Monday, May 17, 2010

INVITACIÓN SABATINA: JORNADA LÚDICA DE LITERATURA EN EL LICEO PEDRO GUAL DE VALENCIA (22 DE MAYO DE 2010, 9 AM)

Este retrato es cortesía de Orlando Oliveros




Estimados Amigos:


He aquí otra invitación para ustedes y sus carnales:


El día sábado 22 de mayo de 2010, a partir de las 9 am, se desarrollará en el Liceo Pedro Gual de la ciudad de Valencia (Avenida Bolívar), Carabobo, una Jornada Lúdica sobre la Literatura, la cual se especifica a continuación:


-El ensayista José Carlos De Nóbrega disertará sobre "Una lectura anarquista a Andrés Mariño Palacio".


-El ensayista y psiquiatra Pedro Téllez se referirá al tema de "La Literatura y los Sueños".


-El poeta Luis Alberto Angulo conversará sobre la Poesía Venezolana.


Sin más por el momento, queda de ustedes su amigo José Carlos De Nóbrega.

Saturday, May 15, 2010

ARGENIS SALAZAR PRESENTARÁ SUS DOS PRIMEROS LIBROS EN VALENCIA DE SAN DESIDERIO Y CARACAS




Estimados Amigos: Les hago llegar una invitación para ustedes y sus seres más queridos , la cual se detalla a continuación:

El jueves 27 de mayo de 2010, a las 3 pm, en la sede de Librerías del Sur Valencia (Avenida Bolívar, Mezzanina del Centro Comercial Camoruco) los ensayistas Pedro Téllez y José Carlos De Nóbrega presentarán los dos primeros libros de Argenis Salazar: Equijotaciones (2009) y Ocipucio (2010), ambos títulos editados en España por la editorial Visión Libros. Ambos volúmenes se caracterizan por su aproximación lúdica al lenguaje culto y popular, su discurso transgenérico y una visión poética, irónica y poco compasiva del mundo hoy.
Asimismo, se presentarán estas dos obras en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Casa de Rómulo Gallegos, Av. Luis Roche con 3ra Transversal, Altamira, Caracas, el viernes 28 de mayo de 2010 a las 6:30 pm.

Agradeciendo de antemano su atención, queda de ustedes José Carlos De Nóbrega.

Friday, May 07, 2010

PRESENTACIÓN DEL LIBRO "OCIPUCIO" DE ARGENIS SALAZAR




El día 23 de abril de 2010, nuestro amigo Argenis Salazar presentó en el Ateneo de Madrid su libro de cuentos Ocipucio, el cual constituye su segunda incursión en la literatura. Hemos leído cinco de sus nueve cuentos con morbo y sumo placer. Revisitando El jardín de las delicias del Bosco, nos demuestra su fascinación por el lenguaje sin importar si es culto o popular; ironiza sin concesiones en torno a la futilidad del academicismo, cuando profana y desparrama el contenido apestoso de sus sepulcros blanqueados; apela a un bestiario personal (sea una jirafa flaca de hambre o un periquito universitario atrapado en un portatítulos) en la configuración de una visión desamparada del mundo hoy, estupidizado por los mass media en la promoción de la intolerancia y el despropósito ideológico; y, sobre todo, nos retrotrae a Emmanuel Lévinas en su diálogo descarnado, ético y paradójico con el Otro, pues persistimos indolentemente en no reconocernos ni contristarnos en el espejo de sus ojos. Muy pronto nos acompañará en Venezuela (última semana de mayo) para presentar sus dos libros, Ocipucio (2010) y Equijotaciones (2009). Además la conversa será calurosa y festiva, como bien lo merece la literatura que enriquece el corazón de los hombres. Por este compulsivo instrumento de comunicación les notificaremos dónde y cuándo presentaremos ambos libros en Venezuela.

Wednesday, May 05, 2010

MORIBUNDO EL BURGOMAESTRE. COMISA¡RAVI!


MORIBUNDO EL BURGOMAESTRE

COLECTIVO MÍSTICO ANARQUISTA ¡RASPUTÍN VIVE!


"Este es un partido disciplinado y en sus estatutos está que el acto de votación es obligatorio. Puede ser justificada una ausencia, pero tiene que justificarla. Y él (Panchito Ameliach) dijo en su oportunidad que aquellos militantes del Psuv que no ejercieran el derecho al voto en las elecciones internas o su inasistencia, no iban a ser considerados para futuros cargos públicos. Eso lo transmití yo y lo reiteré ese día", justificó. Edgardo Parra, el alcaparrado alcalde de Valencia de San Simeón el estilita.


A nombre del Colectivo Místico Anarquista ¡Rasputín Vive!, solicitamos al camarada Guillermo Vizcaya que mueva cielo y tierra para declarar Patrimonio -o alcornoque- sofístico de la ciudad de Valencia a la lengua desdichada del Burgomaestre Edgardo Parra. Sugerimos que se exhiba en capilla ardiente en el Club Centro de Amigos -que ni es club ni es museo- para beneplácito de los militantes del Partido Socialista Unido de Venezuela del estado Carabobo. Esta lengua de trapo, política-policial, es suicida y moribunda: los que se abstuvieron de votar el domingo 2 de mayo le pasarán factura a la floja y gris gestión municipal del alcalde (como se sabe, su corte maula nos vigila desde la Urbanización El Trigal bajo el ala bonchona y maloliente de los Taffin). Guillermito, déjate de pendejadas, ya estamos hartos de tus simposios de arte al aire libre, la reventa de sangría y lo ágrafa de tu gestión cultural. Valga la oportunidad de convocar a nuestros artesanos para que copien ad infinitum la trapera lengua del burgomaestre, la cual lame compulsiva las miasmas del puente Morillo y las alcantarillas que convierten a nuestra ciudad en estúpida ínsula sin bomba de achique.


En Valencia de San Simeón el estilita, miércoles 5 de mayo de 2010.

Tuesday, April 27, 2010

OTRA BREVE APROXIMACIÓN A LA POESÍA BRASILEÑA: CARLOS DRUMMOND DE ANDRADE. José Carlos De Nóbrega


OTRA BREVE APROXIMACIÓN A LA POESÍA BRASILEÑA: CARLOS DRUMMOND DE ANDRADE


José Carlos De Nóbrega


Carlos Drummond de Andrade (Itabira, Minas Gerais, 1902-Rio de Janeiro, 1987) es otro de los grandes egregios de la poesía contemporánea de Brasil, producto del influjo y la evolución del modernismo en sus múltiples derivaciones. Entre sus 28 libros de poesía tenemos Alguma poesia (1930), Brejo das almas (1934), Sentimento do mundo (1940), Reuniâo (1967; que además de los tres anteriores contiene los libros José, A rosa do povo, Novos poemas, Claro enigma, Fazendeiro do ar, A vida passada a limpo y Liçaô de coisas). De su obra tenemos esta aproximación del poeta argentino Rodolfo Alonso, quien tuvo el privilegio de traducirlo a nuestra lengua:


“Fue Carlos Drummond de Andrade el primero que me hizo intuir que se podía ser al mismo tiempo exigentemente moderno y honestamente nacional, sin demagogia ni retórica alguna, oscura y límpidamente sentimental e irónico, preciso y contagioso, tan apasionado como distante, tan lúcido como devotamente entregado a lo esencial y a lo vivaz de su ambiente y de su pueblo, no declamado sino embebido en el propio ser, ser tan legítimo que permite ser los otros sin dejar de ser uno mismo. Y sobre todo ser lenguaje, ser lenguaje encarnado y contagioso, fraternal y exigente, tembloroso y justísimo. En momentos de ciego maniqueísmo, Drummond intuía acaso, como Heráclito, que la retórica no es apenas una cuestión literaria sino, en realidad el arte de conducir a la matanza. Se podía entonces ser fiel a la libertad y a la justicia, se podía intentar ser hombre en el poema, como él afirmó tan lúcidamente” (Rodolfo Alonso, 2004: p. 7).

Refiriéndose a Impurezas do branco (1972), Drummond planteaba que “las materias de este libro son Comunicación Persona Vivir Amar Problematizar Morir Divinidad Quijotes Artistas Brasil Una Casa” (Wilson Martins, 1996), en un ejercicio aforístico sin signos de puntuación que revela el estado dialéctico, contingente y paradójico que constituye su discurso poético y vital. Revisemos sus Aforismos de Caballo, texto poético que se apropia de la idiosincracia popular, el cancionero infantil (presidido por el efecto anafórico y una rima elemental pero limpia) y un ejercicio metafórico primario pero harto sugerente que saca chispas a la sensualidad del objeto poético –entre el caballo académico griego y la bestia imaginada en Galia-:

AFORISMOS DE CABALLO

Caballo ruano corre todo el año
Caballo bayo más veloz que el rayo
Caballo blanco vea allá si es manco
Caballo rucio compro dos por mes
Caballo rosillo quiero como hijo
Caballo alazán mi pasión
Caballo entero amanse primero
Caballo de silla pero no para la doncella
Caballo negro llave de soneto
Caballo de tiro sin relincho, suspiro
Caballo de circo no corre una coma
Caballo de raza rolo de humaza
Caballo de pobre es morocota de cobre
Caballo bahiano yo doy a Fulano
Caballo paulista no baja la crisma
Caballo minero dicen que es matrero
Caballo del Sur chispa hasta en el azul
Caballo de inglés queda para otra vez.
(De Nóbrega, 2008 b).

Carlos Drummond de Andrade juega también con el claroscuro en el cuestionamiento de valores jerarquizados en el discurso del poder, omnímodo y clasista, los cuales oprimen al ser en tanto individuo y comunidad; pues no es un contrasentido consolidar la ligación del individuo y su entorno que incluye al prójimo y a sus verdugos o acosadores. Se deja filtrar la tensión entre lo individual y lo colectivo (la insoportable coyuntura moral): de la tortura interior que implica contrastar lo subjetivo con la villana bizarría que “ordena” el mundo, en el duro decir del novelista portugués Eça de Queirós, a la respuesta posible en un lirismo de eficacia social y objetivista. Bien nos lo hace notar Antonio Cándido (1991):


“El bloque central de la obra de Drummond es pues regido por inquietudes poéticas que emanan unas de otras, que se cruzan entre sí y que parecen derivar de un egotismo profundo, cuya consecuencia es una suerte de exposición mitológica de la personalidad” (p. 30).

Fijémonos en el relativo optimismo del poema Mâos dadas, su espíritu solidario en un presente que va transformando el mundo con terca persistencia, más allá de utopías y especulaciones:

MANOS GENEROSAS

No seré el poeta de un mundo caduco.
Tampoco cantaré el mundo futuro.
Estoy atado a la vida y contemplo a mis compañeros.
Están taciturnos mas alimentan grandes esperanzas.
Entre ellos, considero la enorme realidad.
El presente es tan grande, no nos desviemos.
No nos desviemos mucho, vamos de manos generosas.

