una biografía por venir.
Friday, March 06, 2015
DIÁLOGO EN LA CASA DE LOS ACEITES (VASSA). José Carlos De Nóbrega
DIÁLOGO EN LA CASA DE LOS ACEITES (VASSA)
José Carlos De Nóbrega
E-mail: josecarlosdenobrega@gmail.com
El miércoles 11 de febrero de 2015, compartimos con los trabajadores de VASSA-Guacara (Aceites y Solventes Venezolanos S.A.) y los consejos comunales de la zona el Cine Foro “Machuca” (2014) de Andrés Wood: El Discurso y la Praxis del Fascismo en Venezuela y América Latina. El evento nos permitió una conversación libre y participativa sobre la coyuntura actual de nuestro país anclada en la Guerra Económica o Paro Empresarial de puertas abiertas, además del acoso mediático nacional e internacional en tanto instrumentos de desestabilización política auspiciados por el Departamento de Estado norteamericano. No es casual ni caprichosa la comparación con la situación acaecida en Chile que trajo consigo el derrocamiento de Salvador Allende en septiembre de 1973. Precisamente, la lectura crítica de la película chilena “Machuca” revela hoy la estrategia imperialista que pretende debilitar y corroer el proceso bolivariano de cambios políticos y sociales. Por supuesto, no obviamos el hecho que la apreciación cinematográfica, estética y político-histórica de este filme no nos puede dejar indiferentes como espectadores y ciudadanos latinoamericanos.
El vendaval reaccionario pinochetista que en Chile afectó a sus tres protagonistas, los niños Gonzalo Infante, Pedro Machuca y Silvana, nos demuestra que el fascismo no es una perversión ideológica del pasado, ni mucho menos una ficción conspirativa más, sino –peor aún- un discurso y una práctica reales que nos acechan hoy en Venezuela y América Latina. Si acompañamos esta película de ficción con el documental “La Batalla de Chile” (1975-1979) del también chileno Patricio Guzmán, comprenderemos que el fascismo constituye no sólo la vanguardia retrógrada del capitalismo, tal como nos lo advierte Luis Navarrete Orta, sino un estado mental perturbado que inyecta y alienta los odios de clase. La confrontación entre rojos y momios del Chile de ayer, salvando las distancias temporales y las peculiaridades históricas, nos remite a la “Conjura de las cachifas y cerrícolas” con que los medios de comunicación privados aterrorizan a las clases medias venezolanas de hoy. La ocupación militar del Colegio San Patricio en Santiago de Chile 1973, que significó el fin de la integración de las clases sociales en el ámbito educativo, se emparenta de manera macabra con el atentado terrorista que pretendió incendiar un preescolar en la Caracas del 2014 asediada por encapuchados psicóticos. El padre McEnroe se come física y simbólicamente todas las hostias del Santísimo Sacramento del Altar, denunciando los atropellos de militares degenerados, tal como lo hiciera tiempo después Monseñor Romero en El Salvador. No se trata pues de una traslación histórica simplista, sino del tratamiento crítico de la Escuela como aparato ideológico del Estado y Teatro de Operaciones político-social. Qué decir del desabastecimiento inducido en ambas circunstancias históricas por la lumpen-burguesía y un empresariado indolente, ello en tanto caldo de cultivo del golpe de estado de los milicos chilenos y de la salida propuesta por una clase política conservadora e irresponsable (López, Machado y Ledezma).
Asumir la militancia revolucionaria no implica la distracción del papel crítico y autocrítico de las comunidades, no en balde la urgencia del momento antes esbozada. Los movimientos obreros, estudiantiles y comunales tienen como imperativo reivindicar la contraloría social como categoría viva, autogestionaria y soberana, además de construir el conocimiento de manera colectiva y libertaria. Se trata pues de hacer trizas las estructuras que oprimen a las mayorías, eso sí, más allá de las habladurías y “puras invenciones / pa conversá!” de las que nos hablaba la poesía negra y mulata de Manuel Rodríguez Cárdenas. No podemos perder de vista los enemigos internos y externos del pueblo en la banalización del discurso político, mediático e incluso académico. Atacar la inseguridad, la inflación (propia del modelo rentista petrolero y la especulación capitalista), los equívocos ideológicos, la corrupción en todas sus formas, el despropósito político y la injerencia imperialista constituye la esencia programática de la campaña electoral parlamentaria que se nos viene encima. El principio de la Unidad revolucionaria en la Diversidad opondrá activamente un dique a un golpe parlamentario contra el presidente Nicolás Maduro. No es admisible reeditar lo ocurrido con Allende en 1973 y con el paraguayo Lugo años después.
Valga como colofón preocupado pero esperanzador un agradecimiento al equipo de VASSA-Guacara encabezado por Carlos Guédez, además del promotor cultural Alexis Bracho y nuestra entrañable amiga Sandra Lozano de la Escuela de Formación Política Ludovico Silva, por esta inigualable y dialógica experiencia comunitaria. Por supuesto, a contrapelo de la extinta VENOCO, enclave en el que Carmona y Pérez Recao fraguaron el golpe del año 2002 contra el Presidente Chávez.
José Carlos De Nóbrega
E-mail: josecarlosdenobrega@gmail.com
El miércoles 11 de febrero de 2015, compartimos con los trabajadores de VASSA-Guacara (Aceites y Solventes Venezolanos S.A.) y los consejos comunales de la zona el Cine Foro “Machuca” (2014) de Andrés Wood: El Discurso y la Praxis del Fascismo en Venezuela y América Latina. El evento nos permitió una conversación libre y participativa sobre la coyuntura actual de nuestro país anclada en la Guerra Económica o Paro Empresarial de puertas abiertas, además del acoso mediático nacional e internacional en tanto instrumentos de desestabilización política auspiciados por el Departamento de Estado norteamericano. No es casual ni caprichosa la comparación con la situación acaecida en Chile que trajo consigo el derrocamiento de Salvador Allende en septiembre de 1973. Precisamente, la lectura crítica de la película chilena “Machuca” revela hoy la estrategia imperialista que pretende debilitar y corroer el proceso bolivariano de cambios políticos y sociales. Por supuesto, no obviamos el hecho que la apreciación cinematográfica, estética y político-histórica de este filme no nos puede dejar indiferentes como espectadores y ciudadanos latinoamericanos.
El vendaval reaccionario pinochetista que en Chile afectó a sus tres protagonistas, los niños Gonzalo Infante, Pedro Machuca y Silvana, nos demuestra que el fascismo no es una perversión ideológica del pasado, ni mucho menos una ficción conspirativa más, sino –peor aún- un discurso y una práctica reales que nos acechan hoy en Venezuela y América Latina. Si acompañamos esta película de ficción con el documental “La Batalla de Chile” (1975-1979) del también chileno Patricio Guzmán, comprenderemos que el fascismo constituye no sólo la vanguardia retrógrada del capitalismo, tal como nos lo advierte Luis Navarrete Orta, sino un estado mental perturbado que inyecta y alienta los odios de clase. La confrontación entre rojos y momios del Chile de ayer, salvando las distancias temporales y las peculiaridades históricas, nos remite a la “Conjura de las cachifas y cerrícolas” con que los medios de comunicación privados aterrorizan a las clases medias venezolanas de hoy. La ocupación militar del Colegio San Patricio en Santiago de Chile 1973, que significó el fin de la integración de las clases sociales en el ámbito educativo, se emparenta de manera macabra con el atentado terrorista que pretendió incendiar un preescolar en la Caracas del 2014 asediada por encapuchados psicóticos. El padre McEnroe se come física y simbólicamente todas las hostias del Santísimo Sacramento del Altar, denunciando los atropellos de militares degenerados, tal como lo hiciera tiempo después Monseñor Romero en El Salvador. No se trata pues de una traslación histórica simplista, sino del tratamiento crítico de la Escuela como aparato ideológico del Estado y Teatro de Operaciones político-social. Qué decir del desabastecimiento inducido en ambas circunstancias históricas por la lumpen-burguesía y un empresariado indolente, ello en tanto caldo de cultivo del golpe de estado de los milicos chilenos y de la salida propuesta por una clase política conservadora e irresponsable (López, Machado y Ledezma).