No seré el cantor de una mujer, de una historia,
no diré los suspiros al anochecer, el paisaje a la vista de la ventana,
no distribuiré piedras de tropiezo o cartas de suicida,
no huiré a las islas ni seré raptado por serafines.
El tiempo es mi materia, el tiempo presente, los hombres presentes,
La vida presente. (De Nóbrega, 2008b).

Ahora, he aquí la violencia del siguiente texto, A mâo suja, el cual expone el brazo amputado en una alusión quizás al Padre Sergio de Tolstoi (automutilación en pos de la purificación del ser):

Mi mano está sucia
Necesito cortármela
De nada sirve lavarla.
El agua está podrida.
Ni enjabonarla.
El jabón es ruin.
La mano está sucia,
Sucia hace muchos años. (En Antonio Cándido, 1991: p. 34; la traducción es nuestra).

Su amargo y adusto Decir acerca del mundo lo diferencia de la dulce, “cómica” (festiva) y espontánea atmósfera de Bandeira. Sin embargo, tan traúmatica y opresiva tensión no desdice la vitalidad del discurso poético de Drummond. Invita a una posición desconfiada ante el mundo pero no enclavada en la inmovilidad del espíritu y la praxis. Reseñando la cuarta edición de Reuniâo (1973), el poeta y ensayista Eugenio Montejo (1974) nos da pistas que no redundan en el más absoluto de los desengaños:


“La vida a que nos lleva la senda drummondiana muestra, cierto es, el lóbrego paisaje de nuestro tiempo, la mutilación de sus centros estelares. Mas su presencia vital interpone en esas brumas algunos jirones de esperanza, de cordial e irónica esperanza” (p. 100).

Tuesday, April 20, 2010

UNA BREVE APROXIMACIÓN A MANUEL BANDEIRA. José Carlos De Nóbrega


UNA BREVE APROXIMACIÓN A MANUEL BANDEIRA

José Carlos De Nóbrega (texto y traducción)


El poeta Manuel Bandeira (Recife, Pernambuco, 1886-Rio de Janeiro, 1968), quien abriría la Semana de Arte Moderno en 1922 con su poema Os Sapos –leído por el también poeta Ronald de Carvalho-, es considerado un postmodernista por Izacyl Guimarâes Ferreira, sólo que despojado del radicalismo de Mário y Oswald de Andrade. No creía pertinente la virulencia antiparnasiana y antisimbolista típica del movimiento modernista en sus inicios; en sus primeros poemarios La ceniza de las horas (1917) y Carnaval (1919) subyace una deuda estética respecto al postsimbolismo, no en balde su cada vez mayor cercanía al sesgo coloquial y versolibrista modernista. En el referido poema que inauguró la insurrección modernista en Sâo Paulo, los sapos pasatistas y parnasianos croan su decimonónica ars poética en un contrapunteo uniforme -¿monocorde en lo métrico y lo musical?- que raya en la humorada:

El sapo-tonelero,
Parnasiano aguado,
Dice: - “Mi cancionero
Es bien martillado.

¡Veda como primo
En comer los hiatos!
¡Qué arte! Y nunca rimo
Los términos cognados.

Mi verso es bueno
Trigo sin cizaña.
Hago rimas con
Consonantes de apoyo.

Hace cincuenta años
Que les di la norma:
Reduce sin daños
Las formas la forma.

Clame la grey anfibia
En críticas sépticas:
No hay más poesía,
Mas hay artes poéticas...”

Sin duda, Manuel Bandeira es una de las voces poéticas más notables del continente –muy a pesar del sorprendente juicio de Jaime Tello (1983) en la Introducción a la antología Cuatro Siglos de Poesía Brasileña: “No hay en Brasil poetas comparables a Neruda, Huidobro, León de Grieff, Xavier Villaurrutia u Octavio Paz” (p. XII)-. El ensayista venezolano Mariano Picón Salas se expresó con más generosidad y tino respecto a la obra poética de Bandeira:


“Si esta poesía se expresa en uno de los más ágiles e invencioneros lenguajes poéticos que se hayan escrito en América, en un verso capaz de toda audacia, más allá del hechizo de la palabra, alienta su íntegro amor humano, su compresión de lo pequeño, olvidado y humilde, y aquel juego sonriente de ironía y piedad con que conjura los lances trágicos de toda existencia. Apuesta ganada a la muerte, y en el que la vida vuelve a emerger luminosa y tolerante (...) Aquel poeta, enfermo en un sanatorio, que se preparaba a morir en 1912, y que ha llegado tan sano a la unánime admiración de sus contemporáneos de 1958” (en Hermes Vargas, 1997: páginas 16-17).

El discurso de Bandeira toma relieve en un tono conversado que reivindica la sencillez y no la ramplonería, el dinamismo rítmico y no la monotonía musical de tenor declamatorio, afirmándose en un novedoso tratamiento de los temas y la proposición de medios inmediatos como la apelación a la crónica periodística para aproximarnos de guisa comprometida tanto al hombre de a pie como a una concepción descarnada del oficio poético. Bien lo machacaba el poeta brasileño Armindo Trevisan (2000) en su esclarecedor y enternecedor ensayo Poesia e Mensagem Social: “Condición imprescindible para hacer poesía social: el humor”. Leamos, por ejemplo:

NEOLOGISMO

Beso poco, hablo aún menos.
Mas invento palabras
Que traducen la ternura más honda
Y más cotidiana.
Inventé, por ejemplo, el verbo te adorar.
Intransitivo.
Teadoro, Teodora.


O también:

POEMA EXTRAÍDO DE UNA NOTICIA DE DIARIO
Joâo Gostoso era cargador de mercado libre y moraba en un cerro de Babilonia
/en una barraca sin número
Una noche él llegó al bar Veinte de Noviembre
Bebió
Cantó
Danzó
Después se tiró en la laguna Rodrigo de Freitas y murió ahogado.
(Bandeira, Manuel y otros, 1979: p. 59; la traducción es nuestra).

Al igual que poetas como Carlos Drummond de Andrade, su poesía no rehuyó la preocupación por configurar un ars poética personal, libre de toda preceptiva convencional y sobre todo de cierta arrogancia teórico-ideológica. Si revisamos textos como Poética y Nueva Poética, se restablece una oposición denodada contra una poesía apolínea, sosa y académica; el arte poético no puede ser más que un canto libertario y sediento por la vida, con la muerte pisándole los talones (recordemos que el poeta superó la tuberculosis, enfermedad que le permitió el exilio –físico y de extrañamiento espiritual- y el confinamiento en el sanatorio de Clavadel –Suiza, 1913- en donde dialogó y compartió con pacientes tales como Paul Eluard, Gala y Picker). Observemos un fragmento del primero y la totalidad del segundo, los cuales hablan sin cortapisas:

Abajo los puristas
Todas las palabras sobre todo los barbarismos universales
Todas las construcciones sobre todo las sintaxis de excepción
Todos los ritmos sobre todo los innumerables

Estoy harto del lirismo enamorador
Político
Raquítico
Sifilítico
De todo lirismo que capitula a lo que quiere que sea fuera de sí mismo.

De resto no es lirismo
Será contabilidad tabla de cosenos secretario del amante ejemplar
[con cien modelos de cartas y las
[diferentes maneras de agradar a las
[mujeres etc.

Quiero antes el lirismo de los locos
El lirismo de los borrachos
El lirismo difícil y punzante de los ebrios
El lirismo de los clowns de Shakespeare

- No quiero saber más del lirismo que no es liberación.


He aquí una visión dionisíaca del quehacer poético que pudiera asumirse como una acepción adicional al Diccionario del Diablo de Ambrose Bierce:

NUEVA POÉTICA

Voy a lanzar la teoría del poeta sórdido.
Poeta sórdido:
Aquel en cuya poesía hay una marca sucia de la vida.
Va un sujeto,
Sale un sujeto de casa con la ropa blanca bien planchada, y en la primera esquina
/pasa un camión, le salpica el paltó y el pantalón
/de una mancha de barro:

Es la vida.

El poema debe ser como la mancha en la ropa:
Hacer que el lector se entregue a la desesperación.

Sé que la poesía es también llovizna.
Mas ésta baña a las niñas, las estrellas alfas, las vírgenes cien por ciento y
/las amadas que envejecerán sin maldad.

(Bandeira, Manuel y otros, 1979: páginas 68-69; la traducción es nuestra).

Tuesday, April 13, 2010

YURI VALECILLO VUELVE A LAS ANDADAS EN SU CIUDAD NATAL

El camarada Yuri Valecillo anuncia una próxima incursión estética y contestataria en Valencia de San Desiderio: Su exposición fotográfica Divino y Profano para el día martes 22 de junio de 2010, a las 7 pm, en la Galería Luis Guevara Moreno de la Biblioteca Pública Manuel Feo La Cruz. No se la pierdan, sólo Rasputín satisface a toda Zarina que se precie de serlo. Valga la invitación del Secretariado Cultural del Estado Carabobo y el Colectivo Místico Anarquista ¡Rasputín Vive! (COMISARAVI).

EL CICLO DE LA VIDA Y LA POESÍA DEL DECIR. José Carlos De Nóbrega


EL CICLO DE LA VIDA Y LA POESÍA DEL DECIR
José Carlos De Nóbrega


Adhely Rivero: La Vida Entera (The entire life). Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo, Colección El Cuervo, Valencia, Venezuela, 2009, 103 pp.

Se toparon los vaqueros
muertos de sol los caballos:
¡Hermano, ah tierra bien sola!
¡Ah vida bien dura, hermano!

Alberto Arvelo Torrealba.