Asumir la militancia revolucionaria no implica la distracción del papel crítico y autocrítico de las comunidades, no en balde la urgencia del momento antes esbozada. Los movimientos obreros, estudiantiles y comunales tienen como imperativo reivindicar la contraloría social como categoría viva, autogestionaria y soberana, además de construir el conocimiento de manera colectiva y libertaria. Se trata pues de hacer trizas las estructuras que oprimen a las mayorías, eso sí, más allá de las habladurías y “puras invenciones / pa conversá!” de las que nos hablaba la poesía negra y mulata de Manuel Rodríguez Cárdenas. No podemos perder de vista los enemigos internos y externos del pueblo en la banalización del discurso político, mediático e incluso académico. Atacar la inseguridad, la inflación (propia del modelo rentista petrolero y la especulación capitalista), los equívocos ideológicos, la corrupción en todas sus formas, el despropósito político y la injerencia imperialista constituye la esencia programática de la campaña electoral parlamentaria que se nos viene encima. El principio de la Unidad revolucionaria en la Diversidad opondrá activamente un dique a un golpe parlamentario contra el presidente Nicolás Maduro. No es admisible reeditar lo ocurrido con Allende en 1973 y con el paraguayo Lugo años después.
Valga como colofón preocupado pero esperanzador un agradecimiento al equipo de VASSA-Guacara encabezado por Carlos Guédez, además del promotor cultural Alexis Bracho y nuestra entrañable amiga Sandra Lozano de la Escuela de Formación Política Ludovico Silva, por esta inigualable y dialógica experiencia comunitaria. Por supuesto, a contrapelo de la extinta VENOCO, enclave en el que Carmona y Pérez Recao fraguaron el golpe del año 2002 contra el Presidente Chávez.
Monday, February 02, 2015
NOTAS AL LIBRO "LA TIERRA ALLENDE. ANTOLOGÍA POÉTICA 1944-2005". EDICIONES DEL AZAR
COLECCIÓN "LOS MIL Y UN LIBROS"
Nota promocional de Ediciones del Azar
¨LOS MIL Y UN LIBROS¨ : Es una reunión del pensamiento y la imaginación universales, una forma de contribuir en ese trazo infinito del contínuo tiempo-conocimiento que el hombre delínea para el hombre.
Con "La tierra allende, antología poética 1944-2005", edición bilingüe, del poeta brasileño Lêdo Ivo, Ediciones del Azar da inicio a esta colección. Este primer volumen de la serie Lo poesible, es un homenaje al inconmensurable escritor brasileño Lêdo Ivo, de cuya extensa obra poética hemos integrado un conjunto de textos breves y de largo aliento en su lengua original y traducidos por una docena de escritores mexicanos: los sueños intercambiables de la tribu, la profunda voz de la tierra. Traducciones y versiones de Carlos Montemayor, José Emilio Pacheco, Margarito Cuéllar, Enrique Servín, Ángel Crespo, Stefan Baciu, Jorge Lobillo, Maricela Terán, Francisco Cervantes, José Carlos De Nóbrega, Héctor Carreto y Rubén Mejía.
LEDO IVO (Brasil, 1924)
Poeta, narrador y ensayista, nacido en Maceió, Alagoas, Brasil. Es una de las figuras más representativas de la moderna literatura brasileña. Se le considera el personaje más destacado de la Generación del 45, movimiento contra el clima demoledor y anarquista de la primera fase del modernismo, que pregonaba un regreso a la disciplina y el orden. Como otros poetas de esta generación, volvió a algunas formas poéticas fijas, como el soneto, pero conservando un estilo libre y marcadamente personal.
LA IMAGINARIA VENTANA ABIERTA
Carlos Montemayor
Al igual que todos los poetas de su generación, Lêdo Ivo tiene una alta conciencia del lenguaje; pero su conciencia es mucho más amplia, una conciencia amazónica que implica no sólo su ceñimiento, sino también su liberación, su erupción, su llamarada explosiva.
Desde As Imaginaçoes, su primer libro de poemas, aparecen las constantes de su obra: el sueño, la fantasía, la mujer, lo cotidiano, la ciudad, el ímpetu panteísta empañando el cristal del mundo y de los seres, los poemas que al mismo tiempo son una reflexión del arte poético.
En su arte poética, los puntos esctructurales principales son la tensión entre la disciplina y el desbordamiento. Quiero decir con ello que el verso es extenso, versicular, muy cercano a la prosa... Y a la apertura del verso, corresponde la apertura del alma; a la extensión del verso, corresponde la extensión de los seres y de nuestro ser; a la multiplicidad del verso corresponde la multiplicidad de las cosas que canta el verso. No es fríamente perfecto el poema; es tan imperfectamente humano como la vida que sus versos contienen y aman. Es, como en todas las épocas de la gran poesía, el canto.
LÊDO IVO, LA TIERRA ALLENDE
Texto leído por r.m. [Rubén Mejía] en la presentación del libro "La tierra allende" -antología poética bilingüe- en el homenaje realizado al poeta Lêdo Ivo el 3 de octubre de 2005 en el patio de Palacio de Gobierno de la ciudad de Chihuahua, México.
Entre 1940 y 1945 el joven escritor Lêdo Ivo vislumbraba una travesía personal, un viaje por los siete mares de la poesía hacia nuevos y antiguos mundos, hacia los territorios que están más allá, del otro lado de los días, hacia la tierra allende. El joven Lêdo escribía:
«Cantaré la vida que ante mí se despliega, las ciudades de cemento armado y calles claras que la noche cubre con su misterio dulcemente medieval...
«Cantaré los oceános y los ríos, las estrellas que existen, las bahías, los estrechos, las tempestades y las noches en que la lluvia cae sobre la vieja tierra...
«Cantaré el esplendor de la poesía sin el más pequeño dolor romántico en el corazón, y en caso de que un dolor así surgiera lo escupiría para sentirme fuerte y joven...
«Cantaré el mar, los viajes, el momento en que un hombre diferente y que me desconoce, siente lo que yo siento sin sentirme en él...»
Y hacia una petición, una exigencia personal al mundo y a la vida misma. Exclamaba:
«Cantaré todo pero que me den libertad de cantar, que no me escojan los nombres de las ciudades y de los ríos, que no me indiquen los temas...»
Y más adelante, desplegando al máximo la vista en los fondos claros del espejo, extendiendo para sí mismo puentes visionarios, mirando «La imaginaria ventana abierta» y a la vez viendo desde esa imaginaria ventana abierta, en este poema esplendidamente traducido por Carlos Montemayor, aquel joven lejano poeta nos dice de cerca, casi al oído:
«Después moriré: no me amen o me desprecien de más, pero guarden mi nombre y búsquenme en los versos tal como soy exactamente: unido a todos, rebelde, inconsecuente, confuso y lírico...»