Adhely Rivero se ha preocupado por revisar y componer su obra poética en la estructuración de un solo libro dividido en sucesivas entregas, integradas por el tono austero e inmediato de la Poesía del Decir. Acompañamos a Enrique Mujica cuando refiere que la poesía de Rivero dice tanto sin apelar a artificios estilísticos ni a una musicalidad engorrosa e inútil: “Hallar y decir. Descubrir. Mostrar. Tal es el itinerario de esta escritura, de esta descarnada sociología de lo rural, de esta densa antropología del solitario”. La interiorización del paisaje no se regodea en el barroco trazo deslumbrante del llano, más bien se nos antoja despojada y minimalista, en pos de una revelación enmarcada en la cotidianidad del diálogo entre el entorno y su habitante asombrado y silencioso: “Una barcaza me recuerda la vaca / que se balancea sobre su ubre cada mañana”. Por supuesto, hay un ejercicio persistente de la memoria poética que involucra nostalgia y desarraigo: “En esta ciudad no hay caballos, ni vacas, ni toros. / Tendrá un río, una plaza, una gallera y un cine, / pero no es un pueblo”. Los poemas establecen un diálogo endógeno consigo mismos, de entrega en entrega, y exógeno con antecedentes tales como Alberto Arvelo Torrealba, Enriqueta Arvelo Larriva y Francisco Lazo Martí, sin caer en la glosa repetitiva y localista; por el contrario, hallamos una relación de continuidad respecto a poemas fundacionales que reconcilian la patria con la universalidad del discurso poético que reivindica la lengua y el habla de los hombres. El ars poética se desliza plácidamente sobre la veloz y necesaria cabalgadura, sin preceptivas esterilizantes que la detengan ni la perviertan: “La palabra que me enseña / a montar / corre apacible / Duro es el acto / de sostener la línea del cuerpo / en la pendiente del lomo”. La poesía decanta, entonces, las múltiples voces interiores en una escritura responsable, lúdica y macerada con terco denuedo. Nos complace esta reciente entrega de Adhely Rivero, una estupenda antología poética bilingüe que cuenta con la traducción al inglés de los poetas Esteban Moore y Sam Hamil. Los textos originales conviven naturalmente con las esclarecedoras versiones en la lengua anglosajona: Permanece el hermoso e inmediato tono conversacional de ambos casos, además de la profunda humanidad que ata la voz poética con el paisaje. Por lo que más allá del despistado discurso de la arrogancia académica, no nos resulta absurdo vincular en el decir a William Carlos Williams con Adhely Rivero: la voz que se regodea en el robo y la deglución culposa de las ciruelas del Otro, se solidariza de guisa dinámica y dialógica con el hambre predatoria del gavilán que se abalanza lascivo sobre la belleza de las queridas. Revisemos, por ejemplo, el conmovedor y cómplice cierre del poema “Gavilán” en ambos vehículos de la poesía del decir: “Love has thunderclouds and Lightning. / Loving is the rain, / in which one gets wet and dries”; “El amor tiene relámpagos y centellas. / Amorosa es la lluvia, / uno se moja y se seca”. Destaca la transparencia de ambas versiones del poema, dada la solidez de las correspondencias de tono y fondo que las vinculan y vindican. O qué nos resta decir y disfrutar de este delicioso puente, que toma como pretexto uno de los mejores textos poéticos de “Los Poemas de Arismendi”: “God is so small / in the solitude of a man / who whistles / with a dry mouth”; “Dios es tan ínfimo / en la soledad de un hombre / que silba / con la boca seca”. No en balde sus diferencias en el corte de algunos versos debido a la peculiaridad musical de cada lengua, los textos líricos pudieran ser cantados así nomás por Bob Dylan tocando las puertas del cielo o por Alí Primera Cunaviche Adentro. La experiencia poética se afinca a una tierra concreta que se nos escurre húmeda o reseca entre los dedos, sin embargo, Arismendi o Arizona trascienden lo local para establecerse en el imaginario poético universal. La traducción no es un ejercicio utópico que fracasa en versionar al Otro, por el contrario, construye un diálogo vivaz y sentido que nos aproxima al decir y a la cultura del Otro, completando el abigarrado mosaico de la humanidad revisitada y ennoblecida en la plenitud de su diversidad. Celebramos entonces la Colección El Cuervo, la cual nos ha obsequiado traducciones de poetas como Casimiro de Brito, Humberto Ak`abal, Sam Hamil, Francois Migeot, Michael Agustin, Sujata Bhatt, Tarek Eltayeb y Adhely Rivero.

Thursday, April 01, 2010

EL LEGO CINEMATOGRÁFICO DE JAMES CAMERON. RICHARD MONTENEGRO







El Lego cinematográfico de James Cameron
Richard Montenegro


Cuando hablo del Lego de James Cameron no me refiero a que tenga falta de letras o de noticias, tal como lo define el DRAE en su vigésima segunda edición, si no que lo comparo con el más famoso producto de Dinamarca, después de Hans Christian Andersen, el Lego: el juego de bloques prefabricados de plástico interconectables. Cameron tomó unas cuantas ideas bases de la literatura de Ciencia Ficción y el mayor número de situaciones típicas en el cine comercial uniéndolas con alta tecnología y mucho color azul. Aunque, como todo artilugio hecho con bloques Lego, de cerca se noten las uniones. Eso no es objetable, lo negativo es encubrir el aporte o préstamo de elementos de distintos autores sin brindarles el respectivo reconocimiento. Aunque al gran público, como cosa previsible, esto no le interesa y hoy hasta algunos que ayer fueron críticos cinematográficos solventes se desviven en halagos por la ultima producción de Cameron apelando hasta a los clásicos griegos para justificar su juicio. A lo largo de este texto mostraremos de dónde Cameron tomó los bloques Lego con los que armó su más reciente película, Avatar.

Durante mucho tiempo estuve esperando ver el resultado del proyecto secreto de James Cameron. Nunca dejó nada en claro y hasta se pensó que estaba preparando la versión de acción real de la novela gráfica Battle Angel de Yukito Kishiro.

Pues aparentemente fue todo un engaño y nos presentó un producto digno de toda una franquicia capitalista. Dándonos una puesta en escena de primera sustentada por una historia más que gastada. Si se tiene una cultura cinematográfica promedio (en otras palabras que sólo hayas visto cine de USA) es inevitable compararla y ver los puntos de encuentro o de plagio con películas como Un hombre llamado Caballo (película de 1970 dirigida por Elliot Silverstein y protagonizada por Richard Harris), Danza con Lobos (película de 1990, dirigida y protagonizada por Kevin Costner), El Ultimo Samurai (película de 2003, dirigida por Edward Zwick y protagonizada por Tom Cruise) y Pocahontas (película de 1995 dirigida por Mike Gabriel). Sí, estoy hablando de la cinta de animación de Disney.

La mejor crítica que he podido escuchar me la dio un amigo al decirme: “las imágenes son hermosas pero ni aprendí ni me mostró nada nuevo, están bien para pasar un buen rato".

Al ver la película uno se deja llevar por las imágenes que es lo mejor que tiene la cinta, porque la trama es de lo más predecible. Es inevitable pensar que Jake Sully triunfará. Apenas me adentré en la oscuridad de la sala, casi de manera automática vi a Jake Sully como una versión picta o celta de John Dunbar de Danza con Lobos, película basada en la novela de Michael Blake. Hasta la escena de la confesión es similar. En Danza con Lobos John Dunbar dice a sus amigos indígenas Lakotas (Siux) que el hombre blanco vendrá y que serán como las estrellas del cielo. En Avatar, Jake Sully le explica a los Na’vi que la gente del cielo vendrá y serán como gotas de lluvia.

En ambas películas hay pueblos indígenas que habitan tierras codiciadas por extranjeros. En Danza con Lobos los indígenas son los Lakota, mejor conocidos por nosotros como los Siux, en Avatar el pueblo a despojar son los Na’vi, que son una versión longilínea de color azul de los Thundercats del paleolítico con puerto usb incorporado.

En cuanto a Un hombre llamado Caballo y El Ultimo Samurai vemos como un hombre ajeno a una cultura es vejado por el grupo que no lo acepta. Hasta que logra sobreponerse y ganarse el respeto de la comunidad que antes lo despreciaba y que finalmente lo acoge como uno de los suyos.

Para los que recuerden a Pocahontas, no deben olvidar que esta princesa indígena salvó a un extraño hombre venido de allende los mares llamado John Smith del que se enamora (noten que las iniciales de Jake Sully y John Smith son las mismas: J.S.) y casualmente en esta cinta animada existe el personaje de la Abuela Sauce que muy fácilmente podemos relacionar con el Árbol de las Almas.

La película no dice nada nuevo y James Cameron aplica la fórmula descubierta por él en Titanic de 1997, tomar una historia de amor simple y sazonarla o vestirla en aquel caso de recuento histórico y en este caso de alegato ecologista. Es necesario hacer notar que la trama de Titanic se inspiró en un episodio de “El mundo submarino de Jacques Cousteau” que mostraba el descubrimiento y exploración de los restos del HMHS Britannic. Esta expedición contaba con Sheila Macbeth Mitchell, una sobreviviente del hundimiento, que compartió sus recuerdos del suceso e inclusive llegó a internarse en las aguas del Egeo en un mini-submarino para contemplar los restos del barco. En esta expedición se recuperaron algunas piezas del pecio. Pero no se pudo rescatar un reloj despertador que Sheila ansiaba recuperar y que había dejado en el camarote al abandonar el barco. Es fácil ver el paralelismo entre la enfermera Sheila Macbeth Mitchell y el personaje de Rose Dawson Calvert. Ambas son jóvenes que buscaban salir de la encorsetada sociedad de principios de siglo. Sólo que una es real y la otra sólo un personaje fílmico.

El HMHS Britannic era gemelo del fatídico Titanic, pero fue convertido en buque hospital al estallar la Primera Guerra Mundial, siendo hundido frente a las costas de la isla Kea en el mar Egeo el 21 de noviembre de 1916. La inmersión de Sheila Macbeth Mitchell sucedió en 1976 cuando ella contaba con 86 años.

Incluso toma elementos de otras películas como Gorilas en la niebla, cinta de 1988 dirigida por Michael Apted donde Sigourney Weaver interpretó a la zoóloga Dian Fossey defensora de los Gorilas de Montaña y que terminó siendo asesinada por los cazadores furtivos. En esta cinta el personaje representado por Weaver es botánica pero en la asunción de una actitud dura, protectora y obsesiva ante su objeto de estudio, en este caso los gorilas y en el otro los indígenas extraterrestres Na'vi, lo cual implica el mismo espíritu “dialógico”.

El enfrentamiento final entre el coronel Quaritch y Jake Sully me hace recordar la lucha final ente Ellen Ripley montada en un montacargas antropomorfo y la Reina Alien de la película de 1986: Aliens, el regreso. Y el final es el mismo, los buenos ganan y Cameron se autocanibaliza.

Hasta el momento hemos obviado el aporte de dos películas que tratan la misma temática, la de las culturas diferentes que chocan sin remedio, como son Jugando en los campos del Señor (basada en novela de Peter Matthiessen publicada en 1965 y llevada al cine en 1991 por Hector Babenco) y La Selva esmeralda (dirigida por “el Stanley Kubrick de los pobres”, John Boorman, en 1985 sobre un guión de Rospo Pallenberg). Ambas películas ubican su acción en la selva amazónica y muestran la incompatibilidad de las formas de ver la vida de los indígenas y de los criollos. Les recomiendo ampliamente la película de Boorman. Es curioso ver lo poco conocidas que son estas cintas, quizás si los indígenas amazónicos hubiesen sido azules otro gallo cantaría.

Casi olvido esa joya que es La Princesa Mononoke (1997) de Hayao Miyazaki. En esta animación japonesa se retrata la lucha entre la naturaleza y un mundo que poco a poco se tecnifica en el Japón medieval. Enmarcando esta situación una historia de amor entre la princesa Mononoke y Ashitaka, un joven Ainu venido de muy lejos.

En el mundo de la Literatura de Ciencia Ficción la película de Cameron tiene un evidente parecido (algunos ya lo catalogan de plagio) con un relato de Poul Anderson publicado en 1957 llamado Llámame Joe (Call me Joe), donde un investigador biofísico parapléjico se conecta telepáticamente con un pseudojoviano: una forma de vida artificial con aspecto de centauro felino azulado y cola prensil que vive en las selvas de Júpiter. Este relato que prácticamente está descatalogado en castellano, en la actualidad ha sido publicado en diversas ocasiones: Obras maestras. La mejor cf del siglo XX (Nova), en las revistas Nueva Dimensión 108, Valis 17 y Velero 25. Espero que esta situación favorezca que una parte del público se acerque a la obra de Poul Anderson.

En cuanto a la idea de un terrestre que se cuela camuflado en una sociedad mas primitiva de otro planeta para estudiarla, es la premisa del relato de los rusos Arkadi y Boris Strugatski Es difícil ser Dios, publicada en español por la editorial Acervo en 1975 y que fue llevada al cine en Europa por Peter Fleichmann como El Poder de un Dios en 1990.

Tampoco hay que olvidar las similitudes con una novela de Ursula K Le Guin de 1976 llamada El Nombre del Mundo es Bosque donde los Crichis (Athstianos) habitantes del planeta llamado Nueva Tahití, de un metro de estatura y de piel verde, poseen cualidades oníricas mas allá de comprensión de los terrícolas. Para ellos la realidad es un todo continuo que combina sus sueños y su vida diurna.

Las demás similitudes o contrastes evidentes vienen por añadidura. Los Athstianos son verdes y de un metro, los Na'vi son azules y de 2,5 a 3 metros. Los terrícolas llegan a Nueva Tahití para llevarse los recursos arrasando con el entorno y al final hay una revuelta de los nativos contra los invasores. Es fácil ver la conexión entre esta novela y la película de Cameron. Aunque la primera persona que plagió a Ursula K Le Guin fue George Lucas en “El Retorno del Jedi”, cinta de 1983 donde los Ewoks son un calco de los Crichis. Casualmente los Ewoks viven en una luna que orbita un enorme planeta gaseoso llamado Endor, nombre muy similar al de un poblado de los Crichis llamado Endtor. Pandora el hogar de los Na'vis también es la luna de un planeta gaseoso llamado Polifemo. Y para los que no vieron la película de Lucas, los Ewoks con flechas y troncos de árboles vencen al tecnificado imperio.

Ursula K Le Guin es una buena escritora, así que les recomiendo que se adentren en su mundo.

También ha habido cierto revuelo en España por la similitud de la trama con una novela del catalán Albert Sánchez Piñol publicada en el 2005, en la cual unos exploradores europeos descubren en África un yacimiento de oro y diamantes debajo del cual vive una extraña raza llamada Tecton. La codicia hace que combatan las dos razas y, cosa extraña, surge el amor entre un explorador y una mujer Tecton. La novela, aunque no posee una trama muy original que digamos, casualmente se llama Pandora en el Congo. Me imagino que el autor estará preparándose para demandar y aprovechar una tajada de las ganancias de Avatar.

Un aspecto que hemos que no hemos tocado es el del desarrollo de la dirección de arte, la creación de los paisajes de Pandora. Los ambientes mostrados son muy similares a los mostrados por varios ilustradores fantásticos de los años 70 y 80. Específicamente podemos hacer mención al trabajo del diseñador y arquitecto Roger Dean. Quizás para muchos el nombre no signifique mucho. Pero él es el diseñador de las portadas de reconocidos de grupos musicales como Yes, Asia, Uriah Heep, Gentle Giant, Budgie, etc. Al revisar sus trabajos es evidente ver las similitudes existentes con la dirección de arte de Avatar. Una de las marcas personales de Roger Dean en sus paisajes fantásticos son las islas flotantes.

Actualmente Cameron tiene pendiente una demanda por las supuestas similitudes con una película de animación llamada Delgo. El filme que fue realizado por Fathom Studios en 2001 y estrenado en 2008, resultó ser un desastre de taquilla. Ya por la red circulan fotogramas comparativos entre ambas películas, mostrando muchas veces un parecido substancial.

Ahora: ¿Es raro que le suceda esto a James Cameron? Pues no, sólo hay que recordar que para hacer su emblemática película Terminator (1984), Cameron se inspiró en dos episodios de la serie de TV transmitida entre los años 1963-65 llamada The Outer limits (conocida en Latinoamérica como Rumbo a lo Desconocido y en España como Mas Allá del Limite), Soldier y Demon with the glass hand. El estudio no había colocado en los créditos estas fuentes, pero Cameron se le fue la lengua en una entrevista y el famoso escritor de ciencia ficción Harlan Ellinson, que había escrito estos episodios, demandó a Cameron y logró ser incluido en los créditos de esta película y en cualquier derivado de ella.

Tiempo después, Cameron volvió a ser demandado esta vez por una pareja australiana Filia y Constantinos Kourtis, quienes afirmaban que en 1987 habían creado el concepto de un personaje que cambiaba de forma y que era capaz de reconstruirse para un filme llamado The Minotaur; a tal fin, ellos contrataron a William Green para que desarrollara un guión pero supuestamente el material fue compartido con James Cameron que usó la idea en Terminator 2: Judgment Day. Ahora, ¿cómo llegó Cameron a conocer este material? Pues los Kourtis habían enviado el guión a varias productoras de Hollywood. Una de ellas, la ICM, le hizo llegar el guión a Cameron quien se puso en contacto con la pareja manifestándole su interés en desarrollar el proyecto The Minotaur aunque finalmente sin ningún resultado.

Como vemos es frecuente en Cameron olvidar, agradecer y mencionar las fuentes de donde se nutre.

Puedo decir que técnicamente y visualmente AVATAR es una joya, pero es un remozamiento de una historia muchas veces contada.

Hay que reconocer el trabajo de Paul Frommer en la elaboración del idioma de los Na'vi, pero ya existe una experiencia similar en el cine: la desarrollada por Marc Okrand al crear el idioma de los Klingon en Viaje a las Estrellas. Y ni de cerca llega al nivel de excelencia de los idiomas creados por J.R.R Tolkien que cobrarían vida en El Señor de los Anillos.

No podríamos catalogarla ni siquiera de vanguardista o de ruptura porque su discurso es claro y desde hace algún se tiempo se viene manejando inclusive en Hollywood, fábrica de sueños que le sabe sacar provecho hasta a las criticas al status quo de Estados Unidos.

El discurso ecologista desde los años 60’s está campante en el mundo. Tiene una presencia importante aunque no mayoritaria en muchos medios. La versión de un mundo conectado no es nueva. Podríamos remontarnos cientos de años en el pasado para terminar pasando por las palabras del jefe indio Seatlle hasta la teoría Gaia elaborada por James Lovelock que afirma que la tierra es un sistema autorregulado para mantener la vida. Muchos estudios afirman que gran parte de las catástrofes que están sucediendo actualmente se deben al desbalance creado por la tecnología. Y Avatar existe por y gracias a la tecnología. La causa primordial que logró crear el prodigio visual de Avatar, son los 4.352 computadores HP Proliant BL2×220c G5 Blade que poseen condensadores elaborados a partir del Coltan. El discurso conservacionista o ecologista de Avatar no se autosustenta. Actualmente se libra una guerra en África por el Coltan, específicamente en el Congo y los países limítrofes. Este mineral, conocido como el oro gris, es fundamental para elaborar los condensadores electrónicos de los teléfonos móviles y las computadoras. Los componentes elaborados con este mineral tienen una gran eficiencia y este ha sido uno de los factores en la mejora substancial de estos artefactos electrónicos. Más de 5,5 millones de personas han muerto en África a causa de la explotación de este mineral. En las minas de extracción se trabaja en condiciones infrahumanas y gran parte de los trabajadores son niños. Cada uno de nosotros lleva un poco de sangre esclava en su móvil sea Nokia, Motorola, ZTE o Vtelca. Y nos manchamos las manos cada vez que hacemos una llamada o navegamos por la red.

Es irónico que el idioma de los Na’vi tome algunos elementos de lenguas africanas. Todos hablaremos de ecología pero no renunciaremos a nuestros efectivos y baratos artilugios electrónicos olvidándonos convenientemente de los conflictos africanos.

James Cameron exprimirá hasta el tuétano a su Avatar. Ya existe un videojuego, libros de arte, el detrás de las cámaras, la tecnología que va a vender y dos o más películas para explotar a este filón de oro azul, aunque yo diría que es pirita azul y todos sabemos que la pirita es conocida como el oro de los tontos.

Si de algo podemos estar seguros es que Cameron posee una gran maestría técnica y además es un buen mercader. Sabe qué darle a la gente: nada que sea muy elaborado en cuanto a la historias pero en buen empaque y predigerida si es posible. Es algo así como lo que venden las telenovelas clásicas de Latinoamérica: la misma historia de siempre con vestuarios y actores diferentes. O como sucede con los niños cada vez que se les relata una historia en las noches siempre debe ser idéntica a la anterior, y por eso debe ser el éxito arrollador de Avatar que se ha convertido hasta ahora en la película más taquillera de la historia. O quizás sea el hecho de que te hace creer que con arcos y flechas puedes vencer a un enemigo que usa aviones y tanques. Los europeos al llegar por vez primera a la tierra que luego llamaríamos América tenían menos que eso y todos conocemos el desenlace del encuentro.

Pero lo mejor que pueden hacer es ir al cine, juzgarla por ustedes mismos y ver si fuera del aspecto técnico AVATAR merece tanta alharaca. La decisión final es de ustedes.