Sesenta y cinco años después, Lêdo Ivo sigue siendo precisa y exactamente: lírico, confuso, inconsecuente, rebelde y entregado a todos, con un adjetivo extra, por añadidura: un espíritu liberado, libertado. Esa libertad que demandaba a sus veinte años, la ha conquistado con creces, verso tras verso, de canto en canto, en sus veintitrés libros de poesía.
Poeta guerrero, desafiante en todas las fases de su larga trayectoria literaria, siempre al alba, en un duelo de amor y muerte con lo inefable, en contra de lo que no puede exlicarse, pero puede hablarse aun sin voz, en contra de lo que no puede decirse, pero puede poetizarse aun sin lápiz ni papel, Lêdo Ivo ha unido con la línea sin fin de sus versos lo mínimo y lo inconmensurable, lo breve y lo infinito, el fragmento y lo total.
En el ensayo introductorio a la primera antología de Lêdo Ivo publicada en México, Carlos Montemayor habla en 1979 sobre una poética de la totalidad. Ahí leemos: «Conviven en el mismo poema la totalidad de las cosas y la descripción particularísima de ella... junto a la totalidad vive también, con la misma entereza, con la misma intensa vida, lo parcial, lo pequeño, lo efímero... Es como si lo total fuera posible por la revelación de lo nimio». Y en otro espacio de ese mismo ensayo nos habla de la tensión del lenguaje entre la disciplina y el desbordamiento de una «conciencia amazónica que implica no sólo su ceñimiento, sino también su liberación, su erupción, su llamarada explosiva».
A estas ideas de Montemayor, quiero agregar que esos extremos entre los que se delínean las formas literarias y la lengua poética de Lêdo Ivo, entre la concentración interior y la repentina ruptura exterior, entre el verso que ahonda en la tierra adentro y la metáfora que va expandiéndose hasta desbordarnos, me encaminan -por lo menos a mí- hacia los territorios literarios y lingüísticos no de otros poetas de su generación, respecto a los cuales podríamos decir que Lêdo Ivo es una síntesis diferenciada, sino por los derroteros de dos narradores brasileños cuyas prosas en novelas y cuentos son de una extraña belleza, tanto en su intensidad concentrada como en su estética altamente irruptiva, me refiero a Clarice Lispector y Joao Gimaraes Rosa, dos extremos que se tocan, se imbrican y se trenzan en el vasto y fascinante panorama de la literatura brasileña del siglo XX. Entre la noche impura que sueña con la Nada y la Pureza de Clarice Lispector y ese sol del Sertón brasileño, ese sol del mediodía y la desmesura que aun de noche exubera en pos del Todo y en pos del amor, en la novela El Gran Sertão Veredas, de Guimaraes Rosa, entre tales extremos se desplaza el espíritu poético, concentrado y liberado, explosivo e implosivo, del maestro Lêdo.
Asimismo, en referencia a lo fragmentario y la totalidad en su poesía,sólo añado que tanto en las antiguas filosofías herméticas como en las ciencias modernas de la complejidad, es decir en una línea en expansión del conocimiento que comprende más de tres mil años, no hay diferencia alguna entre el fragmento y lo absoluto, «La parte es el todo y el todo está en cada una de sus partes», u otra vieja enseñanza: «Como es arriba es abajo, como es abajo es arriba».
En el universo poético de Ivo, viéndolo y leyéndolo precisamente como una totalidad, un verso es la poesía y el poema está en cada uno de sus versos, un fragmento total donde la raícilla más profunda del árbol es, al mismo tiempo, la rama más elevada de su copa, es un árbol y el bosque entero y, a su vez, es un sol filtrándose por entre el follaje, los nidos, los pájaros y los frutos: los rayos luminosos del sol y las manchas negras de ese mismo sol. Su obra poética es una confirmación de la identidad plena entre un grano de mostaza y los reinos de la tierra y de los cielos: «Como es abajo es arriba, como es arriba es abajo».
A partir de su visión panteista de la naturaleza y del mundo, Todo es Dios, Dios es el poema -por lo tanto-, El poema es todo lo posible: o sea, los murciélagos de su niñez que chocan contra las paredes, ciegos como nosotros; los peces que sueñan con los ojos abiertos, inmóviles, y se resisten a enseñarnos cómo debemos soñar; la mujer, esponja del hombre, que mediante su cuerpo y su mirada posee todo el paisaje como un pájaro; las palabras, su patria secreta; su natal Maceió a la que vuelve todos los días de su vida sólo para constatar que su pureza es la del agua, es decir todo lo que está, todo lo que es, pero asimismo todo aquello que no es, lo que no existe ni será. La realidad, Dios mismo no es, no son. Para concebir a Dios de una manera única, como una totalidad, debemos reconocer y aprender a creer que Dios no existe.
Desde sus primeros poemas, Lêdo nos invitaba a poner de cabeza a Santo Tomás, es decir a ver lo que no es para creer en lo que es: «Miren lo que no existe... Creánlo y serán poetas», y en otro de sus versos nos recuerda: «Un hombre que sueña es todo lo que no es...» Y más todavía: «Sólo sé lo que no aprendí:/ el viento que sopla/ la lluvia que cae/ y el amor» ó «Yo que siempre vi lo que no existe/ y veré eternamente lo que jamás será» hasta El deseo, último texto de su poesia completa: «Nací para no ser/ y para ser lo que no es,/ después de tanto soñar/ después de tanto vivir».
En la obra de Ivo no hay asertos ni verdades, no encontramos puertas abiertas entre él y la realidad, sólo hay sueños, encantos, magias y posibilidades, un continuum poético a lo largo de más de mil páginas, un canto de largo aliento a todo aquello que es pero simultáneamente no es, mas es poesible.
Por último, comparto con ustedes la siguiente idea. Así como la ciencia física, a partir de la teoría de la relatividad y de la mecánica cuántica, habla de una continuadad del tiempo y del espacio, de un continuum espacio-tiempo en nuestro universo, del mismo modo, o de otro modo lo mismo, pienso que hay en las artes y en la poesía un continuo espacio-tiempo-poético que se revela en todas las épocas y en las obras individuales, y asimismo colectivas, de artistas y poetas. Citemos un ejemplo a la mano a partir de un bello nombre y una palabra poderosa: Finisterra y de una geografía poética que va de Rio de Janeiro, Brasil, a la ciudad de Chihuahua, México.
En 1972 Lêdo Ivo publica en Río de Janeiro: Finisterra, donde el poema que le da título al libro es una de las altas creaciones de nuestro poeta brasileño; diez años después, en 1982 Carlos Montemayor publica en la ciudad de México uno de sus mejores libros de poesía bajo el título Finisterra; en 1989 en la ciudad de Chihuahua, Gaspar Gumaro Orozco y Alfredo Espinosa fundan Finisterra, revista del malogrado Cidech, en cuyo número 5, en 1990, Enrique Servín publica traducciones de Lêdo Ivo, las primeras en Chihuahua. Finalmente, hoy 3 de octubre de 2005 aquí en Palacio de Gobierno, en el punto nodal de la historia de Chihuahua -que podría ser asimismo el punto final de la tierra-, tenemos entre nosotros al maestro Lêdo Ivo y celebramos la publicación de un libro cuyo nombre invita a ir a la Finisterra prometida, a trascender a los territorios de más allá, en la tierra allende.
Es decir, lo que es para las ciencias es para las artes, el continuum del conocimiento del hombre no distingue un saber del otro. El todo está en el todo.