Thursday, March 25, 2010

3 POEMAS DE LEONARDO ALEZONES


3 Poemas de Leonardo Alezones

La muerte antes del invierno

Las amarras y los pájaros siempre atentos al tiempo de sequía
Nuestro lento pasaje por el deambular de esta tierra
Son ellos (ellos y nosotros)
Volamos en pensamiento acariciando un astro
Errando entre el fuego con el ala dispersa
De una caída que hirió el pecho de Dios
Detén tu paseo detente en cada pequeña capilla del camino
A orar por los ausentes y velar que sueñen
Desde esa existencia de aves
Para hacer agravio de su senil alarido en el viento
Madre en mi camino te sueño tacto de axila y claroscuro
Mas los pájaros si acaso déjalos también soñar
En cuanto ofrezca el cuerpo y la saliva tumorada
A la vista de otro árbol que nos recuerde a ti durante el embarazo
No hay ombligos ni limbos capaces de desanudar el polvo
No hay caricias ni higos en dulce ni trigo sembrado por la abuela
Serás madre de esta sequía en mi edad primigenia
Y del genio que vendrá a abolir su cadena
Sólo quedará el mismo pájaro gorjeando sobre las cruces
Las zabilas y las flores ofrecidas para los cuerpos de los dolientes
Toda una descendencia las ha tirado al pie de la carretera
Haciéndonos mirar la muerte antes del invierno

Las piedras

Mis piedras nunca fueron cinceladas
Tampoco las que yacen tranquilas arrulladas por el río
Mucho menos blandas
Ya las de los otros poetas se deshicieron
Para ser preciso se trata de una piedra de lavar
Hecha a silencios de uso
Adonde vienen los pájaros a tomar descanso
Mi piedra y yo hemos sido modelados por golpes
Con caídas que hacen más hondas las fecundidades del alma
Toda la lavanda no ha podido ahogarnos
Ni poner blancura al pensamiento del amor
Y te bendigo cuando sientas a la muerte
Ahuyentándola con tan sólo su recuerdo

Tarot

Dicen que con el tiempo
Te conviertes en lo que haces
Y no quiero ser un poema
Para estar cargado de nostalgias
Ni mucho menos
Seguir lleno de paisajes
Debiendo recorrer todos los que hice míos
Durante la eternidad
Prefiero ser una carta de tarot
Anunciar al niño el camino hasta el erotismo
Oculta bajo la manga del brujo
Colorida cuan la muerte de ese pájaro
Más tropical que lo que talaron en mi semblante

Leonardo Alezones (Valencia, estado Carabobo, 1983). Poeta y artista plástico. Estudiante de la Facultad de Ciencias de la Educación. Su trabajo aparece en la muestra poética "El Corazón de Venezuela: Patria y Poesía" (2008, PDVSA; 2009, Ediciones de la Presidencia de la República). La Fundación Editorial El Perro y la Rana publicó en el año 2008 su primer poemario titulado Arcada.

Tuesday, March 23, 2010

PALAMEDES Y CANAIMA. RICHARD MONTENEGRO


Palamedes y Canaima

Richard Montenegro

Es muy curioso que uno de los héroes más inteligentes del historial griego prácticamente haya sido desterrado del canon mitológico y que fuera obviado olímpicamente por Homero que prefirió al poco íntegro Odiseo como protagonista de la megaproducción que seguiría a La Ilíada. Palamedes significa “hábil con las manos” y por los pocos datos que tenemos, este muchacho sí que lo era. Tanto así que sin este personaje el muy posterior Faro de Alejandría no hubiese existido. Pero su inventiva no se llegaba hasta aquí, creó la balanza, el disco (no el de vinilo por supuesto) y comparte con el fenicio Cadmo la cocreación de la escritura. Los antiguos helenos le atribuyeron la invención del ajedrez cosa que un indio podría objetar, quizás él sólo lo vio en algún baratillo que visitó en algunos de sus viajes y lo llevó en su alforja al mundo griego.


Palamedes representa el surgir del pensamiento creativo y racional que desembocaría en ese maravilloso siglo de Pericles. Mientras que Odiseo, ese cegador de cíclopes y destructor de ciudades, es el resabio de las fuerzas del pasado, ingeniosas pero bárbaras. Palamedes es el cosmos naciente mientras que Odiseo era el caos reinante, la naturaleza desbocada e informe.


El ajedrez es un juego que se escenifica sobre un tablero cuadriculado donde los contrincantes solo cuentan con su habilidad mental para el triunfo. Tan sólo son 64 escaques pero las combinaciones son prácticamente infinitas. Todo está a la vista y regido por reglas estrictas, lo único que puedes ocultar son tus pensamientos. Todo lo contrario a la forma de actuar de los compañeros de Palamedes y de la persona que con mentiras provocó su muerte: Odiseo. Mucho tiempo después Hipodamo de Mileto trasladó el trazado del trebejo al Pireo en Atenas y así surgió una manera de contraponerse a la informalidad rural y darle un nuevo orden a la vida de los hombres. Y Palamedes comenzó a jugar una partida digna de Lewis Carrol. Así un orden ortogonal se contrapuso a las curvas de la naturaleza. Este orden fue el que halló su máxima expresión en el Imperio romano y que luego desapareció con su caída. Después volvieron a surgir ciudades con calles sinuosas, malolientes y estrechas. Otra victoria del Caos de Odiseo.


Al finalizar la edad media nos enteramos que el mundo no era tan pequeño y el campo de batalla se traslada a lo que llamaran América, allí el caos cambia de nombre y pasa a llamarse Calibán, la fuerza de una naturaleza feraz y capaz de devorar al mas valiente de los europeos. ¿Qué hace el europeo frente a tan portentoso enemigo? Invocar a Palamedes, con el acta fundacional de las ciudades y su trazado de tablero de ajedrez, así se haría frente al enemigo, allá afuera, que no se limitaba a los naturales habitantes de estas tierras sino a toda la naturaleza desbordante que inundaba los ojos y mentes de los conquistadores. Así se imponía el nuevo orden en una tierra donde abundaban caníbales, gente con el rostro en el pecho y otras que podían arroparse con sus orejas. Calibán luchó por imponerse, sólo hay que recordar la desaparición de Nueva Cádiz o las veces que Cumaná fue engullida por el mar.


Una vez impuesto este orden a la naturaleza, también se le impuso a las gentes, en forma de una severa separación social y un estricto marco jurídico, sin embargo el caos puja por aparecer, ahora se llama Canaima y se refleja en los escapes ocultos a la moral imperante, la deficiencia de servicios o en la llegada de sucesos o enfermedades inesperadas. La independencia trajo nuevos aires pero el tablero se mantuvo. Luego vino el desarrollismo petrolero y la sagrada cuadrícula fue profanada, aparecieron los barrios provisionales de trazado medieval y para aquellos que aún vivían en el trebejo, esos eran reductos de Canaima. Ahora vemos a Canaima en la falta de planificación, en los servicios ineficaces, en la inseguridad desbocada, en la falta de espacios públicos, en autoridades ineptas y en el trazado informe de los barrios.


Ahora Palamedes desde su oculta atalaya prepara su próxima jugada sin saber si logrará hacerle jaque mate a Canaima. Los hombres se empeñan en destruir ciudades. Quizás las maneras del destructor de Troya se impongan.

Thursday, March 18, 2010

ANDRÉS MARIÑO PALACIO Y SALVADOR GARMENDIA: DOS VOCES DE LA DIÁSPORA


ANDRÉS MARIÑO PALACIO Y SALVADOR GARMENDIA: DOS VOCES DE LA DIÁSPORA.
José Carlos De Nóbrega

Ilustración de Yilly Arana


A Slavko Zupcic y a Pedro Téllez, escrutadores de almas esquivas.

He aquí una aguda percepción del cuento como género literario en el indudable y flexible marco de la transdisciplina: “El cuento –cuando se quiere ser realmente cuentista-, hay que entenderlo poéticamente, rendirle culto, inclinarse ante su forma apretada y densa, donde la vida parece terminar siempre y no termina nunca” (Mariño Palacio, 1967, p. 73). Máxime cuando proviene de una voz de la diáspora, la del escritor maracucho Andrés Mariño Palacio (1927-1965). Fuera de la connotación judía del término, nos referimos a la trashumancia en el exilio que va de la provincia a la metrópoli que se estaba edificando (¿deconstruyendo?) en el valle de Caracas. Por supuesto, de ello hay un notable número de testimonios desde el ámbito de la literatura venezolana. En el caso que nos ocupa, Mariño Palacio siguió la ruta Maracaibo-Valencia-Caracas, al punto que su inclusión en una antología del cuento carabobeño, Manual para una Cabra (1994) a cargo de Slavko Zupcic, sorprendió al ensayista Miguel Ángel Campos. La obra cuentística de Mariño Palacio, recogida en el volumen titulado El Límite del Hastío (1946), merece una cuidadosa revisita dadas sus fortalezas, flaquezas y, sobre todo, su ubicación en un momento de transición experimentado por nuestra narrativa en pos de la contemporaneidad. Se trata de la depuración del discurso enclavado en el ámbito y la atmósfera de lo urbano, en el destierro del criollismo que hasta entonces se había enseñoreado de la narrativa venezolana.


Si consideramos tres de sus cuentos –Cuatro rostros en un espejo; Este turbio amor...y Abigaíl Pulgar, seleccionados por José Fabbiani Ruiz para su Antología Personal del Cuento Venezolano-, en una primera y leve mirada se verifica su división en cuatro o cinco breves partes o capítulos, como si siguiese el ars poética de Horacio Quiroga: “Un cuento es una novela depurada de ripios”. Sólo que la anécdota no prevalece en el texto como pretexto fútil de originalidad, pues importa muchísimo más el logro de una atmósfera pesada, pesimista, inmersa y cargada de hastío. Se vale, por ejemplo, del oxímoron en la consideración de las contradicciones internas que embargan a los personajes, amén de la conciliación de los contrarios en un juego especular que los desfigura y ennoblece en su paradójica belleza. “Así, el marido de mi hermana, habla siempre de mi habilidad pictórica, cuando yo les hago una visita. (En el fondo sólo desea comparar nuestras bellezas: ¡su hermosa belleza y mi bella fealdad!)” ( Mariño Palacio en Fabbiani Ruiz, 1977, p. 122), nos confiesa el narrador protagonista de Cuatro rostros en un espejo, plasmando en el amargo soporte del lienzo su resentimiento y su represión erótica que raya incluso en el incesto y el vouyerismo. Fabbiani Ruiz (1977) declara sobre la cuentística de Mariño Palacio: “Sus cuentos, hechos a base de estampas (así empezamos nosotros y muchos de los de nuestra generación), con sus aciertos y las vacilaciones propias de toda obra incipiente, nos autorizan para ver en él el embrión de prometedores frutos” (p. 120). Claro, estas líneas habían sido escritas antes de que la locura y la muerte truncaran la obra de Mariño Palacio. El discurso narrativo asume una calidad plástica en la captación y el dibujo de las atmósferas soporíferas, semejante quizá al tratamiento postimpresionista de la luz en la pintura de Armando Reverón. La ciudad se ve impregnada de una luminosidad plomiza y húmeda, envuelta en la mantilla que arropa al feto impactado por el ultrasonido que se estampa en una ecografía. Se tiende como sucia arenilla que rasguña la piel sudorosa de los ciudadanos en el bullir de la escindida colmena urbana. “Dentro de la casa pesa como una tonelada de plomo el mediodía. Una ola de calor se mece en los cuartos y alrededor de las camas” (Mariño Palacio en Miguel Ángel Campos, 1993, p. 53), tal es el inicio del cuento El camarada del atardecer, el cual se explaya en la soledad de Natalia acentuada en el transcurso de una sofocante y mustia tarde. Ella contempla su cuerpo en el acto onanístico de palparse, desvestirse y bañarse embebida de soledad: “El atardecer ha muerto. Natalia sale del baño. Su cuerpo está cansado, como si hubiera recibido multitud de caricias” (p. 64). Es sin duda un instante audaz en nuestra narrativa: no hay empacho en tratar el tema erótico desde la insania, la mirada desviada y morbosa detrás de la persiana americana, desdiciendo la edulcorante e idílica recreación romántica.