*
Ahora sí, finalmente:
Cuando hace un par de meses en el bar El Coliseo, Enrique Servín me hizo una invitación para participar en una mesa de lectura al lado de Lêdo Ivo, mi primera reacción -después de apurar el respectivo caballito de Cuervo- fue decirle: «Mejor le hacemos un libro de homenaje con varios traductores mexicanos». Así, entre arenas levantiscas y movedizas, inicié una pausada recopilación de textos de Ivo, entre libros, revistas, suplementos culturales y páginas de internet, traducidos al español por poetas y escritores de diferentes latitudes y generaciones.
Por mi parte, busqué las fotocopias de los poemarios «Magias» y «Um brasileiro em Paris» que Enrique Servín y yo encontramos arrumbados, entre el polvo y el moho, en una ala perdida de la hoy desmantelada y más perdida biblioteca de la Universidad Autónoma de Chihuahua, reemplazada por un servicio cibernético en red gracias a esos modernos dioses que, como diría Lêdo Ivo, «insisten en pregonar la conveniencia de la muerte».
El breve y a la vez largo viaje editorial, que recorrí junto con el pintor Felipe Alcántar y el diseñador Luis Carlos Salcido -prolíficos creadores chihuahuenses cuyos nombres, por cierto, no aparecen entre los invitados de este festival- ese caminó llegó a este punto, aquí en el libro para ustedes: «Lêdo Ivo. La tierra allende. Antología poética 1944-2005. Edición bilingüe» con el cual Ediciones del Azar A.C., empresa cultural independiente, inicia una nueva colección «Los mil y un libros» en su serie Lo poesible.
«La tierra allende» es la primera antología bilingüe de la poesía completa del poeta brasileño, antes traducido al inglés, holandés e italiano. Este libro se integra con una selección de textos de la mayor parte de su vasta obra, intercalados con algunas de las innumerables y brillantes reflexiones de Lêdo Ivo sobre el arte de la poesía.
Reúne a doce escritores de México en torno a una obra y a un maestro. Simplemente un poeta, ahora aquí, a nuestro lado, y padrino de esta colección Los mil y un libros.
(r.m.)
Tomado de azaraza.blogspot.com/2005_10_01_archive.html
Nota promocional de Ediciones del Azar
¨LOS MIL Y UN LIBROS¨ : Es una reunión del pensamiento y la imaginación universales, una forma de contribuir en ese trazo infinito del contínuo tiempo-conocimiento que el hombre delínea para el hombre.
Con "La tierra allende, antología poética 1944-2005", edición bilingüe, del poeta brasileño Lêdo Ivo, Ediciones del Azar da inicio a esta colección. Este primer volumen de la serie Lo poesible, es un homenaje al inconmensurable escritor brasileño Lêdo Ivo, de cuya extensa obra poética hemos integrado un conjunto de textos breves y de largo aliento en su lengua original y traducidos por una docena de escritores mexicanos: los sueños intercambiables de la tribu, la profunda voz de la tierra. Traducciones y versiones de Carlos Montemayor, José Emilio Pacheco, Margarito Cuéllar, Enrique Servín, Ángel Crespo, Stefan Baciu, Jorge Lobillo, Maricela Terán, Francisco Cervantes, José Carlos De Nóbrega, Héctor Carreto y Rubén Mejía.
LEDO IVO (Brasil, 1924)
Poeta, narrador y ensayista, nacido en Maceió, Alagoas, Brasil. Es una de las figuras más representativas de la moderna literatura brasileña. Se le considera el personaje más destacado de la Generación del 45, movimiento contra el clima demoledor y anarquista de la primera fase del modernismo, que pregonaba un regreso a la disciplina y el orden. Como otros poetas de esta generación, volvió a algunas formas poéticas fijas, como el soneto, pero conservando un estilo libre y marcadamente personal.
LA IMAGINARIA VENTANA ABIERTA
Carlos Montemayor
Al igual que todos los poetas de su generación, Lêdo Ivo tiene una alta conciencia del lenguaje; pero su conciencia es mucho más amplia, una conciencia amazónica que implica no sólo su ceñimiento, sino también su liberación, su erupción, su llamarada explosiva.
Desde As Imaginaçoes, su primer libro de poemas, aparecen las constantes de su obra: el sueño, la fantasía, la mujer, lo cotidiano, la ciudad, el ímpetu panteísta empañando el cristal del mundo y de los seres, los poemas que al mismo tiempo son una reflexión del arte poético.
En su arte poética, los puntos esctructurales principales son la tensión entre la disciplina y el desbordamiento. Quiero decir con ello que el verso es extenso, versicular, muy cercano a la prosa... Y a la apertura del verso, corresponde la apertura del alma; a la extensión del verso, corresponde la extensión de los seres y de nuestro ser; a la multiplicidad del verso corresponde la multiplicidad de las cosas que canta el verso. No es fríamente perfecto el poema; es tan imperfectamente humano como la vida que sus versos contienen y aman. Es, como en todas las épocas de la gran poesía, el canto.
LÊDO IVO, LA TIERRA ALLENDE
Texto leído por r.m. [Rubén Mejía] en la presentación del libro "La tierra allende" -antología poética bilingüe- en el homenaje realizado al poeta Lêdo Ivo el 3 de octubre de 2005 en el patio de Palacio de Gobierno de la ciudad de Chihuahua, México.
Entre 1940 y 1945 el joven escritor Lêdo Ivo vislumbraba una travesía personal, un viaje por los siete mares de la poesía hacia nuevos y antiguos mundos, hacia los territorios que están más allá, del otro lado de los días, hacia la tierra allende. El joven Lêdo escribía:
«Cantaré la vida que ante mí se despliega, las ciudades de cemento armado y calles claras que la noche cubre con su misterio dulcemente medieval...
«Cantaré los oceános y los ríos, las estrellas que existen, las bahías, los estrechos, las tempestades y las noches en que la lluvia cae sobre la vieja tierra...
«Cantaré el esplendor de la poesía sin el más pequeño dolor romántico en el corazón, y en caso de que un dolor así surgiera lo escupiría para sentirme fuerte y joven...
«Cantaré el mar, los viajes, el momento en que un hombre diferente y que me desconoce, siente lo que yo siento sin sentirme en él...»
Y hacia una petición, una exigencia personal al mundo y a la vida misma. Exclamaba:
«Cantaré todo pero que me den libertad de cantar, que no me escojan los nombres de las ciudades y de los ríos, que no me indiquen los temas...»
Y más adelante, desplegando al máximo la vista en los fondos claros del espejo, extendiendo para sí mismo puentes visionarios, mirando «La imaginaria ventana abierta» y a la vez viendo desde esa imaginaria ventana abierta, en este poema esplendidamente traducido por Carlos Montemayor, aquel joven lejano poeta nos dice de cerca, casi al oído:
«Después moriré: no me amen o me desprecien de más, pero guarden mi nombre y búsquenme en los versos tal como soy exactamente: unido a todos, rebelde, inconsecuente, confuso y lírico...»
Sesenta y cinco años después, Lêdo Ivo sigue siendo precisa y exactamente: lírico, confuso, inconsecuente, rebelde y entregado a todos, con un adjetivo extra, por añadidura: un espíritu liberado, libertado. Esa libertad que demandaba a sus veinte años, la ha conquistado con creces, verso tras verso, de canto en canto, en sus veintitrés libros de poesía.
Poeta guerrero, desafiante en todas las fases de su larga trayectoria literaria, siempre al alba, en un duelo de amor y muerte con lo inefable, en contra de lo que no puede exlicarse, pero puede hablarse aun sin voz, en contra de lo que no puede decirse, pero puede poetizarse aun sin lápiz ni papel, Lêdo Ivo ha unido con la línea sin fin de sus versos lo mínimo y lo inconmensurable, lo breve y lo infinito, el fragmento y lo total.