En Este turbio amor, se filtra una peculiar atmósfera terrorista macerada en un oscuro sentido del humor. Remedando a Edgar Allan Poe, Mariño Palacio nos muestra a un Claudio que hace patente sus celos enfermizos, al descubrir en el gato de su amante la mirada cínica y burlona de su confeso rival, Abigaíl Pulgar. Es entonces el hombre convertido en animal, a la manera de la licantropía, de los seres humanos mutados en lobos. El texto destila un pesimismo empantanado en la ridiculez y en la resignación de Claudio besando de lengua a Irma, siendo el gato el convidado de piedra. La misoginia del personaje se hace presente ante la inminencia del adminículo cornúpeta en su deforme cráneo:

“Es sumamente extraño, pero las mujeres quieren más a los animales que a los hombres. Por eso es que cuando son madres, se extasían acariciando y cubriendo de besos a las bestezuelas rojas y de rostro momificado que les succionan las ubres” (Mariño Palacio en Fabbiani Ruiz, 1977, p. 126).

El cierre del cuento lo diferencia de Poe: ni el ronroneo ni el maullido del animalillo estarán emparedados en la inhóspita casa, atribulando a Claudio.


Abigaíl Pulgar es un cuento de extraordinaria y terrorífica textura. De factura sinestésica y harto sensual, decanta la yuxtaposición de diversas perversiones psíquicas y espirituales: el resentimiento, la antropofagia, la represión sexual efervescente y su sublimación en el eros gástrico, amén de la paidofilia. La descripción del personaje protagonista excede en la caricatura y la parodia: su desgarbada y alargada figura, de piernas estiradas como en un potro de los tormentos, sugiere el referente plástico de El Greco y los Caprichos de Goya. Nos recuerda los duros y satíricos trazos de El Hombre de Hierro de Rufino Blanco Fombona. Abigaíl no posee un rostro, más bien una sucesión de máscaras que lo amparan de un entorno cruel y envilecedor. Tijeras en mano buscando amputar su manjar –lóbulos, tetas, nalguitas-, cae muerto de delicia en la compulsión de los miembros: “con una sonrisa demoníaca entre los labios, y un gesto de placer como si hubiera terminado de comerse unas ostras y gimiera convulsivamente: ¡delicioso!, ¡delicioso!” (p. 134).


Si antes hablábamos de la pertinencia de la relectura y reconsideración de la obra narrativa de Andrés Mariño Palacio, es menester su realización más allá del entusiasmo de sus contemporáneos –la generación de Contrapunto- y de la indiferencia de la mayoría de los lectores y los críticos literarios de hoy. La reivindicación, entonces, será posible si reconocemos en él un puente que condujo la narrativa venezolana a la contemporaneidad. Ya nos lo advierte Orlando Araujo (1988):


“Como él mismo dijo, en materia de arte ‘a unos les toca ser precursores y a otros realizadores’. Con su trabajo novelístico (y cuentístico, el paréntesis es nuestro), él quedará como precursor, por su actitud, por la violencia creadora de su cultura y por la audacia con que asume su destino frustrado de renovador”. (p. 341).

Por otra parte, Salvador Garmendia es otra de las voces de la diáspora que ha consolidado un espacio relevante en la narrativa contemporánea venezolana. Siguiendo a Mariño Palacio, en este caso hemos topado con un realizador o hacedor en el estricto sentido del término. El Inquieto Anacobero (1976) es un libro de cuentos que destaca su afán por aprehender la ciudad, esta vez a partir del rescate de la oralidad de sus habitantes. La voz narrativa se desliza mimetizándose en el diálogo de los personajes que recrean desde la barra del bar, el ámbito festivo del prostíbulo o la sala velatoria de la funeraria, el laberinto de concreto, polución y asfalto que es la ciudad de Caracas. Vista y vivificada por el agudo ojo de un provinciano proveniente de Barquisimeto. En el atinado Prólogo de Enmiendas y Atropellos de Garmendia (1979), antología de cuentos que involucra cuatro títulos, Oscar Rodríguez Ortiz comenta:


“(...) cada aparente repetición, todo regreso al mundo a media luz de la Caracas cabaretera, marginal y enferma, a la infancia y a la provincia llena de prodigios, no hace sino colocar una pieza más en el engranaje que tiene como punto de partida una convicción: la realidad es una ‘desacordada composición’ y la mente humana –recrea, inventa, olvida- es una maravillosa máquina mezcladora” (p. 9).

Si bien Los Pequeños Seres (1959, Ediciones del Grupo Sardio) constituye la novela urbana venezolana por excelencia, la cual nos toca aún por la mirada lánguida y la atmósfera minimalista de la ciudad que aturde, extravía y maravilla a Mateo Martán, El Inquieto Anacobero es una celebración dionisíaca del ámbito caraqueño en su oropel y decadencia. Puede afirmarse que este libro reivindica la épica desmitologizada del “hombre esquizoide” del siglo XX. Los personajes, apelando a la hipérbole y al ejercicio amarillista de las medias verdades, relatan sus encuentros con la tragedia y el azar, amén de sus hazañas etílicas y eróticas. A lo largo del libro, se configura un mapa geográfico y toponímico de la Caracas nocturna y guapachosa: Roof Garden, los vermouth del Pasapoga, El Trocadero, El Tíbiri Táraba, Mi Cabaña, El Teatro Caracas y el Coney Island, entre tantas locaciones ya desaparecidas del desmadre caraqueño.


Del volumen es destacable el cuento homónimo, homenaje a uno de los más grandes cantantes de la música tropical de todos los tiempos: Daniel Santos, figura y motivo lírico y popular con el cual se identifica la bohemia latinoamericana. Gracias al Inquieto Anacobero, el hombre de a pie se reconoce en el severo y locuaz rostro de su machismo, impregnado de fluidos vaginales, cocaína y alcohol. El relato es una recreación afortunada de Don Daniel quien nos habla ahora de sí mismo:


“Soy un nacionalista convencido y consumado. Nacionalista y patriota latinoamericano que siente aún, en esta cabeza plateada, el suave vaivén de mis palmeras tropicales y un gustico a ron en la garganta, unas arenas tibias por el sol y un azul intenso de donde surge, casi como un milagro, una hembra de cualquiera de estas aguas y estas tierras” (Mujica y Santos, 1982, p. 119).

El género cuentístico le da un espaldarazo a la crónica de costumbres de los cincuenta y sesenta, a las páginas de sucesos, a las notas cronológicas, al chisme y a la infidencia. La tonalidad es áspera, de un humor negro que se carga de escatología, coprolalia y tragicomedia; asaeteando con su karare a politicastros, militares cornudos y burócratas indolentes, sin los cuales la ciudad jamás podría deconstruirse en el detritus, la estridencia y el caos. El corpus desprende las limaduras de una Caracas que se desgasta, arma y rearma recogiendo y esparciendo sus despojos: “Los surtidores son chatarra, la caseta saqueada y un Ford sin amo que se ha ido pudriendo ahí desde hace años. Es todo lo que queda” (Garmendia, 1976, p. 59). Pareciera un tratado sobre la estética de la fealdad o, mejor aún, la representación literaria de las instalaciones del Arte Pobre de Claudio Perna. Otra muestra de ello, son cuentos como Baby Blue, ¿Sabes? Yo no creo que se muera tanto como uno piensa y La mala bebida. Textos que magnifican el acecho travieso y lúdico de la muerte y la azarosa tragedia que es la vida. La ciudad va dejando en su devenir cadáveres acuchillados y tiroteados, bolsas de basura con las barrigas abiertas a dentelladas por los perros y sus vikingos, “aves envueltas en papel celofán” (valga la alusión a la canción elegíaca de la Orquesta Mondragón como responso por las ciudades occidentales).

Maracay, abril de 2005.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS.

Araujo, Orlando (1988). Narrativa venezolana contemporánea. Caracas: Monte Ávila Editores.
Campos, Miguel Ángel (1993). Andrés Mariño Palacio y el grupo Contrapunto. Maracaibo: Dirección de Cultura de la Universidad del Zulia.
Fabbiani Ruiz, José (1977). Antología Personal del Cuento Venezolano. Caracas: Facultad de Humanidades y Educación, U.C.V..
Garmendia, Salvador (1976). El Inquieto Anacobero y otros cuentos. Caracas: Librería Suma.
Garmendia, Salvador (1979). Enmiendas y Atropellos. Caracas: Monte Ávila Editores.
Mariño Palacio, Andrés (1967). Ensayos. Caracas: Inciba.
Mujica, Héctor y Santos, Daniel (1982). El Inquieto Anacobero. Confesiones de Daniel Santos a Héctor Mujica. Caracas: Cejota.

Tuesday, March 16, 2010

FRANCISCO MASSIANI Y EDUARDO LIENDO: DE LA MEMORIA QUE SEDUCE EL PAISAJE A TROMPICONES. José Carlos De Nóbrega




FRANCISCO MASSIANI Y EDUARDO LIENDO: DE LA MEMORIA QUE SEDUCE EL PAISAJE A TROMPICONES.


José Carlos De Nóbrega.

A Héctor Leiva, sin importar el vencimiento de las letras de cambio que acreditan a la Academia.

“Es el precio de todo verdadero poder: ser el enterrador de uno mismo”.
Eduardo Liendo en Diario del Enano (1995).

He de confesar que Pancho Massiani, más que una referencia literaria, forma parte de los afectos anclados en mi adolescencia. Por supuesto, producto de la lectura de su novela Piedra de Mar (1968), texto que para muchos de nosotros se transfiguró en el condiscípulo ideal, divertido y desbraguetado de la época del bachillerato. Es sin duda la novela de formación o bildunsgroman venezolano de la generación de los setenta: Los primeros escarceos eróticos, la púber rebeldía sin sentido y esas ganas de vivir y engullir todo a tu alrededor. La asocio, en particular, con las fiestas y los bonches vespertinos caraqueños en locales ad hoc, aledaños al Ciclo Básico Común “Simón Bolívar” y a un río Catuche sosteniendo la endeblez del Puente El Guanábano. Nos atrapó su tono afecto al habla adolescente de aquel entonces. Así lo observó en su momento –1972- Orlando Araujo (1988):



“Massiani incorpora a la novela y el cuento el habla de los jóvenes caraqueños de la clase media, el lenguaje frívolo de sus fiestas del Este, la dimensión del ‘patotero’, la crisis de autoridad, la incomunicación con los mayores, los conflictos eróticos entre la adolescencia y los veinte años” (p. 345).