En el ensayo introductorio a la primera antología de Lêdo Ivo publicada en México, Carlos Montemayor habla en 1979 sobre una poética de la totalidad. Ahí leemos: «Conviven en el mismo poema la totalidad de las cosas y la descripción particularísima de ella... junto a la totalidad vive también, con la misma entereza, con la misma intensa vida, lo parcial, lo pequeño, lo efímero... Es como si lo total fuera posible por la revelación de lo nimio». Y en otro espacio de ese mismo ensayo nos habla de la tensión del lenguaje entre la disciplina y el desbordamiento de una «conciencia amazónica que implica no sólo su ceñimiento, sino también su liberación, su erupción, su llamarada explosiva».
A estas ideas de Montemayor, quiero agregar que esos extremos entre los que se delínean las formas literarias y la lengua poética de Lêdo Ivo, entre la concentración interior y la repentina ruptura exterior, entre el verso que ahonda en la tierra adentro y la metáfora que va expandiéndose hasta desbordarnos, me encaminan -por lo menos a mí- hacia los territorios literarios y lingüísticos no de otros poetas de su generación, respecto a los cuales podríamos decir que Lêdo Ivo es una síntesis diferenciada, sino por los derroteros de dos narradores brasileños cuyas prosas en novelas y cuentos son de una extraña belleza, tanto en su intensidad concentrada como en su estética altamente irruptiva, me refiero a Clarice Lispector y Joao Gimaraes Rosa, dos extremos que se tocan, se imbrican y se trenzan en el vasto y fascinante panorama de la literatura brasileña del siglo XX. Entre la noche impura que sueña con la Nada y la Pureza de Clarice Lispector y ese sol del Sertón brasileño, ese sol del mediodía y la desmesura que aun de noche exubera en pos del Todo y en pos del amor, en la novela El Gran Sertão Veredas, de Guimaraes Rosa, entre tales extremos se desplaza el espíritu poético, concentrado y liberado, explosivo e implosivo, del maestro Lêdo.
Asimismo, en referencia a lo fragmentario y la totalidad en su poesía,sólo añado que tanto en las antiguas filosofías herméticas como en las ciencias modernas de la complejidad, es decir en una línea en expansión del conocimiento que comprende más de tres mil años, no hay diferencia alguna entre el fragmento y lo absoluto, «La parte es el todo y el todo está en cada una de sus partes», u otra vieja enseñanza: «Como es arriba es abajo, como es abajo es arriba».
En el universo poético de Ivo, viéndolo y leyéndolo precisamente como una totalidad, un verso es la poesía y el poema está en cada uno de sus versos, un fragmento total donde la raícilla más profunda del árbol es, al mismo tiempo, la rama más elevada de su copa, es un árbol y el bosque entero y, a su vez, es un sol filtrándose por entre el follaje, los nidos, los pájaros y los frutos: los rayos luminosos del sol y las manchas negras de ese mismo sol. Su obra poética es una confirmación de la identidad plena entre un grano de mostaza y los reinos de la tierra y de los cielos: «Como es abajo es arriba, como es arriba es abajo».
A partir de su visión panteista de la naturaleza y del mundo, Todo es Dios, Dios es el poema -por lo tanto-, El poema es todo lo posible: o sea, los murciélagos de su niñez que chocan contra las paredes, ciegos como nosotros; los peces que sueñan con los ojos abiertos, inmóviles, y se resisten a enseñarnos cómo debemos soñar; la mujer, esponja del hombre, que mediante su cuerpo y su mirada posee todo el paisaje como un pájaro; las palabras, su patria secreta; su natal Maceió a la que vuelve todos los días de su vida sólo para constatar que su pureza es la del agua, es decir todo lo que está, todo lo que es, pero asimismo todo aquello que no es, lo que no existe ni será. La realidad, Dios mismo no es, no son. Para concebir a Dios de una manera única, como una totalidad, debemos reconocer y aprender a creer que Dios no existe.
Desde sus primeros poemas, Lêdo nos invitaba a poner de cabeza a Santo Tomás, es decir a ver lo que no es para creer en lo que es: «Miren lo que no existe... Creánlo y serán poetas», y en otro de sus versos nos recuerda: «Un hombre que sueña es todo lo que no es...» Y más todavía: «Sólo sé lo que no aprendí:/ el viento que sopla/ la lluvia que cae/ y el amor» ó «Yo que siempre vi lo que no existe/ y veré eternamente lo que jamás será» hasta El deseo, último texto de su poesia completa: «Nací para no ser/ y para ser lo que no es,/ después de tanto soñar/ después de tanto vivir».
En la obra de Ivo no hay asertos ni verdades, no encontramos puertas abiertas entre él y la realidad, sólo hay sueños, encantos, magias y posibilidades, un continuum poético a lo largo de más de mil páginas, un canto de largo aliento a todo aquello que es pero simultáneamente no es, mas es poesible.
Por último, comparto con ustedes la siguiente idea. Así como la ciencia física, a partir de la teoría de la relatividad y de la mecánica cuántica, habla de una continuadad del tiempo y del espacio, de un continuum espacio-tiempo en nuestro universo, del mismo modo, o de otro modo lo mismo, pienso que hay en las artes y en la poesía un continuo espacio-tiempo-poético que se revela en todas las épocas y en las obras individuales, y asimismo colectivas, de artistas y poetas. Citemos un ejemplo a la mano a partir de un bello nombre y una palabra poderosa: Finisterra y de una geografía poética que va de Rio de Janeiro, Brasil, a la ciudad de Chihuahua, México.
En 1972 Lêdo Ivo publica en Río de Janeiro: Finisterra, donde el poema que le da título al libro es una de las altas creaciones de nuestro poeta brasileño; diez años después, en 1982 Carlos Montemayor publica en la ciudad de México uno de sus mejores libros de poesía bajo el título Finisterra; en 1989 en la ciudad de Chihuahua, Gaspar Gumaro Orozco y Alfredo Espinosa fundan Finisterra, revista del malogrado Cidech, en cuyo número 5, en 1990, Enrique Servín publica traducciones de Lêdo Ivo, las primeras en Chihuahua. Finalmente, hoy 3 de octubre de 2005 aquí en Palacio de Gobierno, en el punto nodal de la historia de Chihuahua -que podría ser asimismo el punto final de la tierra-, tenemos entre nosotros al maestro Lêdo Ivo y celebramos la publicación de un libro cuyo nombre invita a ir a la Finisterra prometida, a trascender a los territorios de más allá, en la tierra allende.
Es decir, lo que es para las ciencias es para las artes, el continuum del conocimiento del hombre no distingue un saber del otro. El todo está en el todo.
*
Ahora sí, finalmente:
Cuando hace un par de meses en el bar El Coliseo, Enrique Servín me hizo una invitación para participar en una mesa de lectura al lado de Lêdo Ivo, mi primera reacción -después de apurar el respectivo caballito de Cuervo- fue decirle: «Mejor le hacemos un libro de homenaje con varios traductores mexicanos». Así, entre arenas levantiscas y movedizas, inicié una pausada recopilación de textos de Ivo, entre libros, revistas, suplementos culturales y páginas de internet, traducidos al español por poetas y escritores de diferentes latitudes y generaciones.
Por mi parte, busqué las fotocopias de los poemarios «Magias» y «Um brasileiro em Paris» que Enrique Servín y yo encontramos arrumbados, entre el polvo y el moho, en una ala perdida de la hoy desmantelada y más perdida biblioteca de la Universidad Autónoma de Chihuahua, reemplazada por un servicio cibernético en red gracias a esos modernos dioses que, como diría Lêdo Ivo, «insisten en pregonar la conveniencia de la muerte».
El breve y a la vez largo viaje editorial, que recorrí junto con el pintor Felipe Alcántar y el diseñador Luis Carlos Salcido -prolíficos creadores chihuahuenses cuyos nombres, por cierto, no aparecen entre los invitados de este festival- ese caminó llegó a este punto, aquí en el libro para ustedes: «Lêdo Ivo. La tierra allende. Antología poética 1944-2005. Edición bilingüe» con el cual Ediciones del Azar A.C., empresa cultural independiente, inicia una nueva colección «Los mil y un libros» en su serie Lo poesible.
«La tierra allende» es la primera antología bilingüe de la poesía completa del poeta brasileño, antes traducido al inglés, holandés e italiano. Este libro se integra con una selección de textos de la mayor parte de su vasta obra, intercalados con algunas de las innumerables y brillantes reflexiones de Lêdo Ivo sobre el arte de la poesía.
Reúne a doce escritores de México en torno a una obra y a un maestro. Simplemente un poeta, ahora aquí, a nuestro lado, y padrino de esta colección Los mil y un libros.
(r.m.)
Tomado de azaraza.blogspot.com/2005_10_01_archive.html
Sunday, February 01, 2015
ALGUNAS VERSIONES EN ESPAÑOL DE LÊDO IVO
ALGUNAS VERSIONES EN ESPAÑOL DE LÊDO IVO
[La Tierra Allende, antología poética 1944-2005. Ediciones del Azar, Chihuahua, México, 2005, 109 páginas. Tomado de http://fundacionverdebiche.blogspot.com/2012/12/poemas-de-ledo-ivo.html]
NOTA: EN ESTA ANTOLOGÍA BILINGÜE PUBLICARON UNA VERSIÓN MÍA EN CASTELLANO DE SIETE POEMAS DE IVO, POSIBLEMENTE TOMADA DE LA REVISTA "LA TUNA DE ORO", VALENCIA - VENEZUELA, UNIVERSIDAD DE CARABOBO, O DE ESTE U OTRO BLOG. POR SUPUESTO, AGRADECEMOS DICHA INCLUSIÓN QUE NOS VINCULA CON POETAS Y TRADUCTORES INTERNACIONALES. J.C.De N.
LOS MURCIÉLAGOS
Versión de José Emilio Pacheco
En la cornisa de la aduana se ocultan los murciélagos.
Pero ¿dónde se esconden los hombres
que vuelan en tinieblas toda su vida y se estrellan
en la blancas paredes del amor?
La casa de nuestro padre estaba llena de murciélagos:
Candelabros pendientes de las vigas, sostén
del techo amenazado por la lluvias.
“Estos hijos nos sorben la sangre”, se quejaba mi padre.
¿Quién lanzará la primera piedra contra este mamífero
que, como el hombre, se alimenta de la sangre
(¡hermano! hermano!) y exige, comunitario,
aun en tinieblas el sudor de su prójimo?
En la aureola de un seno joven como la noche
se esconde el hombre, guarda su amor,
como si fuera oro, en su almohada
o a la luz de un farol. El murciélago duerme como péndulo
y guarda nada más el día ofendido.
A mis ochos hermanos y a mí nos legó nuestro padre
su casa en la que por la noche
caía la lluvia entre las tejas rotas.
Pagamos la hipoteca y conservamos los murciélagos.
Ahora se debaten en nuestros muros,
ciegos como nosotros.
LOS POBRES EN LA CENTRAL DE AUTOBUSES
Versión: Margarito Cuellar
Los pobre viajan, en la central de autobuses
levantan los cuellos, como gansos para mirar
los letreros del autobús. Sus miradas
son de quien teme perder alguna cosa:
la valija que guarda un radio de pilas y una chaqueta
que tiene el color del frío en un día sin sueños,
el sándwich de mortadela en el fondo de la bolsa,
el sol del suburbio y polvo más allá de los viaductos.
Entre el rumor de los altoparlantes y el acelerar del autobús
temen perder su propio viaje
oculto en la niebla de los horarios.
Los que dormitan en los asientos despiertan asustados,
aunque las pesadillas sean privilegio
de los que abastecen los oídos y el tedio de los psicoanalistas
en consultorios asépticos como el algodón que tapa la nariz de los muertos.
En las filas los pobres asumen un aire grave
que une temor, impaciencia y sumisión.
¡Qué grotescos los pobres! ¡Y cómo sus olores
Incomodan la noción de la conveniencias, no saben comportarse.
El dedo sucio de nicotina restriega el ojo irritado
que del sueño retuvo apenas la legaña.
Del seno caído y dilatado escurre un hilillo de leche
hacia la pequeña boca habituada al llanto.
En la plataforma van y vienen, corren, aseguran maletas y paquetes,
hacen preguntas inconvenientes en las ventanillas, susurran palabras misteriosas
y contemplan las portadas de las revistas con el aire de espanto
de quien no sabe el camino del salón de la vida.
¿Por qué ese ir y venir? Y esas ropas extravagantes,
esos amarillos de aceite de palmera que duelen a la vista delicada
del viajante obligado a soportar tantos olores incómodos.
¿Y esos rojos contundentes de feria y parque de diversiones?
Los pobres no saben viajar ni vestirse.
Tampoco saben vivir: no tienen noción del bienestar
aunque algunos poseen hasta televisión.
La verdad es que los pobres no saben ni morir.
(Tienen casi siempre una muerte fea y poco elegante).
En cualquier lugar del mundo incomodan,
… viajeros inoportunos que ocupan nuestros lugares aunque viajemos sentados y …
ellos de pie.
ASILO DE SANTA LEOPOLDINA
Traducción de Stefan Baciu y Jorge Lobillo
Todos los días vuelvo a Maceió.
Llego en navíos desaparecidos, en trenes sedientos.
En aviones ciegos que sólo aterrizan al anochecer.
En los estrados de las plazas blancas pasean cangrejos.
Entre las piedras de las calles escurren ríos de azúcar
fluyendo dulcemente de los sacos almacenados en los trapiches
y clarean la sangre vieja de los asesinados.
Luego que desembarco tomo el camino del hospicio.
En la ciudad donde mis ancestros reposan en cementerios marinos
sólo los locos de mi infancia continúan vivos a mi espera.
Todos me reconocen y me saludan con gruñidos
y gestos obscenos o ruidosos.
Cerca, en el cuartel, la corneta que chilla
separa la puesta de sol de la noche estrellada.
Los locos lánguidos bailan y cantan entre las gradas.
¡Aleluya! ¡Aleluya! Más allá de la piedad
el orden del mundo brilla como una espada.
Y el viento del mar océano inunda mis ojos de lágrimas.
EL PÁJARO MUERTO
Traducción: Francisco Cervantes
La santidad del mundo se me aparece
bajo la forma espantada de ardilla
que me contempla entre los arbustos.
Debo esta aparición al Dios que me creó
y me hace notar lo menudo y lo insólito.
El polvillo en el ala de la mariposa,
En la lluvia radiante.
Me agacho y agarro el pajarito muerto
que ni la nieve supo guardar.
¿Por qué lo has matado, dios del frío,
que, en la noche de Nueva York, unes a hombre y mujer?
Como una hormiga, espero a que pase el tren
para atravesar
las vías ensangrentadas del óxido
y, diamantero, amo lo que el tiempo hizo
sin que fuese necesario herir o insultar;
ola en la plancha putrefacta de un navío
o el fulgor de un diamante.