Treinta años después, en el libro de cuentos titulado Con agua en la Piel (1998), si bien persiste su fidelidad a la oralidad en tanto registro del ámbito urbano, se deja notar que Francisco Massiani (1944) en su discurso narrativo se regodea en la desilusión estética e ideológica, síntoma ineludible e inequívoco de la crisis de la modernidad occidental en el cuarto menguante del siglo XX. A tal efecto, es pertinente la relectura de tres de sus relatos: Con el agua en la Piel –que le otorga el título al volumen-, La Tos y el Dragón y Encuentro. En el primero de ellos, la visión de la ciudad ocurre en el exilio, en una isla innominada y perdida. La pareja protagonista arrastra al bucólico paisaje la inseguridad y la incomunicación citadinas que les embargará por siempre. Marie es la primera en reparar tal sensación de extrañamiento –inmanente en la atmósfera absoluta del cuento-: “Ella pasó varios días huidiza, hasta que me confesó llorando que sólo lo había tomado (el jeep, el paréntesis es nuestro) para pasarse dos días en Caracas; necesitaba ver a sus amistades. Respirar un poco la ciudad. Ya la soledad la estaba enloqueciendo” (p. 133). Evidentemente, la dama miente piadosamente. El escape implica una sed compulsiva de la ciudad, en la añoranza de afectos y odios encajados en sus entresijos. Marie se debate entre el pasado vivido en la Megalópolis y la quietud implacable del paisaje natural pletórico de bichos ruidosos que dilatan su soledad. Hasta el mismo yo se escinde, no por culpa del bosque ni del río, apenas hay un cambio de escenario en el que se desparrama la alienación del marido y la mujer: “Y hasta se le olvida el nombre a uno. ¿Quién te nombra? ¿Te va a gritar una piedra? ¿La hoja que tiembla? ¿El gallo, el aullido de un perro? (...) Por fin quién eres, terminas preguntando a nadie. ¿Mario? ¿Felipe?” (p. 134). Es “Memoria que castiga el paisaje” (p. 135), en el caso del hombre la obsesión y el deseo sexual por Marie cuando el habla y los sentidos recorren su cuerpo (como en una larga y perturbadora serie de cortas caricias); en tanto que ella, en medio de la fiesta organizada por el Gordo Morales, va deshaciéndose y basculándose en un baile solitario ante una rockola, testigo y metáfora viva por obra y gracia de la palabra. “Nunca una rockola es más escandalosa, como cuando está encendida y muda. Comprendí que mi mujer, la Marie, había sufrido desde el primer momento de vivir conmigo la misma suerte” (p. 136). Cierre magistral que nos retrotrae dos poéticos cuentos de Julio Cortázar: Después del Almuerzo y Las Puertas del Cielo. Esa moneda ausente que no permite escuchar el disco de 45 rpm, se equipara a la hoja de otoño que rasguña la cara del adolescente advirtiendo un sentido de culpabilidad, además de hacernos ver en la humareda del boliche a una feliz y fantasmal Celina contoneándose al son del tango y la milonga.



La Tos y el Dragón es un cuento que simula la atmósfera duelista y retadora de los filmes del Oeste norteamericano. La confrontación entre el flaco hombre adherido a la tos y la descomunal figura del Dragón, constituye un ejercicio sintáctico de violencia urbana y lingüística que excede la acción física. El ritmo es trepidante en el logro del suspenso. Hay que destacar la brevedad y la aspereza cortante de sus diálogos, amén del patrón rítmico provisto de frases cortas, ambos aspectos típicos del discurso narrativo de Massiani. En el prólogo a los Relatos de Massiani (1991), nos dice Carlos Noguera: “La reiteración de las díadas pregunta-respuesta desemboca en una especie de mayeútica del vacío”. Más adelante apunta:



“(...) el discurso a menudo se desvía del estándar para provocar una sensación de oleada rítmica, propiciada por el vaivén de las mismas palabras dentro del párrafo, que son así insertadas en constelaciones de oraciones cortas, cambiantes, distintas en cada caso, pero con elementos idénticos que satisfacen el papel de vasos comunicantes” (p. 18).

Si bien la descripción no se halla sobreadjetivada (lo cual es harto acertado) su austeridad e inmediatez son cónsonas con el espíritu violento de ese bar de la ciudad. A tal respecto, el uso del símil es elemental pero de una eficacia demoledora: “Después se separó de la mesa, se tapó la boca con un pañuelo inmundo y tosió como un taladro”; “Sólo cuando abría la boca para escupir su tos sobre el pañuelo, la sangre se le amontonaba en los ojos y se le ponían rojos, como dos metras de carne cruda” (p. 141). La anécdota que se puede resumir o categorizar como estar en el lugar y en el momento menos indicados, historia por demás frecuente en las barras de los bares, no cuenta sino como pretexto para enhebrar el discurso en el juego del lenguaje, por supuesto, violento y rudo como la pelea de dos machos en pos de cortejar a la hembra. Sólo que en este cuento, el vencedor era un desgarbado y enfermo hombre arrodillado en el llanto.



Encuentro retoma el tema de la incomunicación de la pareja en la ciudad, o mejor aún, su desencuentro que va del ágape en el centro a una habitación de hotel en la periferia. El paisaje que rodea ese templo del encuentro erótico casual y clandestino, se caracteriza por su bondad y lozanía que sintonizan con la satisfacción sexual de la pareja. Sólo que el diálogo postcoital va develando un abismo que los desnuda a ambos irremisiblemente en su precariedad y desesperanza. A ritmo de monosílabos y frases cortas que recrean de guisa impasible la desazón y el vacío que fluyen in crescendo a lo largo del relato.



“-¿Por qué te detienes?- preguntó él.
-No lo sé- dijo ella-. De golpe me sentí desnuda. Antes nunca me había sentido tan desnuda” (páginas 67 y 68).



Eduardo Liendo (1941) es otra de las voces más interesantes de la narrativa venezolana actual. Gusta de la impostura en la multiplicidad de las máscaras con las cuales atavía a sus personajes; lo cual no es más que sumergirse en la otredad: esta vez facilitada por los héroes de folletín, los astros de cine y la música, por ejemplo, en tanto espitas o válvulas de escape de una realidad cada vez más mezquina y oprobiosa. Entre sus títulos se cuentan El Mago de la Cara de Vidrio (1973), El Cocodrilo Rojo (1987), Los Platos del Diablo (1991), El Cocodrilo Rojo / Mascarada (1992), Diario del Enano (1995) y luego El Round del Olvido. Nos interesa el libro de cuentos El Cocodrilo Rojo (1987), publicado por Selevén, a los fines de revisar algunas de las aristas de su discurso narrativo relacionadas con la concepción de la ciudad como ámbito y, sobre todo, reexpresión de una manera particular y dispersa de vivirla y sentirla por parte de sus habitantes y cronistas. Para ello, se han seleccionado tres relatos: Los Otros Fantasmas, La Venganza de Pepe El Toro y Lágrimas de Cocodrilo.



En el primero de los cuentos referidos, se respira el aire hacinado de un pequeño apartamento o, mejor dicho, compartimiento estanco de algún superbloque caraqueño, como los de Parque Central. Ese reducido y compungido espacio es compartido por marido y mujer, sin hijos, con una mustia y abatida existencia oprimiendo sus aburridos y desfallecientes hombros. La vida urbana supone, entonces, adquirir y arrastrar trastes y objetos que irán haciéndose inútiles pero cada vez más parecidos a sus confundidos dueños, como si fuesen una prolongación o miembro que se adiciona a sus cuerpos. Los objetos se convertirán en personajes –ficticios o no, en la trampa de la metaficción- que deambularán insomnes por todo el apartamento, amargando la terrorífica lasitud –nada qué ver con la quietud, valga la cacofonía- de la vida en pareja. Tanto así, que Isauro se ve impelido al plagio sentimental de autores como Flaubert –efecto intertextual del discurso interpuesto-, para forjar un pasado amoroso que pueda aproximarse a la libertina soledad de la mujer: “intuía que las soledades de mi mujer habían sido muy bien ocupadas” (Liendo, 1987, p. 115). De todos modos, el cenicero que Isauro con forma de dragón –sucedáneo del de Orlando- comparte el magro espacio del apartamento con el resto de los cachivaches de los maridos de su ex-mujer, remedando quizá una cínica exhibición en un museo del amor loco a la manera surrealista. Ya lo dice Georges Bataille: “Sin que podamos decir por qué, no pareciera que un mono disfrazado de mujer difiera de una división del espacio”.



Destaca del conjunto, La Venganza de Pepe El Toro, relato del cual derivará una de las más celebradas novelas de Liendo: Si yo fuera Pedro Infante. Es el imperio de la disociación espacio-temporal del discurso narrativo que descansa en la escisión del yo a una doble instancia: el ciudadano común y corriente, al amparo de la rutina cotidiana en la sala cinematográfica, y el héroe de nombre Pepe El Toro, encarnado por el también legendario Pedro Infante. La perspectiva narrativa va del espectador (hombre de a pie) al héroe del cinematógrafo, encuadrando y montando un pastiche de corte evasivo, no por ello menos lírico y popular: “Uno piensa que Pepe El Toro es un viejo fantasma de la memoria y de pronto nos enseña su lengua burlona desde la pantalla del cine ‘Jardines’. Estoy otra vez sentado en la butaca jugándomelo todo” (p. 119). Se procura eliminar las tensiones de la vida diaria en el baile de las máscaras: el espectador, rememorando su adolescencia ante la pantalla del extinto cine, se convierte sucesivamente en Pepe El Toro y Roberto, dos de los personajes representados por Pedro Infante, además de mutar también en el mismísimo actor y cantante, sirviendo así el escenario para el reacomodo de la cruenta y chata realidad en la precariedad del tiempo. “Porque tú no eres un modesto funcionario público, ni un albañil, ni un buhonero; tú no tienes un sueño, tienes que conquistar una corona a carajazo limpio. Tú eres Pepe El Toro, el otro yo de Pedro Infante” (p. 121). Se va del presente contado al discurso cinematográfico, para coquetear con la adolescencia que implica la vindicación de la inocencia perdida. Pareciera una doble tanda: el film sobre Pepe El Toro cargado de reivindicación social y oralidad popular; y la película sobre Roberto, personaje falsificado y falsificador que, cual camaleón humano, departe en las fiestas de la gran sociedad burguesa, degustadora de los filmes de Ingmar Bergman y Akira Kurosawa. De lo que se infiere la convivencia de lo culto y lo popular en la cultura universal, si no podemos otear el caso de las jarchas y las moaxajas mozárabes con las cuales arrancaría la lírica castellana. En otras palabras, la relación armónica y ambivalente de los opuestos se da a diversas instancias del discurso narrativo, bien sea en la transfiguración ficcional, la metamorfosis del personaje y el narrador protagonista, amén de la síntesis de lo culto y lo popular como se había apuntado antes. Es resaltante que el poema de Vallejo sea la clave que permita atar el épico cielo simulado y la árida tierra de la realidad externa, que ocupan y preocupan al ente de papel.