A esa forma de perfección, luminosa y fría
es a la que aspiro a veces cuando, en el banco de un parque,
veo a un pajarito muerto
u, hombre, soy una ardilla
que las ardillas vienen a mirar con sorpresa.
A los cielos, que guardan el granizo y la pedrisca,
pido la no implantación del sello funerario.
¿Pero cómo ese dios sordo me oiría?
¿Cómo sus ojos vacíos, de qué modo
me adivinaría? Y las hojas caen, deslavadas, y el otoño
es viento y putrefacción.
SONETO A LA PATRIA
Versión: Héctor Carreto
Esta noche, en Toronto, junto a un lago de hielo
que es inmune al graznido de los gansos,
una patria ofendida surge de lo oscuro
y sale a mi encuentro con su sol y andrajos.
A su alrededor están los habitantes
del suelo silencioso de los mangles, la señal del semáforo
que como un ave se estremece en la marejada
y los mendigos que esperan la muerte bajo el paso a desnivel.
Mientras camino bajo la nieve de esta noche extranjera,
entre las sílabas negras de los frígidos pinos,
murmuro al viento tu nombre devastado.
Oh patria desamada, oh ramera,
mientras más me distancio, tu espina
más punza en mi mano inútil y helada.
EL PORTÓN DE LA NOCHE
Versión: Rubén Mejía
El portón permanece abierto el día entero,
pero en la noche yo mismo lo cierro.
No espero a ningún visitante nocturno
a no ser el ladrón que salta el muro de los sueños.
La noche silenciosa que me hace escuchar
el nacimiento de los manantiales en los bosques.
Mi cama, blanca como la Vía Láctea,
es angosta para mí en la noche negra.
Ocupo todo el espacio del mundo: mi mano desatenta
Derriba una estrella y ahuyenta un murciélago.
El latir de mi corazón intriga a las lechuzas
que, en las ramas de los cedros, rumian el enigma
del día y de la noche paridos por las aguas.
En mi sueño de piedra quedo inmóvil y viajo:
soy el viento que palpa las alcachofas
y enmohece los arreos colgados en el establo,
soy la hormiga que, guiada por las constelaciones,
aspira los perfumes de la tierra y del océano.
Un hombre que sueña es todo lo que no es:
el mar dañado por los navíos,
el silbido negro del tren entre hogueras,
la mancha que ennegrece el tambor de querosén.
Cierro el portón antes de dormir,
mas en el sueño se abre. Quien no vino de día
pisando las hojas secas de los eucaliptos
viene de noche, pues conoce el camino, al igual que los muertos
que aún no han venido, pero saben dónde estoy,
—cubierto por una mortaja, como todos los que sueñan
y se agitan en la oscuridad, gritando las palabras
que huyeron del diccionario y fueron a respirar el aire de la noche que huele a jazmín
y al dulce estiércol fermentado.
Los visitantes indeseables atraviesan las puertas atrancadas
y las persianas que filtran el paso de la brisa, rodeándome.
¡Oh misterio del mundo, ningún candado cierra el portón de la noche!
Fue vano pensar que el anochecer dormiría solo,
protegido por el alambrado de púas que cerca mis tierras
y por mis perros que sueñan con los ojos abiertos.
En la noche, una simple brisa destruye los muros levantados por los hombres.
Aunque mi portón va a amanecer cerrado,
sé que alguien lo abrió en el silencio de la noche
y participó en la oscuridad de mi sueño inquieto.
LA QUEMA
Versión: Rubén Mejía
Quema todo lo puedas:
las cartas de amor
las cuentas telefónicas
la lista de la ropa sucia
las escrituras y los certificados
las indiscreciones de los colegas resentidos
la confesión a medias
el poema erótico que ratifica la impotencia
y anuncia la arterioesclerosis
los recortes antiguos y las fotografías amarillentas.
No dejes a los herederos hambrientos
Ninguna herencia de papel.
Sé como los lobos: habita en una cueva
Y sólo muestra a la canalla de las calles tus dientes afilados.
Vive y muere encerrado como un caracol.
Di siempre no a la escoria electrónica.
Destruye los poemas inacabados, los esbozos,
las variantes y los fragmentos
que provocan el orgasmo tardío de los filólogos y académicos.
No dejes a los catadores de basura literaria ninguna migaja.
No confíes a nadie tu secreto.
La verdad no puede ser dicha.
Extraídos de: La Tierra Allende, antología poética 1944-2005. Edición bilingüe. Chihuahua, México: Ediciones del Azar, 1001 Libros, Serie Lo Poesible, 2005, con la debida autorización del autor.
[La Tierra Allende, antología poética 1944-2005. Ediciones del Azar, Chihuahua, México, 2005, 109 páginas. Tomado de http://fundacionverdebiche.blogspot.com/2012/12/poemas-de-ledo-ivo.html]
NOTA: EN ESTA ANTOLOGÍA BILINGÜE PUBLICARON UNA VERSIÓN MÍA EN CASTELLANO DE SIETE POEMAS DE IVO, POSIBLEMENTE TOMADA DE LA REVISTA "LA TUNA DE ORO", VALENCIA - VENEZUELA, UNIVERSIDAD DE CARABOBO, O DE ESTE U OTRO BLOG. POR SUPUESTO, AGRADECEMOS DICHA INCLUSIÓN QUE NOS VINCULA CON POETAS Y TRADUCTORES INTERNACIONALES. J.C.De N.
LOS MURCIÉLAGOS
Versión de José Emilio Pacheco
En la cornisa de la aduana se ocultan los murciélagos.
Pero ¿dónde se esconden los hombres
que vuelan en tinieblas toda su vida y se estrellan
en la blancas paredes del amor?
La casa de nuestro padre estaba llena de murciélagos:
Candelabros pendientes de las vigas, sostén
del techo amenazado por la lluvias.
“Estos hijos nos sorben la sangre”, se quejaba mi padre.
¿Quién lanzará la primera piedra contra este mamífero
que, como el hombre, se alimenta de la sangre
(¡hermano! hermano!) y exige, comunitario,
aun en tinieblas el sudor de su prójimo?
En la aureola de un seno joven como la noche
se esconde el hombre, guarda su amor,
como si fuera oro, en su almohada
o a la luz de un farol. El murciélago duerme como péndulo
y guarda nada más el día ofendido.
A mis ochos hermanos y a mí nos legó nuestro padre
su casa en la que por la noche
caía la lluvia entre las tejas rotas.
Pagamos la hipoteca y conservamos los murciélagos.
Ahora se debaten en nuestros muros,
ciegos como nosotros.
LOS POBRES EN LA CENTRAL DE AUTOBUSES
Versión: Margarito Cuellar
Los pobre viajan, en la central de autobuses
levantan los cuellos, como gansos para mirar
los letreros del autobús. Sus miradas
son de quien teme perder alguna cosa:
la valija que guarda un radio de pilas y una chaqueta
que tiene el color del frío en un día sin sueños,
el sándwich de mortadela en el fondo de la bolsa,
el sol del suburbio y polvo más allá de los viaductos.
Entre el rumor de los altoparlantes y el acelerar del autobús
temen perder su propio viaje
oculto en la niebla de los horarios.
Los que dormitan en los asientos despiertan asustados,
aunque las pesadillas sean privilegio
de los que abastecen los oídos y el tedio de los psicoanalistas
en consultorios asépticos como el algodón que tapa la nariz de los muertos.
En las filas los pobres asumen un aire grave
que une temor, impaciencia y sumisión.
¡Qué grotescos los pobres! ¡Y cómo sus olores
Incomodan la noción de la conveniencias, no saben comportarse.
El dedo sucio de nicotina restriega el ojo irritado
que del sueño retuvo apenas la legaña.