En Lágrimas de Cocodrilo, hallamos un ejercicio semejante a la licantropía: de cómo un hombre común se convierte en una bestia. En la belleza de su boca desdentada, de su aislamiento en medio de la multitud que lo apremia. Nos recuerda el magnífico y antimacartista film de Joseph Losey: El niño del cabello verde. Es el discurso del Otro, enajenado y marginado por las imposiciones y convenciones de los aparatos ideológicos del Estado, como lo ponderara el malogrado Louis Althusser. El habla de Ramón –no, por favor dispensen-, del Cocodrilo Rojo sugiere el testimonio lúcido del loco que denuncia el despropósito del mundo. Pugnando por nadar a contracorriente: “Me arrecha que me miren ¿qué me ven? ¿nunca habían visto un cocodrilo? (...) Algunos dicen que estoy loco, eso me desquicia y les grito: cocodrilo, cocodrilo, cocodrilo” (p. 13). La racionalidad pretende acorralar nuestro lado salvaje, por tal razón la poesía es un camino que lo sublima al aprehender lo inefable, lo intemporal, más allá de la entropía de los objetos sometidos a la acción oxidante del tiempo.

Maracay, mayo de 2005.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS.

Araujo, Orlando (1998). Narrativa venezolana contemporánea. Caracas: Monte Ávila.
Liendo, Eduardo (1987). El Cocodrilo Rojo. Caracas: Selevén.
Liendo, Eduardo (1995). Diario del Enano. Caracas: Monte Ávila.
Massiani, Francisco (1991). Relatos. Caracas: Monte Ávila.
Massiani, Francisco (1998). Con agua en la Piel. Caracas: Monte Ávila.
Puerta, Jesús (1999). Modernidad y cuento en Venezuela. Valencia: Universidad de Carabobo.

Monday, March 15, 2010

EPITAFIO PARA EL CIUDADANO CRISPÍN LUZ. José Carlos De Nóbrega


EPITAFIO PARA EL CIUDADANO CRISPIN LUZ
José Carlos De Nóbrega


A María Narea, un Paraíso de Dulzura.

En el escalofriante relato “La Muerte de Iván Ilich” de León Tolstoi, se repite a modo de estribillo las palabras “fácil, agradable y decorosa” por medio de las cuales Iván Ilich mienta y caracteriza su ideal de vida burgués: Siendo un bien acomodado funcionario de la administración de justicia zarista, “lo principal que (...) tenía a su disposición era el trabajo. Este mundo concentraba para él todo el interés de la vida”(1). El estar conciente de su poder, de su función social –que le permitía abusar del prójimo-, amén de saberse el severo y principal actor del tribunal, “le producían honda satisfacción, y, junto con las charlas de los compañeros, las comidas y el whist, daban un contenido a su vida. De este modo, en general, la vida de Iván Ilich seguía marchando tal y como él consideraba que debía marchar: de una manera agradable y decorosa”(2). Paralelamente, otro personaje hacía de las suyas –mejor dicho, se dejaba llevar por el orden de cosas establecido- al otro lado del Atlántico. Su nombre es Crispín Luz y protagoniza la novela “El Hombre de Hierro” de un tal Rufino Blanco-Fombona, escritor venezolano que la había publicado en 1907 bajo el sello editorial de Tipografía Americana. Esta vez, Crispín tenía como slogan “mis derechos, los derechos que la sociedad y la iglesia me acuerdan”, traducido en el paradigma del buen ciudadano que no duda en ningún momento de su rol impuesto de guisa inconsulta por la sociedad. Pero, valga la coincidencia, ambos personajes sucumben a una serie de situaciones extremas que desdicen y pervierten su modus vivendi (es de hacer notar que ambos textos se inician con la muerte del protagonista). Encuentro no sólo argumental, sino también temático: El hombre confrontado por las circunstancias desilusionantes del entorno, preocupación por demás universal (v.g. El Quijote de Cervantes).


“El Hombre de Hierro” supone un momento importante de nuestra literatura, pues la conciencia novelística venezolana adquiere mayor madurez y personalidad gracias a la influencia del modernismo -además de Blanco-Fombona, se erigen notables figuras tales como Manuel Díaz Rodríguez y Pedro Emilio Coll-. Revistas literarias como “El Cojo Ilustrado” y “Cosmópolis” fueron los medios que divulgaron la estética modernista en el país, terreno abonado por la influencia del simbolismo y parnasianismo francés, y la sintomatología afrancesada del gobierno de Guzmán Blanco, patente por ejemplo en la conversión de Caracas en una pequeña París. Sólo que el poco benévolo marco histórico, político y social signado por la inestabilidad de Venezuela en todos sus órdenes (los efectos devastadores de la Guerra Federal, la partición del país –hoy día podríamos decir balcanización- por obra y gracia del caudillismo, el oprobioso fardo de los empréstitos extranjeros, entre otros factores), provocaría un shock que atribularía a esta camada de intelectuales. La novela “Ídolos Rotos” de Díaz Rodríguez, publicada en 1901, explicita la desazón de Alberto Soria ante el caos que embarga al país: la montonera soldadesca profana la Escuela de Bellas Artes esculpiendo en su alienado corazón –el cosmopolitismo compulsivo- el FINIS PATRIAE que le empujará al exilio. Atmósfera desesperada que prefiguraría el bloqueo de las costas venezolanas por la flota anglo-alemana el 9 de diciembre de 1902, iracunda gesticulación anticolonialista de El Cabito interpuesta (similar a la del general Noriega en Panamá años después).


Más allá del típico pesimismo modernista ante la realidad histórico-social, “El Hombre de Hierro” se nos muestra como una requisitoria de mucha hiel contra el conformismo del hombre respecto a la tenebrosa trama de relaciones que impone una sociedad en proceso de descomposición. Tanto Crispín Luz como Iván Ilich son sus víctimas propiciatorias: Han errado su destino en la aparente anchura y confortabilidad del camino (en el primero es la sumisión, en el otro el prestigio social) que no es más que el atajo sin salida de su despropósito vital. Ambos, asumen con eficacia su rol cual hormigas antropomórficas arrastrando a la madriguera las provisiones que no disfrutarán jamás en el invierno; necios que no comprenden que hay que atrapar el día, viviéndolo con intensidad. Sus casos rayan incluso en lo grotesco, es bien obscena su ceguera en la consideración de su alrededor: “Ni aún la claridad del sol les revelaba cosa inteligible. Todo surgía y se borraba ante sus ojos de cierta manera inconexa y falta de propósito” (3). Pese a que el mundo se le derrumba inexorablemente a Crispín, éste procura sostenerse en sucedáneos que tienen la simiente del masoquismo: la búsqueda de uvas silvestres en Macuto remedando las ocupaciones de su esposa María durante el proceso de convalecencia (como se sabe el remedio fue mitigar su ardor erótico en los brazos de Brummel), “mordiscando las acres uvillas playeras, y gesticulando, con la dentera que produce la acrimonia de las uvasyemas”(4); o la abnegación desesperante del padre en el cuidado del ansiado hijo, engendro si no de la infidelidad, sí del envilecimiento de la relación matrimonial: “Las noches las pasa en claro el pobre Crispín, con su hijo en los brazos (...) Éste ni siquiera llora. Los pies y las manos, enormes para un diminuto ser, se agitan en el aire, la boca hace una mueca dolorosa, y vuelta a caer en el quietismo cadavérico(...) De sus ojos fluye un pus amarillento, como si el pobrecito mirase por dos úlceras”(5)-esta última e inquietante descripción nos hace evocar el film “El bebé de Rosemary” que advierte la cotidianidad del terror producto del acecho de nuestro ámbito-.El consecuente es a la medida del antecedente: El ser cobijado por una madre castradora en la ausencia de la figura paterna, Doña Felipa, quien le espetaba cuando niño y cuando adulto su decepción matrimonial. Halla su hogar en la Casa Perrín y Cía., siendo el padre sustituto el señor Perrín, enjugando en su pañuelo no sólo el copioso sudor de la calva sino el insomne cerebro cavilando redondos negocios a la vera del oportunismo político. Un pasaje extraordinario de la novela es, sin duda, aquel referido al trabajo suplementario de Crispín sobre las bondades medicinales del extracto de coca: espoleado por los celos, yuxtapone el producto de su investigación con una torturante imagen de María sobre un trasatlántico ceñida la cintura por un rubio amante despidiéndose de él para siempre. De allí proviene la índole de su mal, la actitud timorata y tibia ante la vida, sin el entusiasmo ni la embriaguez de espíritu para la danza loca ni el quebrar un vaso contra el espejo. En esta novela, Blanco-Fombona pareciera orientar el lenguaje a la pincelada satírica y cruenta como el Goya de los Caprichos. Su voluntarismo y acendrado egotismo, paradójicamente, le compelieron cual Doctor Frankenstein a desafiar la mezquindad de su entorno creando un monstruo autómata, pero monstruo al fin, en tanto sino de su tiempo histórico: el buenazo de Crispín Luz, con ojos de búho y famélica complexión física y psicológica. Podríamos especular entonces que Blanco-Fombona es un gran terrorista sin apelar precisamente a los códigos de la novela gótica.


Por lo menos, Iván Ilich encontró consuelo en Guerásim, aquel rústico campesino cuyos hombros soportaban sus piernas entumecidas y adoloridas sin chistar un ápice, como muestra de aprecio servicial y samaritano. Crispín, en cambio, tan sólo podía recostar su cabeza aplastada por los deberes para con los demás y jamás para sí, en la húmeda y fría piedra del lavadero. A la hora de la muerte física, Iván Ilich logró vislumbrar la revelación de su hasta entonces inútil existencia: “Se acabó la muerte –se dijo-. La muerte no existe”, sintiendo lástima de los vivos, de su familia, echándolos de la habitación. El Hombre de Hierro no pudo abrazar a los suyos, apremiado por la fanática y pérfida acritud del franciscano que más que darle un bálsamo lo apremiaba a completar el ritual, como si se tratase de la Inquisición y no de asistir a un moribundo. Fuera de la habitación aguardaban el desenlace las aves predatorias, los zamuros que somos los hombres, en la tertulia de la sala y el zaguán degustando café y chocolate calientes.

NOTAS.
(1) León Tolstoi: La Muerte de Iván Ilich, Editorial Salvat, Navarra, España, 1982, página 34.
(2) León Tolstoi: opus cit, páginas 34 y 35.
(3) Joseph Conrad: Una Avanzada del Progreso, Laertes S.A. de ediciones, Barcelona, España,1979, página 27.
(4) Rufino Blanco-Fombona: El Hombre de Hierro, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, Venezuela, 1999, 2da. Edición, página 167.
(5) Rufino Blanco Fombona: opus cit, página 213.