Del seno caído y dilatado escurre un hilillo de leche
hacia la pequeña boca habituada al llanto.
En la plataforma van y vienen, corren, aseguran maletas y paquetes,
hacen preguntas inconvenientes en las ventanillas, susurran palabras misteriosas
y contemplan las portadas de las revistas con el aire de espanto
de quien no sabe el camino del salón de la vida.
¿Por qué ese ir y venir? Y esas ropas extravagantes,
esos amarillos de aceite de palmera que duelen a la vista delicada
del viajante obligado a soportar tantos olores incómodos.
¿Y esos rojos contundentes de feria y parque de diversiones?
Los pobres no saben viajar ni vestirse.
Tampoco saben vivir: no tienen noción del bienestar
aunque algunos poseen hasta televisión.
La verdad es que los pobres no saben ni morir.
(Tienen casi siempre una muerte fea y poco elegante).
En cualquier lugar del mundo incomodan,
… viajeros inoportunos que ocupan nuestros lugares aunque viajemos sentados y …
ellos de pie.
ASILO DE SANTA LEOPOLDINA
Traducción de Stefan Baciu y Jorge Lobillo
Todos los días vuelvo a Maceió.
Llego en navíos desaparecidos, en trenes sedientos.
En aviones ciegos que sólo aterrizan al anochecer.
En los estrados de las plazas blancas pasean cangrejos.
Entre las piedras de las calles escurren ríos de azúcar
fluyendo dulcemente de los sacos almacenados en los trapiches
y clarean la sangre vieja de los asesinados.
Luego que desembarco tomo el camino del hospicio.
En la ciudad donde mis ancestros reposan en cementerios marinos
sólo los locos de mi infancia continúan vivos a mi espera.
Todos me reconocen y me saludan con gruñidos
y gestos obscenos o ruidosos.
Cerca, en el cuartel, la corneta que chilla
separa la puesta de sol de la noche estrellada.
Los locos lánguidos bailan y cantan entre las gradas.
¡Aleluya! ¡Aleluya! Más allá de la piedad
el orden del mundo brilla como una espada.
Y el viento del mar océano inunda mis ojos de lágrimas.
EL PÁJARO MUERTO
Traducción: Francisco Cervantes
La santidad del mundo se me aparece
bajo la forma espantada de ardilla
que me contempla entre los arbustos.
Debo esta aparición al Dios que me creó
y me hace notar lo menudo y lo insólito.
El polvillo en el ala de la mariposa,
En la lluvia radiante.
Me agacho y agarro el pajarito muerto
que ni la nieve supo guardar.
¿Por qué lo has matado, dios del frío,
que, en la noche de Nueva York, unes a hombre y mujer?
Como una hormiga, espero a que pase el tren
para atravesar
las vías ensangrentadas del óxido
y, diamantero, amo lo que el tiempo hizo
sin que fuese necesario herir o insultar;
ola en la plancha putrefacta de un navío
o el fulgor de un diamante.
A esa forma de perfección, luminosa y fría
es a la que aspiro a veces cuando, en el banco de un parque,
veo a un pajarito muerto
u, hombre, soy una ardilla
que las ardillas vienen a mirar con sorpresa.
A los cielos, que guardan el granizo y la pedrisca,
pido la no implantación del sello funerario.
¿Pero cómo ese dios sordo me oiría?
¿Cómo sus ojos vacíos, de qué modo
me adivinaría? Y las hojas caen, deslavadas, y el otoño
es viento y putrefacción.
SONETO A LA PATRIA
Versión: Héctor Carreto
Esta noche, en Toronto, junto a un lago de hielo
que es inmune al graznido de los gansos,
una patria ofendida surge de lo oscuro
y sale a mi encuentro con su sol y andrajos.
A su alrededor están los habitantes
del suelo silencioso de los mangles, la señal del semáforo
que como un ave se estremece en la marejada
y los mendigos que esperan la muerte bajo el paso a desnivel.
Mientras camino bajo la nieve de esta noche extranjera,
entre las sílabas negras de los frígidos pinos,
murmuro al viento tu nombre devastado.
Oh patria desamada, oh ramera,
mientras más me distancio, tu espina
más punza en mi mano inútil y helada.
EL PORTÓN DE LA NOCHE
Versión: Rubén Mejía
El portón permanece abierto el día entero,
pero en la noche yo mismo lo cierro.
No espero a ningún visitante nocturno
a no ser el ladrón que salta el muro de los sueños.
La noche silenciosa que me hace escuchar
el nacimiento de los manantiales en los bosques.
Mi cama, blanca como la Vía Láctea,
es angosta para mí en la noche negra.
Ocupo todo el espacio del mundo: mi mano desatenta
Derriba una estrella y ahuyenta un murciélago.
El latir de mi corazón intriga a las lechuzas
que, en las ramas de los cedros, rumian el enigma
del día y de la noche paridos por las aguas.
En mi sueño de piedra quedo inmóvil y viajo:
soy el viento que palpa las alcachofas
y enmohece los arreos colgados en el establo,
soy la hormiga que, guiada por las constelaciones,
aspira los perfumes de la tierra y del océano.
Un hombre que sueña es todo lo que no es:
el mar dañado por los navíos,
el silbido negro del tren entre hogueras,
la mancha que ennegrece el tambor de querosén.
Cierro el portón antes de dormir,
mas en el sueño se abre. Quien no vino de día
pisando las hojas secas de los eucaliptos
viene de noche, pues conoce el camino, al igual que los muertos
que aún no han venido, pero saben dónde estoy,
—cubierto por una mortaja, como todos los que sueñan
y se agitan en la oscuridad, gritando las palabras
que huyeron del diccionario y fueron a respirar el aire de la noche que huele a jazmín
y al dulce estiércol fermentado.
Los visitantes indeseables atraviesan las puertas atrancadas
y las persianas que filtran el paso de la brisa, rodeándome.
¡Oh misterio del mundo, ningún candado cierra el portón de la noche!
Fue vano pensar que el anochecer dormiría solo,
protegido por el alambrado de púas que cerca mis tierras
y por mis perros que sueñan con los ojos abiertos.
En la noche, una simple brisa destruye los muros levantados por los hombres.
Aunque mi portón va a amanecer cerrado,
sé que alguien lo abrió en el silencio de la noche
y participó en la oscuridad de mi sueño inquieto.
LA QUEMA
Versión: Rubén Mejía
Quema todo lo puedas:
las cartas de amor
las cuentas telefónicas
la lista de la ropa sucia
las escrituras y los certificados
las indiscreciones de los colegas resentidos
la confesión a medias
el poema erótico que ratifica la impotencia
y anuncia la arterioesclerosis
los recortes antiguos y las fotografías amarillentas.
No dejes a los herederos hambrientos
Ninguna herencia de papel.
Sé como los lobos: habita en una cueva
Y sólo muestra a la canalla de las calles tus dientes afilados.
Vive y muere encerrado como un caracol.
Di siempre no a la escoria electrónica.
Destruye los poemas inacabados, los esbozos,
las variantes y los fragmentos
que provocan el orgasmo tardío de los filólogos y académicos.
No dejes a los catadores de basura literaria ninguna migaja.
No confíes a nadie tu secreto.
La verdad no puede ser dicha.
Extraídos de: La Tierra Allende, antología poética 1944-2005. Edición bilingüe. Chihuahua, México: Ediciones del Azar, 1001 Libros, Serie Lo Poesible, 2005, con la debida autorización del autor.
Subscribe to:
Posts (Atom)













